LESLIE Y HAMMOND

Tirar los muros

AGUSTÍN HERRERO

El Parral se nos viene encima y puede que tenga suerte con media docena de escaleras provisionales o rampas, que salven la situación legal de evacuación en caso de estampida de los treinta mil burgales@s que nos arrejuntamos ese día. La burocracia interna municipal se pone en marcha después del susto en la hoguera de la sardina carnavalesca. Casi arden las barbas del concejal Antón, le apuntaban los dedos de todos los partidos políticos, incluso el suyo. No fue solo cosa suya, sino más bien “por falta de cuido”. Esto viene a ser aquello de entre todos la mataron y ella sola se murió. La comisión de investigación concluyó con algo tan evidente como que no se hizo el Plan de Emergencia del acto público en martes y 13 de febrero. Cosa del destino. Estas historias no son exclusivas de una concejalía, sino de dos o incluso tres. La ley está para cumplirla y nada decimos en contra. Menos en cuestiones de seguridad ciudadana. Imaginemos que algo sucediese en ese gran recinto, delimitado por gruesos muros de piedra con accesos que todos conocemos, pequeños y grandes. El Parral es una encerrona en sí mismo. Butrón y garduñera a la vez para una evacuación urgente originada por la histeria colectiva que sigue a la alarma general. El pánico te hacer perder el sentido de la orientación. No hay señalización ni protocolo de emergencia. Un tapón de gente amontonada y aplastada como en San Fermín. A tres semanas vista, puede que esto se esté llevando con la suficiente sensatez y celeridad puertas adentro de la Casa Grande en Plaza Mayor. Pero hay de redactar informes que implican a varias concejalías, contratar estas obras auxiliares y dar el tiempo suficiente para su montaje seguro y dotación de personal que implementa la seguridad durante la gran fiesta popular. De nada vale pasar la pelota o derivar responsabilidad a quienes organizan el reparto de la juerga con las numerosas barras y mostradores de peñas y blusas. Los casi 200 chiringuitos han de contar con su propio plan de seguridad ya que pueden ocasionar riesgos de incendio. Las ollas ferroviarias, las caretas y pinchos morunos, además de la morcilla burgalesa, necesitan de fuego y calor. Decenas de bombonas de gas, escondidas conviven el día del patrón. Todo sea que estando a tiempo, llegue un informe magistral de los servicios municipales y diga que ni con medidas paliativas para la evacuación, se cumple la norma. Imaginen ustedes que este año por prescripción facultativa, el Curpillos se celebre en las márgenes del Arlanzón a su paso por las Huelgas. A lo mejor, tirando los muros se arregla.

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