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El camino más largo - El Correo de Burgos

SIN VENIR A CUENTO

El camino más largo

DIEGO SANTAMARÍA

A VECES, cuando voy sin prisa, me gusta tomar el camino más largo de un punto a otro. No por la abstracción en sí, que siempre viene bien. Lo hago, sobre todo, para revivir algunas escenas de aquel chaval imberbe que se juntaba con la cuadrilla día sí y día también. Pocos quedamos en Burgos hoy en día. Y claro, la nostalgia se apodera de uno al saber que los encuentros multitudinarios se celebran, con suerte, una noche al año.

El recorrido más intenso tuvo lugar hace ya unos cuantos meses. Nos juntamos unos cuantos, más de los que toca un fin de semana normal, y me retiré pronto a casa por aquello de trabajar al día siguiente. Por aquel entonces vivía al principio de Gamonal y la caminata desde la calle San Francisco no era moco de pavo. Sin embargo, alargué la ruta mucho más de lo debido para detenerme por unos segundos en esos puntos míticos que darían para una trilogía de anécdotas.

Tomé la decisión en Capitanía, calle obligada de paso cada vez que íbamos a las Llanas. Ahí estaba el cajero que hoy en día tan bien nos viene para repostar la cartera. En los años mozos pasábamos de largo. Pocos chavales tiraban de tarjeta por aquel entonces y nosotros, con más cobre que papel en los bolsillos, juntábamos los cuartos para ver cuántos cachis podíamos permitirnos.

Seguí, sin darme cuenta, deambulando hasta Virgen del Manzano. Del fútbol en la niñez a las primeras quedadas en el parque. Me senté un rato en esos columpios desgastados en los que esperábamos a Juanjo. A continuación, desfilé hasta la avenida de la Paz mirando de reojo a la calle Belorado. En esa intersección me despedía de Tini, siempre a mi vera porque nuestra hora de llegada antes de los 18 era la más estricta. A los dos minutos ya estaba frente a la casa de mis padres. La de risas que me echaba a costa de los del G-3 que me acompañaban. Y mi querido Yeti, cómo no, se despedía cariñosamente con el primer insulto que se le venía a la cabeza.

Antes de Gamonal, me desvié ligeramente hacia la guardería Río Vena. Allí conocí a mi hermano Juankar, jugué muchos años en el equipo del barrio y me afiancé como cliente del bar Comuneros. De ahí al Alcampo, donde muchos de nuestra generación pasábamos la tarde con intención de ligar e ir al cine si la paga daba de sí. Entonces miré el reloj, caí en la cuenta de que llevaba más de una hora caminando y me apresuré para dormir al menos cinco horas. Descansé lo justo, para qué nos vamos a engañar, pero amanecí con una sonrisa al recordar un ‘pateo’ a priori innecesario que me reconfortó considerablemente.

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