El Correo de Burgos

Opinión

SIN VENIR A CUENTO

Orgulloso de mis paisanas

20/05/2018

Por los hechos presuntamente cometidos en base a las pruebas aportadas en cada caso, parece descabellado comparar los casos de la ‘manada’ y la ‘troupe’ arandina. Al menos en el fondo del asunto, el delito en sí por el que se acusa a ocho individuos que pasaron de las bravuconadas entre colegas a la acción. Sin embargo, existe un paralelismo innegable entre ambos grupos de whatsapp, foros de gallitos desbocados con más hormonas que cerebro en los que denigrar a mujeres se antoja divertido, excitante y digno de contar si al final resulta que hay sexo de por medio.

Dejemos de lado por tanto el supuesto delito cometido por una y otra parte para analizar la conducta de dos ‘manadas’ con muchos miembros en la sombra. El silencio cómplice, los halagos al macho dominante y las risas -con o sin emoticonos- reflejan una realidad escondida pero al acecho ante el imparable avance de un movimiento feminista cada vez más consciente y organizado, con un trasfondo político que al margen de ideologías pretende derribar los cimientos de una sociedad patriarcal cuya impunidad, por suerte, parece tener los días contados.

O parecía. Porque la sentencia de la ‘manada-piara’ llenó de rabia e incredulidad las calles de todo el país. Salía yo ese día de una previsión tardía en Plaza España cuando me topé con ellas. Cientos de mujeres valientes, familias al completo y hombres concienciados tomaban Reyes Católicos en protesta por la sinrazón de una decisión judicial que empodera al machista de manual. Con las ganas me quedé de unirme, pero había que darle a la tecla y cogí una dirección alternativa mientras miraba de reojo y con orgullo el poder de convocatoria de mis paisanas.

Puede que esa clase de sujetos hoy se vean arrinconados por la opinión pública, pero no van a permitir que su histórica hegemonía sobre el mal llamado sexo débil desaparezca de la noche a la mañana. Para ello, se autoproclaman verdaderos defensores de la mujer. Eso sí, poniendo en tela de juicio la versión de la víctima en todo momento, justificando al verdugo y amparándose en datos sesgados o falsos que surgen de las rigurosas investigaciones del cuñadismo patrio.

En este conflicto hay dos bandos. Claro que existen matices y posturas enfrentadas dentro de un mismo equipo, pero lo de «ni machismo ni feminismo» ya no cuela. Nunca es tarde para la autocrítica y el aprendizaje. Justificar comportamientos por la educación de antaño es sinónimo de inmovilismo y, sobre todo, de complicidad.

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