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Las cabezas comarcales, claves para frenar la despoblación rural

Burgos tiene 371 municipios con 1.200 núcleos de población una «estructura medieval que es difícil mantener hoy» «Es un problema sociológico porque la agricultura se mantiene activa»

MARTA CASADO / Burgos
11/02/2018

 

La densidad de población de la comarca de las Loras no llega a los tres habitantes por kilómetro cuadrado. Es el desierto demográfico de la provincia y convive con la densidad de los municipios de la ribera del Duero que supera los 20 habitantes por metro cuadrado. Son dos zonas rurales que presentan dos fenómenos diferenciados. La de los pueblos que se pierden y los que encuentran en la idiosicrasia de su propia tierra la prosperidad para asegurar la vuelta de sus hijos. La lenta agonía de la población rural es una realidad más por una cuestión social que económica porque las explotaciones agrarias siguen activas. Para atajarlo es necesario invertir la escala de las poblaciones. «La mentalidad urbana de los países desarrollados nos lleva a unos niveles de exigencia que dejan el campo como un reducto de ocio» explica la profesora de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Burgos, Marta Martínez. Por ello entiende que «la mayor parte del territorio no puede estar articulado y sin uso, obviar la situación es cerrar los ojos para que la evolución de la población y el envejecimiento siga». Por ello la académica propone que se aglutinen los servicios de médicos, colegios, residenciales en centros comarcales. «Se trataría de parar el movimiento pendular de residencia de la ciudad al campo, donde la agricultura sigue estando activa, a hacerlo de los centros comarcales a las explotaciones agrícolas», explica Martínez. Una cuestión en la que coincide el presidente del colegio de Economistas de Burgos. «La actual red de poblaciones es muy costosa de mantener y mitificar el desarrollo rural no ayuda», expone Carlos Alonso de Linaje.

Ambos creen que el futuro del mundo rural está en la concentración residencial en comarcas para evitar un goteo constante de población al entorno urbano. Una línea que perseguían las unidades básicas de ordenación y servicios del territorio de Castilla y León que aglutinaba en 24 a toda la provincia de Burgos pero que tras su presentación hace un año y su rechazo total, parece un proyecto aparcado. «Podría ser la solución pero políticamente es inasumible porque tiene de fondo hay un problema sociológico, son los vecinos los que facilitarán ese movimiento». ¿Qué hacer para frenar el envejecimiento de la población rural? « La inacción nos lleva al desastre y políticamente no se pueden imponen concentraciones pero sí fomentar espacios comarcales con servicios como forma de evitar la migración del pueblo a la ciudad y el vecino elija la comarca por proximidad a su explotación agrícola que la ciudad donde están todos los recursos que demanda», destaca Martínez.

Los números muestran que la malla de población, de origen medieval, se mantiene en una lenta agonía. «El modelo de poblamiento que mantenemos en Castilla y León y en Burgos es de origen medieval y ha tenido procesos de despoblación en el pasado aunque se han mantenido activos, muy pocos se han vaciado por completo, pero todo está muy disperso y se hace necesaria una reorganización del poblamiento», señala la profesora de la UBU.

La realidad es que los pequeños pueblos se mantienen, casi de forma agónica. La estadística de empadronamientos por municipios nos deja el esfuerzo ímprobo de 12 municipios que han logrado crecer en población, aunque no abandonan la lista roja de municipios con menos de cien habitantes. Junto a ellos los seis que mantienen población en esta lista roja a la que han entrado 25 ayuntamientos más de la provincia en la última década. «Burgos tiene 1.200 núcleos de población, Treviño es un ejemplo, cuentan con 53 núcleos de población y otros hasta 15 o más es una estructura de población de la reconquista que mantenerlo a día de hoy con las prestaciones que demanda un ciudadano de hoy se antoja difícil o muy costoso», explica el presidente del Colegio de Economistas de Burgos, Carlos Alonso de Linaje.

Desde un punto de vista económico «garantizar servicios de calidad en municipios de menos de 25.000 habitantes es muy complicado quien elige vivir en el medio rural debe entenderlo como una opción de vida y asumir la realidad, no van a tener las mismas posibilidades que en el ámbito urbano», explica Alonso de Linaje.

En la misma línea Marta Martínez considera que «la atomización del poblamiento en núcleos rurales requiere una infraestructura difícil de mantener». Suma a ello «el desierto demográfico en estas zonas está magnificando el problema». Donde hay un nuevo factor de riesgo. El completo desapego de las terceras generaciones de vecinos que ya hicieron la migración a la urbe pero que mantienen su contacto con el pueblo. «Habilitaron las casas familiares como segundas residencias para verano, fines de semana, para pasar la jubilación pero la tercera generación ya no tiene ese mismo apego con el pueblo y las viviendas, todas ellas arregladas con gusto porque los pueblos no han estado más bonitos que ahora, son percibidas como una carga».

No es la primera vez que los pequeños municipios están en riesgo. «La desestructuración rural se inició en los 60 y 70 cuando se produjo un éxodo rural por el cambió económico hacia el desarrollismo y la industrialización. Hasta entonces el abandono de población del medio rural era natural, no había para todos», explica Marta Martínez.

La población masculina es generalmente quien se queda a cargo de la explotación familiar con lo que hubo un déficit femenino y, por tanto, se comprometió la demografía. «En los 70 este fenómeno se frena por la reestructuración industrial y con la crisis de los 80 aquellos que podrían haber dado el salto no lo hacen y se quedan al frente de la explotación agrícola». Se trata de la generación soporte que, en los 80 y con la perspectiva de la PAC ven un horizonte de futuro en su pueblo. «Esta generación aún está activa, en edad laboral, pero no tiene relevo generacional porque han buscado para sus hijos estudios, una salida y pocos son los que vuelven». Pero también está el componente sociológico del fracaso. «Quienes se quedaban en el pueblo, a cargo de su explotación tenían cierta sensación de fracaso, como que el exitoso era el que se iba pero en Francia, por ejemplo, hay un orgullo por vivir y ser del medio rural». Así que el objetivo de la generación soporte fue dar estudios a sus hijos. Pocos han vuelto.

Pero si en los 70 parecía el final de los pueblos que frenó la crisis industrial de los 80, la larga crisis de la última década no ha tenido el mismo efecto. «En esta larguísima crisis se podría haber vuelto a dar la situación de los 80 pero los jóvenes no se han quedado en el pueblo, quizás no se ha ido a la ciudad, tampoco han vuelto de ella han optado por ir al extranjero porque la vinculación con el campo no era directa no lo ven como una opción», destaca.

Aunque hay excepciones. Martínez expone la Ribera del Duero. «Tienen productos de interés, como las bodegas vinculados a la calidad, al turismo y permite a los hijos volver pero lo hacen formados, con carreras específicas para llevar su explotación». Ver el campo más allá de un reducto de ocio es importante y para ello hay que potenciar la función productiva. En el otro lado del espejo Las Loras, una zona casi árida, con pocas posibilidades de cultivo y donde un nicho económico como la extracción petrolífera se frenó en seco hace más de un año.

 

1 Comentario
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Por Emilio 9:47 - 11.02.2018

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Las autoridades provinciales saben que esto es mentira. No se hace una auténtica política de conservación y aumento de la población rural, mas bien al contrario; sólo se promociona el aumento de la población de las capitales en perjuicio de los núcleos rurales. Primero caerán los pequeños pueblos y después, paulatinamente les irá tocando a las cabeceras de comarca hasta acabar con todos los núcleos rurales, la voracidad de las ciudades es inmensa y la de sus dirigentes aún más. Y si no, al tiempo...

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