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CIENCIA

Científicos del Cenieh descubren una despensa de hace 400.000 años

Han analizado 81.900 fósiles de la cueva israelí de Qesem Cave tras detectar«marcas extrañas» en huesos de ciervos y gamos

MARTA CASADO MARTA CASADO
10/10/2019

 

La cueva de Qesem, en Israel, es un lugar singular en la evolución humana. Hace unos años la recuperación de ocho dientes de cinco individuos abrió la posibilidad de ser el rincón con restos de Homo sapiens más antiguos que los de África (400.000 años) pero la duda científica está en que se parecen mucho a los neandertales. La falta de fósiles humanos ha impedido avanzar en la definición de la presencia humana detectada. Pero se han conservado numerosos fósiles de fauna que desde 2011 estudian científicos españoles como Ruth Blasco que realiza trabajos de tafonomía en el Centro Nacional de Evolución Humana.

En ese trabajo habitual del tafónomo observaron «marcas extrañas que no habíamos visto antes» en el hueso metápodo (zona distal de las patas) de ciervos y gamos. Eran rasgos de piqueteados, tajos, incisiones planas que «son las habituales cuando es difícil extraer la piel», explica Ruth Blasco.

Lo que se presentó como una anécdota, aparecía en algunos fósiles, empezó a ser cada vez más numerosa. «Con el tiempo vimos que se convertía en un patrón y siempre se hacía de la misma manera así que empezamos a probar y vimos que en fresco la piel se quitaba fácil mente empezamos a discutir si se podía haber hecho en seco», recuerda.

Así que empezaron a investigar y realizar pruebas de arqueología experimental. «Apartamos los metápodos y los expusimos a la intemperie en primavera y en otoño, otras piezas las llevamos a la Cámara de Simulación Ambiental del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid para recrear las condiciones ambientales mediterráneas de Israel y vimos que al extraer la piel salían las mismas marcas a partir de la segunda y la cuarta semana», concluye. «Por el tipo de hueso que es el metápodo, sin apenas carne, y visto que aparecían también muchas piezas rotas que habíamos visto en otros yacimientos como el resultado de extraer la médula quisimos analizar la evolución de los nutrientes de la médula ósea con análisis químicos que se realizaron en la Universidad de Lleida».

Este doble análisis, recreación del despiece y obtención de la médula ósea y análisis de los nutrientes de la misma se realizó sobre 79 metápodos repartidos en tres series experimentales que se correspondían a tres escenarios ambientales distintos. Las dos primeras series tuvieron en cuenta los factores estacionales (primavera y otoño) y la tercera con la recreación del ambiente de Israel en la Cámara de simulación ambiental. El resultado permitió comprobar la similitud de las marcas al despellejar la piel seca en las piezas de entre dos semanas y cuatro semanas «se daban los mismos patrones de marcas que nos habían extrañado tanto» y el análisis químico del manjar, la médula ósea, se podía comprobar que con la piel conservaba mejor los nutrientes que sin ella y que a partir de la sexta semana empieza la degradación de la grasa medular.

El resultado ha sido «sorprendente porque tenemos evidencia arqueológica de la capacidad de anticiparse de estas poblaciones tan antiguas, de pensar más allá del aquí y del ahora que es algo que se presupone pero del que no habíamos localizado material», señala Blasco. De la capacidad de conservación de alimentos de los grupos de cazadores y recolectores sí hay registro, de los neandertales se había sugerido un comportamiento así, de ahumados es posible que también pero «no hay evidencias arqueológicas, es difícil que se conserve el rastro», explica Blasco.

De esta manera, las poblaciones neandertales o los primeros sapiens, duda que no se ha podido aclarar ya que fósiles humanos sólo se han rescatado ocho piezas dentales, tenían la capacidad de obtener ciervos y gamos, desarticular la carcasa animal, procesar la carne y apartar estos huesos sin carne, guardarlos a modo de despensa con su piel como fórmula de protección frente a las baterías y poder fracturarlos semanas después cuando podría no haber alimento. Un comportamiento complejo de hace 400.000 años.

Una investigación que ha publicado la revista ‘Science Advances y que llega ocho años después de registrar los primeros indicios, tras el análisis de cerca de 82.000 huesos de animales y tras realizar experimentos de arqueología experimental y análisis químico de nutrientes en 37 metápodos y 200 fragmentos. En la investigación han colaborado junto a científicos del Cenieh, investigadores de la Universidad de Tel-Aviv (Israel), el IPHES de Tarragona y la Universidad Rovira y Virgili, la Universidad de Lleida, la Universidad de Berna (Suiza), el Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC).

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