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Siempre sale
Rebuscando el otro día entre cajas llenas de trastos viejos que guardaba en un trastero encontré una colección de cassettes con los grandes éxitos de los ochenta junto con un paquete de cintas de aquellas que usábamos en los medios de comunicación para grabar entrevistas y todo tipo de convocatorias de prensa. Una de aquellas contenía una entrevista kafkiana a los tres integrantes de La Unión, mítico grupo ochentero que aún se mantiene en los escenarios con la cabeza bien alta. Se la hicimos al alimón media docena larga de ‘reporteros’ antes de un concierto que dieron en agosto de 1992 en Aguilar de Campoo. Era el mejor momento de su carrera, con el tour ‘Tren de largo recorrido’ llenando estadios y su single número uno de los Cuarenta. Así que, como yo era becario de una radio que ya no existe, me agencié una acreditación de prensa y me planté en la puerta del recinto dispuesto a colar en el concierto a dos amiguetes. Funcionó. A mí y a otros periodistas de Burgos que se les ocurrió lo mismo. Así que allí nos plantamos para entrevistar al mejor grupo del momento invitados al concierto y al catering. Se nos iba la luz todo el tiempo y el ambiente se puso muy simpático, por eso me apetecía volver a escuchar la cinta tantos años después. Pero no pudo ser, el tiempo no salvó aquel recuerdo de mis primeros éxitos como plumilla. En cambio sí respetó una de mis mayores meteduras de pata de aquellos años mozos en los que me entrenaba para periodista. Estaba -porque ya me he desecho de ella- en otra cinta en la que había grabado un paseo por la trinchera del ferrocarril con Eudald Carbonell explicándome ¡en 1992! que aquellos terraplenes eran la enciclopedia del pleistoceno y que aquel sería el yacimiento más importante del mundo. ¡Más que Chukutien!, decía. Yo grababa embelesado lo que aquel pozo de ciencia iba relatando casi como un libro de aventuras anticipando el premio de un gran ‘reportaje sonoro’. Mi decepción fue mayúscula cuando al escuchar la cinta lo único que se escuchaba con claridad era el sonido de nuestras pisadas sobre la grava que alfombraba toda la trinchera. ¡Menuda vergüenza cuando me presenté ante mis jefes con las manos vacías! Hubo que improvisar para salir a antena y al final quedó hasta bien.
Entonces aprendí una de las grandes lecciones de este negocio: siempre sale.
Si quieren más ejemplos, otro día les cuento cómo pude salir en la radio en directo desde Atapuerca con un walkie-talkie y subido en un risco.




