Música

...Y baila al compás de la luna

Silbidos, palmas y olés marcan la primera noche con ‘El Cigala’, Bunbury y Rozalén, entre otros

Bunbury desplegó todo un espectáculo en el escenario y se acercó mucho al público.
Diego Santamaría-Sonorama Ribera

A.S.R.

Los aplausos prorrumpen pasados unos minutos de las nueve de la noche. El Cigala, por fin, tiene a bien salir a escena. Se hace de rogar. Irrumpe con su mejor sonrisa, su pañuelo rojo en el bolsillo y un cubata anaranjado, que durante la actuación le robará protagonismo. Si tú supieras la pena tan grande que llevo yo dentro… Al público se le olvida la espera. Y baila al compás del cantaor, que picotea entre las canciones de Lágrimas negras, el mítico disco que grabó con el cubano Bebo Valdés, del que se cumplen 15 años, con otras de su propio repertorio como Si te contara o Indestructible.

Y a este último tema hizo honor. Indestructible e impasible. «Buenas noches, buenas noches, vamos a disfrutar de lo que es la música ¿no?», interpeló sentado en su taburete. «Gracias a estos músicos porque sin ellos no es posible esto…», añadió y continuó con sus temas, sus tragos, sus risas cómplices con el público, al que bastaron las primeras notas de Lágrimas negras para enloquecer... Sufro la enorme pena de tu extravío, siento el dolor profundo de tu partida, y lloro sin que tú sepas que el llanto mío...

El Cigala es un personaje y disfruta en escena, aunque su actitud cabreara a algunos. «Es un impresentable. He venido a verle a él. Escucho mucho Lágrimas negras y apenas ha tocado el disco. Ha sido una decepción», decía uno de sus seguidores, que se desquitaría luego con Rozalén, «que es la caña».

Antes de que la cantante albaceteña pusiera a bailar a todos, incluso con algún lance propio de verbena, habría de pasar por ese escenario principal uno de los cabezas de cartel de esta edición. Bunbury llegó, vio y triunfó. Lo suyo es un escándalo. Brindó un espectáculo desde el minuto uno. Y el público respondió desde ese instante. Salió como una estrella de rock y no dejó de brillar durante la hora larga que se mantuvo en las tablas. «Muchas gracias. Es un inmenso placer estar por fin en el Sonorama», dijo antes de avanzar que repasaría su último álbum, Expectativas, y haría un recorrido por todas las épocas. «Espero que el repertorio seleccionado sea del agrado de ustedes», concluyó. Lo fue.

Desató locuras con La chispa adecuada, Mar adentro, El extranjero, Infinito, Soy el hombre honrado, Que tengas suertecita... y con Maldito duende, «una canción de la prehistoria», un guiño a Héroes del silencio, que dejó sin voz a la parentela y sin batería a los móviles.

Bunbury se paseó por toda la plataforma, se contorsionó, saltó, se perdió por el foso y se dobló cual junco para acercarse al público.

Una hora después, Rozalén confesaría que la imponía tocar en el mismo escenario que Bunbury. Ella, nerviosa y feliz por el regalo de estar en Sonorama, también se metió al público en el bolsillo desde el primer acorde. Puso a bailar hasta al más pintado. Hasta a los que sostenían con elegancia una copa de clarete. Estas cosas solo se ven en Sonorama. Cristal de bohemia vs plástico de cachi (eso sí, debidamente grafiado con la imagen sonorámica).

Con La puerta violeta, «un portazo contra la violencia machista y el deseo de que otro mundo mejor es posible y lo será si es feminista», y Vivir, «la canción realizada con mujeres con cáncer que me explicaron cuáles son las prioridades de la vida», presentó sus credenciales.

Hubo lugar al compromiso con Justo o El hijo de la abuela, al agarrao con Belleza o Amor prohibido, pero sobre todo a bailar, como si una eterna verbena estuviera por delante con Tu nombre, Comiéndote a besos, Somos, Las hadas existen, Ahora o Girasoles, con la que se despidió por todo lo alto.

Neuman, Mikel Erentxun, que observó como Duncan Dhu pesa aún muy mucho tras ver la locura delante de él con Cien gaviotas y En algún lugar, Soleá Morente, que sedujo junto a Napoleón Solo, Elefantes, que interpretó algunos de sus clásicos como Que yo no lo sabía y hasta una versión del Te quiero de José Luis Perales, o La Pegatina, con la que el Sonorama, literal, enloqueció, desfilaron también en la primera jornada en el recinto ferial. Una noche que se alargaría hasta la madrugada y más allá.

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