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RITOS, MITOS Y LEYENDAS / SAN JUAN DE ORTEGA

El milagro de la luz equinoccial

La devoción y la sabiduría de los arquitectos de la antiguedad transforma un fenómeno astrológico en un canto a Dios y sus maravillas, en promesa de redención


14/08/2019

 

BURGOS
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía por encima de las aguas. Y dijo Dios: Hágase la luz; y la luz se hizo. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas».

Amaneció el día tercero y dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra.» Y así fue. Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas; y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra, y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien. Y atardeció».

La luz es un milagro del Creador que cada día se representa. El hombre conoce desde el principio su poder sobre la vida y sobre el tiempo, cuyo paso mide con el caminar del sol sobre el firmamento y el transcurrir de la luna por sus fases. Luego vinieron los relojes de sol y la medición del tiempo se sofisticó y se fue perdiendo la práctica de consultar a los cielos para conocer el paso del tiempo. Pero la inmutabilidad del universo está escrita en las estrellas, guías marineras, guías del norte y en el cabalgar del sol sobre las aguas del poniente y su despertar en el levante.

Burgos, como tierra ancestral que es, como cuna de los primeros europeos, lugar maternal de la mística de los primeros enterramientos humanos desde su atalaya mesetaria, guarda numerosas pruebas del valor reverencial que los pueblos antiguos daban al sol, a la luz y a sus caprichos. Luego aprendieron a domesticarlos y más tarde los llamaron milagros.

Dólmenes alineados con la posición del horizonte, la salida del sol o las constelaciones se levantan en toda la geografía, pero sólo en algunos puntos se siguen venerando la sapiencia y la ciencia de los constructores antiguos para domeñar la luz del sol y obligarla a danzar por escenas esculpidas por las manos del cantero y el maestro. Siempre para alabar a Dios y agradecer el milagro de la luz.

Como en San Juan de Ortega, pieza maestra del camino que lleva al campo de las estrellas. Joya de la Ruta Compostelana. El templo es el teatro en el que se prueba el poder de la luz y en cómo la devoción de los constructores antiguos, de la iglesia primigenia, transforma un fenómeno natural, una idolatría pagana, en un canto a Dios y sus maravillas.

Decenas de personas siguen acudiendo en los solsticios de invierno y de verano a contemplar cómo la luz recorre los muros del interior del templo y se posa sobre uno de los capiteles. Precisamente sobre una escena en piedra que describe la Anunciación y el misterio de la Navidad. El sol como mensajero de la venida de Cristo al mundo. El milagro de la luz que anuncia la Redención. El paso del equinoccio ha dado lugar a miles de ritos y leyendas en todo el mundo y en prácticamente todas las culturas.

Cómo fueron capaces aquellos canteros medievales de levantar un templo de piedra sobre un rayo de sol es un enigma que hoy causa asombro. Cómo pudieron calcular distancias, alturas, posiciones de un fenómeno que sucede dos veces al año entra dentro de lo paranormal. Pero lo hicieron.

Unieron su saber astronómico y la pericia arquitectónica para que en cada equinoccio, tanto en primavera como en otoño, un rayo de sol penetre por una ventana ojival, gótica, de un murete románico para impactar directamente en el capitel historiado de la Anunciación y la Navidad. Y desde hace siglos, se puede observar esta especie de representación teatral a las cinco de la tarde, hora solar, durante los tres días anteriores y los tres días posteriores a cada equinoccio, siempre y cuando el día no se encuentre nublado.

Un fenómeno que dura unos ocho minutos, durante los que la luz solar ilumina de forma cronológica todo el ciclo de la Navidad que está representado en este capitel, desde que el Arcángel San Gabriel anuncia a la Virgen María que va a ser madre, hasta el nacimiento de Jesucristo y la adoración de los Reyes Magos.
Desde la Edad Media, miles de personas se han acercado hasta este punto del Camino de Santiago por este motivo, entre ellos la mismísima reina Isabel la Católica que, después de traer al mundo a varias hijas, esperaba un varón. Y lo consiguió por intercesión del santo. ¿Otro milagro?

«Cuando el cuarto Ángel tocó la trompeta, se oscureció la tercera parte del sol, de la luna y de las estrellas. El día perdió la tercera parte de su luz, y lo mismo sucedió con la noche». Sólo el Apocalipsis pondrá final a este milagro burgalés que revive dos veces al año con la mecánica de las estrellas.

 

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