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«Con la Ley de Memoria Histórica en la mano habría que quitarle todas las calles a Unamuno» - El Correo de Burgos

ENTREVISTA: ANDRÉS TRAPIELLO. Escritor y miembro de la Comisión de Memoria Histórica

«Con la Ley de Memoria Histórica en la mano habría que quitarle todas las calles a Unamuno»


RAQUEL P. VIECO

ALICIA CALVO

La polémica y Andrés Trapiello (Manzanera del Torío, León, 1953) van de la mano, pues opina de manera razonada e insobornable. Este poeta, ensayista, narrador y ‘actualizador’ de Cervantes publicó Solo hechos, el volumen veinte de su monumental diario Salón de los pasos perdidos.
Pero para él la memoria también es un deber cívico y es miembro de la Comisión de la Memoria Histórica. Inasequible a las críticas, promete ser ecuánime en aplicar un ley que considera «muy deficiente».

Pregunta.– Algunas asociaciones criticaron su nombramiento en la Comisión de Memoria Histórica, como el de «una persona con una animadversión declarada hacia el movimiento de recuperación de la memoria histórica». ¿Quiere alegar algo?

Respuesta.– ¿Cómo podría ser eso? Un escritor trabaja precisamente con la memoria. Somos memoria. Ahora bien, nuestra obligación es recordarlo todo. No sólo una parte. Es posible que los que quieran recordar una parte se opusieran, no lo sé. No me extrañaría, y en ese caso, me honran.

P.– En el cementerio municipal de Valladolid se descubrió una fosa común de la Guerra Civil, en una parcela sin nombre cuidada por personas anónimas. Ese ocultamiento y la impunidad de sus autores causa rabia y tristeza y dificulta cerrar heridas. ¿Ve posible que España deje de dividirse entre izquierda y derecha, rojos y fachas?

R.– Pues lo que tienen que hacer es un enterramiento digno. Ni un solo muerto en las cunetas, si está al alcance de nosotros averiguarlo sin grandes costes. Si fuese por Ian Gibson, se emplearían los presupuestos generales del estado de un año en intentar encontrar el cuerpo de García Lorca. Las guerras, incluso las civiles, dejan de doler un día. Y de eso se trata: de olvidar sin menoscabo de la justicia. Ese es el secreto de la paz.

P.– ¿Qué papel deberían haber jugado las instituciones en estos años? ¿No llegan tarde comisiones como la de la que forma parte?

R.– El comisionado no llega ni tarde ni pronto. Está para aconsejar en el cumplimiento de una Ley de Memoria Histórica muy deficiente por otra parte. Y a las instituciones y la sociedad en su conjunto en los años setenta y ochenta les preocupaban cosas acaso más perentorias entonces, como asegurar una democracia constantemente atacada por golpistas y terroristas.

P.– ¿Qué es lo complicado de cumplir una ley como la de la Memoria Histórica?

R.– Encontrar un equilibrio. Se puede resumir de este modo: no queremos ni podemos ser equidistantes, pero tenemos la obligación de ser ecuánimes.

P.– ¿No corren el riesgo de ser ustedes una especie de traba más de los políticos para retrasar la aplicación de una Ley que parece claro que muchos se niegan a cumplir?

R.– La Ley conocida de Memoria Histórica es a veces imprecisa, y requiere mucha interpretación y sentido común, entre otras razones porque legisla a veces sobre hechos sustentados a menudo en ideologías, o sea que son poco hechos. La pregunta de Chaves Nogales: España era una república democrática hasta el 18 de julio de 1936: ¿siguió siéndolo a partir de esa fecha? Con la ley en la mano habría que quitarle todas las calles a Miguel de Unamuno, quien secundó sin ambages el levantamiento militar.

P.– Siempre ha querido desarmar las trampas de la memoria colectiva, pero en la memoria personal ¿Qué trampas hay que desactivar?

R.– No tienen por qué ser trampas. A veces son ficciones emocionales. Rodríguez Zapatero equiparó el fusilamiento de su abuelo militar a una muerte por terrorismo. No es infrecuente encontrarse a gente que dice recordar cosas que no vivió ni personas que creen vivos sentimientos que fueron en realidad de otros. Por respeto a quienes sí recuerdan y sí sienten de veras.

P.– Veinte volúmenes de diarios es un curriculum casi impensable. ¿No teme, como el personaje de Jorge Luis Borges, Funes el memorioso, que pueda perderse en el detalle y poner en riesgo una visión global?

R.– En realidad todos estos tomos no dejan de ser impresiones, a menudo bastante vagas, como las pinturas de un impresionista, bocetos de un escritor que toma apuntes del natural.

P.– La última entrega, Sólo hechos, llega a 2006… A las puertas de la crisis y de los grandes cambios. ¿Volviendo la vista atrás, había presagios?

R.– No en mi caso. Claro que si uno predice catástrofes, tiene siempre bastantes probabilidades de acertar.

P.– ¿Cómo éramos entonces? ¿Qué hemos perdido y ganado, y no hablo sólo de dinero?

R.– Contra lo que pudiera parecer esos tomos no son una mirada hacia el pasado, sino una forma de vivir el presente. Tratar de que nada pase, de que todo lo tengamos ante nuestros ojos al mismo tiempo, eliminando las barreras del tiempo y el espacio. La de un escritor, o mejor dicho, la de un poeta es la mirada más parecida a la de Dios. Todo lo que sucede, sucedió y sucederá está en el ahora. Pero sin ninguno de sus poderes sobrenaturales. Al escritor le cuesta sudor y mucha tinta sacar una frase limpia.

