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ANA SANTIDRIÁN / Cooperante internacional

«En Europa no hay una voluntad real de acogida de refugiados»

Compagina su trabajo con el activismo solidario. Ha reído, llorado y convivido con los mártires del siglo XXI, los supervivientes del día a día que parecen estorbar a Occidente

D. SANTAMARÍA
08/01/2018

 

A uno se le remueve la conciencia cuando se pone en la piel de Ana Santidrián. Cualquiera con un mínimo de empatía se escandaliza ante la barbarie, pero casi nadie se involucra para cambiar esa realidad injusta que se percibe lejana desde el plasma. Sin embargo, el testimonio de esta joven burgalesa se asemeja al puñetazo en la boca del estómago que nos deja sin aire. Volvió «tocada» de los campamentos de refugiados en Grecia y desde entonces no ha vuelto a ser la misma. La verdad de sus palabras y el brillo melancólico de su mirada denotan esperanza a pesar de todo. Queda claro, y en esta entrevista lo demuestra, que se niega a tirar la toalla. Aquí o allí, queda mucho por hacer.

Pregunta.- ¿Qué lleva a una joven química a hacer las maletas y viajar a Grecia?
Respuesta.- Estudié químicas y trabajo como investigadora en el Instituto de Carboquímica del CSIC en Aragón. Una cosa es la profesión y otra la responsabilidad que tenemos como sujetos políticos y ciudadanas de esta sociedad. Lo que me lleva a iniciar esta solidaridad con los pueblos migrantes y refugiados que se están viendo atrapados en Grecia es más una motivación personal que profesional. Empecé a colaborar en el verano de 2015, cuando hubo una oleada de inmigrantes muy grande en Europa. Por aquella época vivía en la República Checa e íbamos a la estación de tren para ayudar a las personas que llegaban con ropa limpia y té caliente.

P.- ¿Cuál fue su primera impresión nada más llegar?
R.- En el primer viaje estuve en tres lugares distintos. Primero en Atenas, donde entré en contacto con las casas autogestionadas de Exarchia. Ahí te llevas un golpe de realidad porque ves a personas hacinadas en espacios muy pequeños, pero al menos tienen un techo.
El segundo lugar donde estuve fue Ritsona, con unas 800 personas viviendo en 159 tiendas de campaña. Cada tienda era para una familia y había familias de hasta 14 o 15 miembros. Además, el 40% eran menores. Estaba en medio de un bosque, rodeada de niños en una antigua base aérea abandonada, sin ningún tipo de transporte y a 17 kilómetros de la población más cercana. Es un paso más en la desesperación porque las condiciones de vida ya no se pueden considerar ni siquiera humanas.
La tercera parada fue Quíos, una isla a ocho kilómetros de la costa turca. Ahí llegan las barcas y ves a las personas recién arribadas que ni siquiera tienen tiendas para vivir. En octubre de 2016 había una acumulación de personas descomunal y no tenían medios. Les daban tiendas de campaña de tipo iglú. Allí vi completamente la degradación.
Volví con la impresión de que a esas personas no las estamos tratando como a seres humanos sino casi como animales. Es algo que me manifestó uno de mis amigos: «me levanto, me dan de comer. Merodeo, me dan de comer, merodeo, me dan de comer y me vuelvo a dormir. Soy poco más que un animal, he perdido mi dignidad como ser humano». Sobre todo, regresé con la sensación de que por tener un papel granate en el que pone España yo podía salir de ahí mientras personas como yo -4.000 en aquella época en Quíos- estaban encerradas en una cárcel natural.

P.- Supongo que volvería tocada...
R.- La primera vez volví muy tocada pero a la vez con ganas de hacer cosas. En un mes preparé el siguiente viaje y volví con dos proyectos concretos. Uno para almuerzos escolares porque los niños de Ritsona se iban al colegio sin comer y otro para la construcción de una tienda comunitaria que al final no se pudo llevar a cabo por problemas de permisos al tratarse de una base militar aérea.
El segundo viaje me dejó todavía más tocada porque ves que no han mejorado las cosas. Al contrario, estas personas están cada vez más olvidadas y personalmente pasé una mala época en la que tuve que coger distancia y no volver a Grecia hasta después de unos meses, aunque he seguido trabajando desde el Estado español.
El tercer viaje, del que volví hace un par de meses, confirmó mi desesperanza porque no hay una voluntad política real de acogida.

