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SOCIEDAD

El cementerio de los franceses

El primer cementerio extramuros de la ciudad de Burgos fue mandado construir por el general Thiebault durante la ocupación francesa en 1809 junto al Monasterio de San Agustín


31/10/2016

 

Miles de personas pasan estos días por el Cementerio de San José. El camposanto municipal en el que reposan los restos de nuestros familiares, amigos y seres queridos no ha sido el único que ha habido en la ciudad. Construido a comienzos del siglo XX toma ejemplo del primer camposanto construido extramuros en la ciudad gracias a una de las pocas cosas buenas que parece ser que enseñaron los franceses a la población local durante la ocupación francesa: enterrar a los muertos lejos de las iglesias y de las urbe, y en unas condiciones de salubridad y de higiene que en el Burgos del siglo XIX eran inexistentes y desconocidas.

El llamado cementerio de Thiebault fue el primer camposanto extramuros que se construyó en Burgos. La idea de sacar los enterramientos de las iglesias se venía pensando desde mediados del siglo XVIII a tenor de las continuas pestes y enfermedades que se producían en las ciudades por la ausencia de conocimientos forenses a la hora de proceder a los enterramientos. Así lo atestiguan los datos consultados que cuentan cómo el apego a las costumbres católicas hacían rechazar la simple idea de sacar a los muertos del suelo de las iglesias.

La peste que tuvo lugar a mediados del siglo XVIII en el Puerto de Pajares fue la que hizo que durante el reinado de Carlos III se promulgara una ordenanza que recomendaba enterrar a los muertos en «lugares ventilados y alejados de las poblaciones». Un mandato que topó con la oposición del por entonces arzobispo de Burgos, José Javier Rodríguez de Arellano, que alegó «el gran gasto» que una nueva zona de enterramientos supondría para las arcas de la ciudad y se negó a dar respuesta al dictamen real.

Prohibición en iglesias
La llegada de las tropas francesas a la ciudad de Burgos en 1807 dio un giro de 180 grados al asunto y generó un nuevo impulso a la construcción de cementerios alejados de los núcleos de población y las zonas de vivienda a tenor del aumento de víctimas de la contienda que enfrentó a los partidarios de Napoleón y a los españoles.

Ante el aumento del número de fallecidos en el campo de batalla, José I promulgó en noviembre de 1809 un Real Decreto por el que «prohibía de forma terminante todos los enterramientos dentro de las iglesias». Un decreto que tomó fuerza en la ciudad con la llegada del gobernador de Castilla la Vieja, el general Thiebault, a quien se reconoce el mérito de haber mandado construir el primer cementerio extramuros de Burgos.

Excesivamente preocupado por la higiene y las condiciones sanitarias del territorio castellano, cuentan las crónicas recogidas por el cronista de la época, Don Anselmo Salvá, que el general napoleónico, asiduo a escuchar misa en la catedral, quedó un día mal impresionado por los continuos olores a cadáver que salían del entorno del templo gótico.

El decreto no se haría esperar. El 24 de febrero de 1809, y tal y como se recoge en un documento conservado en el Archivo Municipal de Burgos, se prohibió dar sepultura en todas las iglesias de la ciudad. Así, se eligió una huerta junto al Monasterio de San Agustín para ubicar el nuevo camposanto, y se solicitó la bendición del espacio por parte del arzobispo de la ciudad. Un golpe de efecto francés que movía los lugares de enterramiento a una legua y media «para que los olores no llegaran a la ciudad».

La elección del emplazamiento, en la zona sur de la ciudad medieval y junto a un antiguo monasterio abandonado, San Agustín, no fue casual. Médicos y forenses de la época se aseguraron de garantizar las condiciones de salubridad del entorno del camposanto, y Thiebault dio cuenta de su astucia al situar el nuevo cementerio cerca de un lugar de culto en el que por aquel entonces se veneraba al Santísimo Cristo de Burgos.

Pese a todo, la hostilidad por parte del clérigo y la población burgalesa no se hizo esperar. El cabildo de la catedral mostró pronto su rechazo a mover «a sus muertos» al nuevo camposanto y dejó claro que falta de «sacralidad» del entorno que el general francés había elegido para enterrar a los españoles. Sin embargo, el azar o el destino quisieron que uno de los primeros en ser enterrado en el apodado como «el cementerio de los franceses» fuera precisamente un miembro del cabildo catedralicio, el raciones de la catedral Miguel Ortiz.

El camposanto de San Agustín, del que no quedan vestigios pictóricos, duró lo que duró la presencia francesa en Burgos, tres años. Tras las quejas de los vecinos que notaron como en los meses de verano, el entorno exhalaba fetidez, y después de que Fernando VIII devolviese la soberanía al pueblo español, el cementerio quedó sin uso.

Años después al comenzar las obras de ampliación del Burgos del siglo XX aparecerían en el entorno de lo que hoy es uno de los barrios más conocidos de la ciudad cientos de restos óseos pertenecientes a las personas que fueron enterradas allí durante la ocupación francesa.

Una vez que ‘el francés’ estuvo lejos, el Ayuntamiento comenzó a plantearse en 1813 la idea de construir un nuevo cementerio. Tomando ejemplo de lo aprendido, se decidió ubicar el nuevo camposanto en las afueras de la ciudad, justo en la parte baja del castillo. De este modo, al final de la calle Fernán González se construyó la tapia del que para muchos fue el primer cementerio municipal de la ciudad. No fue el primero, sino el segundo.

Siglo XIX, XX y XXI
Durante todo el siglo XIX la ciudad de Burgos contó con un camposanto municipal en el entorno en el que después se establecería el seminario y donde en la actualidad se ubica un conocido hotel. Hasta los primeros años del siglo XX, el conocido como Cementerio Antiguo de la Ciudad sería el lugar de reposo de las personas fallecidas en la ciudad en un cementerio que albergó a personajes ilustres de la época y que contó con panteones y nichos para las familias más acaudaladas como dan cuenta con los documentos que aún conserva el Archivo Municipal de Burgos que hablan de la construcción de ricos panteones y nichos para los burgueses y políticos de la ciudad.

En 1907, la ciudad cierra el camposanto antiguo para trasladar el mismo hasta el conocido como el Cementerio de la Obispa, hoy conocido como el Cementerio de San José. La primera zona de enterramientos, todavía visible, alberga las tumbas de los primeros finados. Entre ellos una niña de corta edad a la que se presupone como la primera persona en ser enterrada en un camposanto que desde el año 2000 cuenta con una nueva zona de enterramiento y que ya dispone de espacios multiconfesionales. Todos alejados de las iglesias y de las ciudades, como bien nos enseñaron los invasores franceses.

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