P.– Cabe prever que a esa entrega le seguirá otra en donde usted haya observado esa crisis. ¿Nos puede adelantar alguna percepción, sentimiento o historia?

R.– Los pronósticos serios (cuánto viviremos, si seremos felices, si lo serán las personas a las que queremos) no están a nuestro alcance. Pero esos son los únicos asuntos que en realidad nos conciernen. Saber qué ocurrirá o no en Cataluña en los próximos meses, con ser apasionante, no pasará de ser la formulación de un deseo, un temor, etc. Y ahí entramos en otro terrero. ¿Qué desearía que sucediera? Ese es un terreno inabarcable y por lo general una fantasía sin consecuencias.

P.– George Orwell afirmaba que una biografía sólo tenía visos de ser real si revelaba algo vergonzoso. ¿Cuáles han sido sus vergüenzas? ¿Es posible esa palabra en un tiempo exhibicionista donde parece que da igual que hablen mal o bien de uno mientras se hable?

R.– Es una manera de ver las cosas muy británica, pues como se sabe los británicos parecen sitiados por sus vergüenzas desde niños. No, uno sólo aspira a aquello tan nieztscehano que decía Unamuno: vive de tal modo que tu muerte resulte una injusticia.

P.– Empezó a cosechar polémica con El Buque Fantasma, en donde renegaba de su pasado en el PCE en su época vallisoletana. ¿Es mejor o peor la izquierda radical de ahora que la de entonces?

R.– La misma indigencia. Descorazona, no obstante, que los de ahora no hayan aprendido nada de nuestra estupidez y de nuestras mentiras.

P.– La llegada de Trump a la Casa Blanca ¿es el punto más alto de la rebelión de los ricos contra los pobres, un saco en el que usted mete a nacionalistas, izquierdistas de nuevo cuño…?

R.– De nuevo… y de viejo cuño. Sí, Trump, y todos los populismos, han encontrado una manera adecuada de llamar a las mentiras: hechos alternativos. Estos son mis hechos, y si no le convencen, tengo otros alternativos, podrían decir, como Groucho.

P.– Es el gran aliado de Miguel de Cervantes y, sin embargo, reniega que se obligue a leer El Quijote a los escolares ¿No es eso coquetear peligrosamente con el olvido?

R.– Por partes. La lectura obligatoria del Quijote en las escuelas del texto original era una aberración. A veces no lo entendían ni los profesores. Traducido al español contemporáneo, es un libro que puede empezar a leerse con catorce o quince años. Y antes, hay dibujos animados, películas, ediciones infantiles. Lo importante es que los chicos se familiaricen con los valores que sustentan esa historia, lealtad, libertad, amistad, desinterés, nobleza...

P.– ¿No es una osadía adaptar El Quijote al castellano actual?

R.– ¿Por qué? Si usted puede leerlo en su lengua original, hágalo. Si puede leer Guerra y paz en ruso, por qué va a leerlo en español. Ahora, si no lo entiende, para qué va a hacer ese esfuerzo. El Quijote hay que leerlo como se leía entonces, siglo XVII, y como leemos cualquier novela (Guerra y paz, los que no sabemos ruso): de corrido, en una buena traducción. Y cuando estemos familiarizados, el original, porque vamos a hallar en este matices maravillosos que se habrán perdido en la traducción. Nosotros tenemos sin embargo la suerte de tener en el castellano actual la lengua más cercana del castellano del XVII, y tenemos hoy en la que se ha hecho al castellano de hoy una traducción más fiel que ninguna otra en las que pueda leerse el Quijote.

P.– ¿Qué habría que hacer en la escuela para no tener jóvenes que no hayan leído un libro voluntariamente?

R.– No lo sé. Podría hablar de lo que hice en mi casa con mis hijos. Pero no estoy al tanto de la pedagogía.

P.– ¿Las tabletas y los teléfonos móviles arrebatan lectores a los libros?

R.– Malos lectores. Los buenos son siempre pocos, y a esos no se les tienta con tabletitas.

P.– ¿Es usted de esos que piensa que con la concesión del Premio Nobel a Bob Dylan ni el Nobel ha caído tan bajo, ni Dylan tan alto?

R.– Me es indiferente.

P.– ¿Qué es peor, que le den a uno un premio y rechazarlo o aceptarlo pero no presentarse a recogerlo?

R.– Lo más difícil de un premio es aceptarlo. Casi siempre son inmerecidos. Hay que ser muy humilde para recibirlo, en cambio hay que ser un poco soberbio para rechazarlos. Pero eso depende de muchas cosas: ni todos los premios significan lo mismo ni todos vienen en las mismas circunstancias ni todos los que los reciben son iguales.

P.– ¿Dylan con el Nobel ha hecho como Woody Allen en coge el dinero y corre?

R.– ¿Finalmente lo recogió?

P.– Usted ha criticado algunos premios y ha asegurado que rechazaría alguno si se lo dieran, pero sí recibió el Castilla y León de las Letras. ¿Por qué?

R.– Para ver si llegaba un día a merecerlo.

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