PUBLICIDAD
Mano de santo
Hace poco, apenas unos días, hablaba la que firma con un eminente psiquiatra sobre depresión y otros trastornos de similar pelaje. Me dijo algo evidente pero muy interesante de puro simple. Vivimos tiempos extraños, concluí yo de la conversación. Nunca el ser humano ha tenido tanto al alcance de sus manos y nunca ha sufrido tanto emocionalmente. No me entiendan mal. Más putas que en vendimias las ha pasado esta especie en demasiadas ocasiones, más de las que quisiera y de las que recogen los libros de texto. Evidentemente la muerte, la pobreza y la destrucción ha campado a sus anchas y aún lo hace con desvergüenza pero no es a ese tipo de dolor al que me refiero. Nunca hemos sido tan poco capaces de encajar avatares de los que probablemente nuestros antepasados se reirían. Y nunca como ahora hemos atribuido tanto a la medicina la capacidad de acercarnos la presunta felicidad en formato comprimido sin querer reconocer, por si acaso, que hay dolores del alma que los brebajes no curan.
Decía este médico que debemos aprender a diferenciar la tristeza por causas identificables, a las que con un poco de decisión podemos meter mano, de un trastorno depresivo, por mucho que el nombre más empaque. Añadía que en el primero de los casos el tratamiento puede ser, sencillamente, un café con un amigo, incluso una charla distendida. A veces es mano de santo. Y otras tantas cosas como disfrutar de lo que tenemos, encajar las pequeñas derrotas necesarias para aprender lo que son y lo que somos, o tener presente que la vida está para vivir, algo que a tenor de los resultados actuales, debe distar de consumir sin medida, rendir culto a cuerpos que se han de comer los gusanos o empeñarse por acumular ceros en cartillas que no mejorarán nuestra despedida de este mundo, por mucho que garanticen una lápida de diseño, ni aseguran dejar huella, por muy liviana que sea, en quienes se cruzaron con nosotros. Puede que, por el contrario, las apacibles charlas en torno a cafelitos o cañas si se prefiere, lo consigan más fácilmente. Conozco a alguno que le funcionó. Vayan por él estas líneas.