P.- ¿Volverá este año?
R.- Por ahora me quiero centrar más en el trabajo de aquí, acogiendo de verdad y haciendo un acompañamiento real a las personas refugiadas que están llegando. Aunque el número es irrisorio, no hay una inclusión social, siguen viviendo en guetos y no pueden emprender una normalización de su vida ni una integración en el mercado laboral.

P.- ¿Ha condenado definitivamente a estas personas el acuerdo de la Unión Europea con Turquía?
R.- Tanto el acuerdo con Turquía de 6.000 millones de euros como el acuerdo con Libia, este año de 200.000 euros. Es la ‘teoría de los cuatro acuerdos’. Primero, los países ricos intentan meter una cantidad ingente de dinero para que esas personas no salgan de sus países. Hay quienes consiguen salir, pasan el primer círculo y llegan a países fronterizos que les retienen como Libia o Turquía. El primero no es un país democrático a día de hoy porque solo se ha instaurado el Gobierno en Trípoli y el segundo no está entrando en la Unión Europea porque se duda de su cumplimiento de los derechos humanos.

P.- Parecía que el cambio político en Grecia abría una puerta a la esperanza. ¿Le ha decepcionado el Gobierno de Alexis Tsipras a la hora de gestionar esta crisis?
R.- Grecia es la cabeza de turco de Europa. Dentro de estos cuatro acuerdos, al final Grecia es una valla más como las que tenemos en Melilla y en Ceuta. Si hubiese países más pudientes en el lugar geográfico de Grecia estoy segura de que allí no habría más de 65.000 personas. Grecia recibe dinero de la Unión Europea para retener personas, pero es imposible.
El problema es que resulta imposible que un Estado como el griego pueda soportar a más de 65.000 personas.

P.- ¿Qué puede ocurrir si Europa se sigue desentendiendo?
R.- No sé lo que va a ocurrir, pero es imposible que sigan cerrando los ojos. Europa, a día de hoy, ya ha destinado dinero a guardacostas libios para frenar a las personas migrantes. La Unión Europea va a seguir intentando parar los pies como sea a estas personas, pero es imposible porque la migración es un fenómeno natural de los seres humanos. También somos responsables las ciudadanas europeas. Debemos reclamar a nuestros estados que abran esas puertas de verdad, que no sea una solidaridad de boquilla.
¿Qué puede ocurrir? Creo que a largo plazo la mafia y los guardacostas de dudosa fiabilidad seguirán ganando dinero, pero de alguna forma se tendrá que regular esta situación porque los motivos que provocan la migración no van a parar y cada vez habrá más.

P.- La extrema derecha gana terreno electoral. ¿Corre Europa el peligro de repetir los errores del pasado?
R.- El pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla. Vivimos a día de hoy una crisis económica que ha afectado sobre todo a la clase media. Los ricos son más ricos, los pobres más pobres y mientras tanto se fomentan discursos de odio que lo único que hacen es separar al pueblo. Me gustaría que mirásemos a nuestro alrededor antes de pensar en una bandera y en una nación para fijarnos en que somos seres humanos.

P.- ¿Confía en que se cumplan esos cupos de refugiados que los estados miembros parecen haber olvidado?
R.- El cupo se tendría que haber cumplido el 30 de septiembre de 2016. De ese cupo, la Unión Europea solo acogió a un tercio de la población acordada (180.000 personas) y países como España no llegaron ni al 12%. Entretanto, ¿qué ha hecho la ciudadanía?Ni manifestaciones ni presiones para que el Gobierno cumpliese.

P.- ¿Quién va ganando la batalla a pie de calle, la solidaridad o la intolerancia?
R.- Bajo mi punto de vista, creo que el discurso del terror y del odio está calando más que el de la solidaridad. Por lo menos es lo que vemos en la opinión pública y en los medios. La crisis de los refugiados es más bien una crisis de solidaridad.
P.- ¿Qué puede hacer el ciudadano de a pie para arrimar el hombro más allá de las aportaciones económicas y del voluntariado?
R.- En Zaragoza tenemos un grupo de ayuda a refugiados en el que personas independientes, cada una con su profesión, su motivación y su vida; nos hemos juntado simplemente para hacer un acompañamiento real a las personas que llegan.

P.- ¿Es viable una iniciativa de este tipo en Burgos?
R.- Ojalá. Quiero que la experiencia de Zaragoza sirva para que alguien se anime. Es muy complicado dejar toda la responsabilidad de acogida en manos de las ONG’s, pero si no hay una inclusión de verdad en el tejido social estas personas nunca van a poder llevar una vida normal.

 

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