A la divina providencia

CUANDO ni siquiera queda la esperanza se recurre a la providencia. Pésimo debe de ser el estado de la economía en la provincia para que entre el empresariado, arquetipo de lo material, cunda el pánico de tal forma que se eleven plegarias para que la divinidad o lo que se tercie provea. Unas preces que imploran ante el fracaso hasta ahora de todas las medidas terrenales que se impulsaban para que la economía abandone el foso donde ha caído y en el que se hunde como un hipopótamo en las arenas movedizas.

Si la desesperanza anida entre los empresarios de la provincia, tal y como resume el decano del Colegio de Economistas de Burgos tras interpretar las encuestas que sirvieron de base para elaborar el Observatorio Empresarial del primero semestre, el resto de los mortales -trabajadores y clase media- podemos iniciar las jaculatorias para que ocurra un milagro que nos libre del Apocalipsis que se barrunta. Si el empresariado reniega de su fe en los gobiernos y en las entidades financieras -el famoso ‘músculo’ regional que no es sino un famélico amasijo de carne sin fuerza alguna- es hora de que los ciudadanos de a pie despierten y se acojan a un credo que, a base de rezos y letanías, concite el interés de esas fuerzas divinas que todo lo pueden para que reine la paz de los cielos en la tierra.

Lo malo es que la tormenta amenaza con arrasar al sistema y que esa desorientación que anuncian los empresarios y se malicia en los gobernantes se extienda como una epidemia causada por un virus mortal. Nada es peor que una desesperanza impuesta por el desasosiego y el desconocimiento. Porque un dolor lo es más hasta que el galeno desentraña las causas y, al menos, nos desvela cuál es la víscera que atormenta nuestro sosiego. Un consuelo insuficiente, pero consuelo al fin y al cabo.

El asunto es que la situación se torna ya muy peligrosa cuando la desorientación se apodera de dos pilares del sistema como son los empresarios y los políticos. Si quienes viajamos en las bodegas del barco sólo intuimos en nuestra imaginación el desastre imaginen los rostros de quienes incluso lo huelen.

Juan Francisco Corcuera