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Alonso Camarero reedita su ópera prima ampliada

El escritor evoca los paisajes de su infancia, con un poso melancólico, en ‘El nogueral vencido’

Dibujos de Gerardo Ibáñez ilustran la portada y el interior.

A.S.R.

El caminante, que desde que comenzó su andadura por el valle se ha sentido liberado como si con el coche hubiera dejado también su segunda piel que es la de urbanita, a la hora de la pitanza ha querido obrar como acostumbraban sus mayores. En cuanto se ve acomodado al pie del nogal, hurga en su mochila y saca el fardel y la bota. En el fardel ha metido un cuarto de hogaza de pan, media sarta de chorizo y la navaja. En la bota vertió de buena mañana tres cuartos de un churrillo resultón al paladar y ligero de cuerpo. Estos tres alimentos constituían el genuino sustento en el campo de muchos de aquellos días ya lejanos de la niñez...

Ese caminante, que podía ser alguno de los que pasean por los pueblos de la provincia en verano, recorre las páginas de El nogueral vencido, el libro con el que debutó el escritor burgalés Félix J. Alonso Camarero en el año 2003 y que ahora reedita ampliado y revisado.

«Es un recordatorio nostálgico de mi niñez por el valle de Castroceniza-Ura, un paraje plagado de nogales, donde de chaval iba a buscar nueces casi todos los días, y aquí está el niño que siente y observa, con mis miedos, mis alegrías y mis penas. Todas están ahí. Es el paraíso de mi niñez», apunta el autor, que, 17 años después, ha creído oportuno revisar aquella ópera prima y enriquecerla con la experiencia adquirida durante este tiempo, en el que ha publicado varias obras más (El retrato, El cielo enemigo, Candorosamente ayer, Contando la calderilla...), pero también ha acumulado lecturas.

«Se sitúa uno en la nada que es en el mundo de la literatura, después de leer las grandes obras dices ‘pero cómo se me ocurre a mí ponerme a hacer estas historias, si es ridículo’, pero entra ahí la necesidad que siente la persona de expresarse», expone y, con el ensayo La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, en el pensamiento, añade que, aunque para la sociedad la escritura sería una actividad inútil, para él es todo lo contrario: «A mí no me produce dinero, me cuesta, pero su utilidad está en otros aspectos como que mi mente a mis años se mantenga despierta, que mi memoria esté primada por las ganas de aprender cosas o la emotividad que representa la patria chica de uno, aunque se presente muy alterada».

Esas novedades se concentran en los tres capítulos que preceden al último del volumen, en los que la nostalgia, la melancolía y una cierta pena acompañan al hombre de hoy en su periplo por el niño que fue. Se sienta el caminante a descansar, saca el pan con chorizo, la bota de vino y se dispone a dormir la siesta a la sombra de esos nogales que cobijaron su infancia. Y sueña.

«Se produce una metamorfosis del propio autor, que de repente se convierte en un enclarador, término utilizado en Castilla La Vieja, o aclarador, insectos de patas largas que sobrevuelan el río», señala Alonso Camarero sobre este libro de retazos que conserva en la portada y las páginas interiores los dibujos realizados por el burgalés Gerardo Ibáñez para la primera edición.

El nogueral vencido invita a preparar la alforja y culebrear entre los nogales que agonizan en el laderón de la Peña, lamentarse por la sequía de las fuentes que antes manaban en Valpedroso, escuchar el agua del Mataviejas, divisar el vuelo de los buitres en la escarpa de Peñagrajos, detenerse a descansar en el pago de La Romera... y, sobre todo, a sentir el pálpito de la infancia.

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