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Ismael en el recuerdo
NO PIENSE que el olvido enturbió mi memoria y pasó inadvertido el primer aniversario de su fallecimiento. Nada más lejos de la realidad. Ya desde días antes barruntaba la llegada de esa jornada de primeros de febrero cuando, hace un año, el cielo se poblaba con un lucero más. Y, ¿acaso puede un alumno olvidar a un magnífico maestro? No, Ismael; ni siquiera la tentación de utilizar este espacio para despotricar contra las consecuencias de la crisis, el pésimo panorama que se vislumbra para nuestra amada Aranda de Duero o reincidir cual delincuente sin posibilidad de rehabilitación en cualesquiera de las infamias que nos cercan a los ciudadanos de a pie podrían apartarme un ápice de escribir unas líneas en su recuerdo; y no es un homenaje, porque sé que tal no le habría gustado.
Porque fresca transita por la memoria su última columna, maestro, dictada pocas horas antes de rendir cuentas ante el Altísimo, a quien profesaba culto y veneración. Unas líneas que se difundieron por la red como en los últimos años lo hicieron los artículos donde desmenuzaba los acontecimientos nacionales e internacionales con una sabiduría que mezclaba el pasado, el presente y el futuro con un acierto que sorprende todavía. Esa última columna suya -’A Dios’- y esos ensayos perviven por su calidad, pero sobre todo por la honradez desde la que fueron escritos.
El recuerdo de su figura se hace presente cada vez que, emulando sus largos paseos con los que mantuvo hasta final una forma envidiable pese a tratarse de un octogenario, cruzo por enfrente de la entrada a su casa, allí perdida entre la Estación de Renfe y la de Autobuses. Y cuando asoman los dos faroles encendidos, allí al fondo, recuerdo las veladas interminables, con el cenicero a rebosar y el cigarrillo en la mano, usted contando y yo aprendiendo. Charlas al abrigo de su inmensa biblioteca, verbigracia de un interminable conocimiento de la historia de España, del oficio de periodista -tras sesenta años de ejercicio- y de los entresijos de la política. Horas que transcurrían como minutos que, sin embargo, nos introducían en las horas formales de la madrugada. Enseñanzas que fueron como un torrente de agua fresca tras una travesía por el más seco y caluroso de los desiertos. Aquellas lecturas recomendadas, los libros prestados y los consejos ofrecidos no como reconvención sino como enseñanza dejaron mucha huella.
Faltaron horas, Ismael, muchas además, para que el torpe aprendiz se convirtiera siquiera en discípulo. Intenté aprender y aprehender todo lo que pude; pero faltó tiempo, Ismael. Echo de menos, casi con dolor, aquellas conversaciones, aunque yo me limitara a escuchar. Pero algo es seguro: siempre lo llevaré en mi corazón, maestro.




