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Una mirada burgalesa en el corazón de la crisis de refugiados en Europa

Ana Santidrián es química, investigadora de profesión y voluntaria de corazón / Hace unos días volvió de su tercer viaje a Grecia, donde ha conocido la realidad de los campos de Ritsona y Suda

V. M. / BURGOS
12/12/2016

 

«Cuando ves con tus propios ojos lo que esta gente está pasando, no te queda otra que volver porque tu corazón está con ellos». Así empieza la conversación telefónica con Ana Santidrián. Sin paños calientes. Esta burgalesa ha estado estos días en el campamento de refugiados de Ritsona, en Grecia. Es su segunda vez allí, la tercera en Grecia y volvería «una y mil veces». Licenciada en Químicas, se decantó por la rama investigadora y ha pasado unos años trabajando en República Checa, hasta que hace un año vino a España, a Zaragoza, donde reside y trabaja.

El campamento de refugiados de Ritsona se abrió en marzo «con 150 tiendas y acondicionado para unas mil personas, aunque ahora habrá unas 700 personas», explica. Hace apenas unos días, el Gobierno griego declaraba el carácter permanente del campamento y desde Acnur «han estimado que estará abierto al menos tres años» por lo que «todo lo que hagamos deben ser acciones que duren en el tiempo».

Su primer viaje a Grecia fue el pasado mes de octubre y llegó porque «cada vez somos más las personas que estamos sensibilizadas con la situación de los refugiados, yo ya lo estaba y gracias a una amiga de Zaragoza, fundadora de la asociación Amigos de Ritsona, entre en contacto con ellos, con el campamento y con Café Rits, asociación local que está desarrollando varios proyectos en la zona», explica.

En este sentido, Santidrián recuerda que «el campamento de Ritsona es especialmente familiar, por lo que está lleno de niños». En marzo se calculó que «un 40% de los refugiados en el campo eran menores, ahora pueden ser un 30%». Precisamente uno de esos proyectos se centra en proporcionarles un almuerzo escolar y es que, «los niños del campamento han sido escolarizados, pero en horario de tarde, separados de los griegos, que van por la mañana», comenta y añade que «al tratarse de un campo del gobierno, gestionado por militares, la comida se hace a las 14.30, pero el autobús de los niños sale a las 13.30, por lo que se van sin comer». Desde Café Rits se organizó este almuerzo escolar «de forma provisional», pero «se ha convertido en algo permanente». El problema es que para realizar ese centenar de almuerzos diarios para niños «son necesarios fondos y Café Rits no cuenta ni con los fondos ni con las manos suficientes». De ahí que «se haya redactado el proyecto, para recaudar fondos y por lo que he decidido volver».

Otro de los problemas del campo de Ritsona es que «no cuentan con un espacio donde reunirse con la llegada del mal tiempo». En verano se hacían actividades en la calle pero «con la lluvias y el frío no es posible». La asociación local logró hacerse con una tienda de campaña tipo circo cedida por la asociación ‘I am you’ y «ahora hay que acondicionar el suelo, que debe ser aislante y con acceso a minusválidos».

Además, asociaciones comoAmigos de Ritsona «están tratando de llevar a familias en situaciones extremas, con algún de sus miembros enfermos crónicos, mujeres embarazadas o bebés con problemas, a pisos», al igual que el Gobierno griego, que lo hace «mediante entrevistas». Además, hace unos días, el campamento «recibió una donación de Emiratos Árabes, de una especie de ‘casetas de obra’ que tienen una bomba de calor, un retrete y un lavabo y cuentan con dos literas». Algunas familias están siendo reubicadas ahí, pero muchas no pueden ‘meterse’ ahí porque la mayoría de ellas son de entre 8 y 12 miembros».

Un lugar digno en el que vivir, comida que llevarse a la boca o ropa para combatir el frío y la humedad del invierno griego no son las únicas carencias que sacuden a los refugiados. Muchos de ellos, como Abdul, se desesperan aguardando un futuro mejor. «Explican que son gente joven, sana y con dos manos para trabajar y verse allí, con un vida robada, les desmorona aún más», comenta la voluntaria, «psicológicamente es una situación muy difícil».

La realidad de Quíos
Santidrián también ha tenido la oportunidad de vivir la situación de los refugiados en la isla de Quíos, donde acudió tras su paso por Ritsona. «Fui con la asociación guipuzcoana Zaporeak, cuyo coordinador, Daniel Rivas, también burgalés», comenta. Allí estuvo en el campo de Suda donde «estuve cocinando para los refugiados». Habilitado para 1.000 personas, «desde que se firmó el ‘Acuerdo de la Vergüenza’ con Turquía, por el cual se están cerrando las fronteras, ahora cualquier refugiado que llegue pidiendo asilo político es ilegal». Esto ha hecho de Quíos, «una cárcel natural» porque llegan a la isla y allí «solo esperan la deportación».

Suda no es un campamento del Gobierno sino del Ayuntamiento de la isla y «no se entrega comida, por lo que las asociaciones humanitarias deben correr con esa responsabilidad». El campamento empezó situándose en el interior del foso del castillo de Quíos pero «ha llegado hasta la playa». A la malas condiciones de vida, en Suda se han sumado «ataques de un grupo de extrema derecha al campo, con la entrada de 60 personas que tiraron cócteles molotov y piedras a las tiendas, y que acabaron con detenciones indiscriminadas de atacantes, refugiados y voluntarios».

Por Qamar
Por otra parte, la voluntaria hace especial hincapié en la situación de Qamar. «Es una niña del campo de Ritsona, que ha contraído una enfermedad respiratoria grave y de la que ha tenido importantes recaídas, comenta Ana, «estuve una semana con ella mientras estaba hospitalizada en Atenas y con el objetivo de mejorar su situación, Amigos de Ritsona ha creado una petición en change.org con información sobre el caso Qamar y su familia para que puedan ser traídos a España».Han recogido 125.000 firmas que «ya se han presentado junto a toda la documentación y desde hace un mes no tenemos respuesta», añade.

Todos los viajes de Ana han sido como voluntaria independiente, lo que implica «correr con todos los costes» y que «las estancias sean limitadas en el tiempo». Para Santidrián, la solución a esta situación está en «una mayor concienciación y movilización y en la máxima difusión», pero también, en que «en países se como España se cumpla con la cuota de refugiados establecida». Ella lo tiene claro, volverá a los campos de refugiados de Grecia y lo hará porque «aunque físicamente esté en España, mi corazón y mi mente siguen estando allí».

 

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