EN LAS NUBES

Sucesos

ALMUDENA SANZ

DE LAS PÁGINAS de Sucesos, como de las de Esquelas, siempre he pasado de largo. Lagarto, lagarto. Cuando antaño en alguna ocasión tuve que hacer este tipo de informaciones, me temblaban las piernas cuando me dirigía a un accidente de tráfico y se me revolvía el estómago si la cosa apuntaba por derroteros más trágicos, miraba debajo de la cama después de ver Quién sabe dónde (aún me pregunto qué hacía que no me perdiera ni una entrega) y aún recuerdo como una de las noches más terroríficas de mi vida aquel especial que Nieves Herrero realizó del asesinato de las niñas de Alcásser (ahora soy alérgica a este tipo de programas, me cagaría, literal). Me cuesta imaginar que quien ha sido feliz, o infeliz, qué más da, con otra persona la mate o que alguien asesine a otra con la que jamás ha cruzado dos palabras. Como redactora de El Caso no tendría precio. Los sucesos me acojonan. Cada vez más. Suelo confiar en la gente. Tanto que hace unos cuantos veranos estuve viviendo sin cerradura en la puerta porque a mi casera de antaño (era de las del puño cerrado y subiendo) le dio por alargar el arreglo una semana después de que a una compañera se le fuera la olla y la desencajara de un golpe (sí, del rellano nos separaba una hoja de papel). Puede ser que con el paso del tiempo se me haya ido desmoronando el mundo happy flower. Durante años, en Madrid, regresaba a las tantas de la madrugada sola a casa andando por granvías y callejuelas y nunca me paraba a mirar atrás, mucho menos, claro está, echaba de menos un teléfono en el bolso, que a estas alturas se hace imprescindible. Ahora, muchas noches mantengo marcado el número de la Policía en el móvil según subo a casa por una avenida bastante iluminada. Y, con todo, reconozco que me ha sobresaltado sobremanera el reciente asesinato de una joven en una pequeña localidad de Zamora. Si ya no puedes pasear por el campo, por los caminos de tu pueblo, sin mirar a los lados y sin poder fiarte de una persona con la que, más o menos, has cruzado un venga o un hasta luego, apaga y vámonos. Yo ya sí que sí, y con permiso de La vecina rubia, me bajo de la vida.

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