EL EQUILIBRIO DEL TREN

Crónica festiva. Llegan las fiestas

JORGE M. MOSQUERA

HA PASADO el Curpillos y el cuarenta de mayo y los Sampedros ya asoman. Este año he podido dar una vuelta por la mañana y otra por la tarde por la campa del Parral para ver si efectivamente el periodo festivo se daba ya por empezado y he visto que la ciudadanía está totalmente concienciada.
Primero la parte sentida y sentimental.

Los militares siempre con pulcritud y exceso de organización hicieron del desfile del Corpus un acto memorable, como no podía ser de otra manera. Luego a partir de ahí las Peñas y la Organización dieron el juego suficiente como para mantener una fiesta popular cómo esta. Lástima de una buena retransmisión televisiva. Los pabellones cada vez mejor. Nada que ver con aquellos chamizos que se apostaban, no hace mucho, juntando cuatro frigoríficos de hielo. No, no. Ahora llevamos maquinaria de última tecnología y carpas establecidas perfectamente sin una arruga, lo que favorece que la gente se pueda abrigar dentro cuando empiezan las trombas de agua, aunque sea a costa de un menor consumo, pero bueno … hay que ayudar.


Unas medidas de seguridad acertadas; que las Clarisas hayan hecho su trabajo y solamente se diesen un par de chaparrones o que los pelusones hubiesen tomado vacaciones, hicieron el resto. Pero, aunque el clima no fuese el más adecuado -trece grados y lluvia- los chavales, el batallón de muchachos que se dieron cita en la campa iban precavidos: todos con sus plásticos e incluso algunos con mástiles para hacer tiendas de campaña unos con otros, como antiguamente en la mili. Hasta ahí una gozada.

Lamentablemente, todas las fiestas tienen su lado oscuro y poco pueden hacer los esfuerzos del Ayuntamiento o de la dirección de las Peñas para evitar uno de los menos gratificantes estigmas de esta fiesta: la característica ingesta de bebidas alcohólicas con resultado de cantidad de bebidos o gente con significativos signos de embriaguez que se ve, no encuentran suficiente atractivo en la fiesta, la música o que el morro esté a punto en la parrilla. Al final, nos queda el recuerdo de la papelería, bolsería y guarrería que queda allí amontonada cuando las luces se apagan y cada uno regresa a casa pero, eso es parte del juego y ya llegará el SEMAT la mañana siguiente. Busquemos que, un año con otro, la decepción de la bebida y sus consecuencias sean atacadas y además a ser posible liquidadas.


Es necesario seguir. La ciudad las necesita. La ciudadanía las apoya y no importa si habrá casetas de tapas, si habrá gastronetas o fuegos o tales o cuales toreros porque los burgaleses ya han dicho que sí.

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