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SOCIEDAD

La NASA salda parte de su deuda con Héctor Rojas

El Apolo 11 supo dónde aterrizar gracias a un astrofísico venezolano relegado al olvido intencionadamente / Pierre Monteagudo rescató su historia y promete novedades en breve

D.S.M.
03/03/2019

 

Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins. Todo el mundo conoce, como mínimo, al primero de los tres tripulantes del Apolo 11 que hicieron historia en 1969 a pie de Luna. Lo que casi nadie sabe es que no viajaron a tientas. Conocían con exactitud las coordenadas del enclave idóneo para el alunizaje. Posarse en cualquier sitio ponía en riesgo su vida y la misión ya era harto complicada de por sí. ¿Quién determinó dónde debían aterrizar?, ¿cómo lo averiguó?, ¿por qué su nombre y su matemática metodología han permanecido bajo el más absoluto de los silencios durante décadas? El docente y divulgador científico Pierre Montegudo ha dedicado mucho tiempo a dar respuesta a esos interrogantes. Cuando las puertas de su investigación se abrieron de par en par, tuvo claro que el astrofísico venezolano Héctor R. Rojas, compatriota y referente desde la infancia, merecía un «homenaje a su memoria póstuma para rescatar su legado y reivindicar su vida y su trabajo».

Por motivos laborales, Monteagudo pasa la mañana en Burgos. Viene desde Valladolid, su ciudad de residencia, y lleva consigo varios ejemplares de Expediente Rojas, NASA Reports 1/2/3. Siempre tuvo el «sueño» de escribir un libro sobre divulgación científica y cuando se puso manos a la obra quiso dedicar un capítulo a ese «líder moderno», íntimo amigo de su padre, al que conoció de niño. El mismo que, más allá de su interés por «difundir el conocimiento para el progreso de la humanidad», se adelantaba a su tiempo hablando de «igualdad de género», por ejemplo, mediante el reparto de becas universitarias al 50% entre mujeres y hombres. El mismo que, aun trabajando para el Gobierno estounidense con la «posibilidad de vivir donde quisiera rodeado de todos los lujos que le apetecieran», daba la impresión de ser «la persona más humilde que he conocido en mi vida».

Cuando empezó a indagar sobre Rojas, su hoy biógrafo se percató de que «no había nada de nada en ningún sitio». Ni rastro, como si nunca hubiese existido. A Monteagudo le resultó tan «chocante» que no cejó en su empeño aunque en un momento dado estuviese «a punto de abandonar». Por suerte, sus «alertas» en espacios culturales y científicos de la red de redes surtieron efecto en forma de chivatazo: Los informes que acreditan su imprescindible contribución al primer viaje a la Luna, supuestamente desclasificados por Estados Unidos, estaban a su alcance en el Observatorio de París. Los reports 1, 2 y 3; su tesis doctoral y el resumen de la tesis. El docente no daba crédito. Había localizado el Santo Grial y aprovechó su cobertura como «redactor colaborador de varios medios» durante la Cumbre del Clima de 2015 en la ciudad de la luz para solicitar en persona que se los enviasen por correo electrónico. «No me voy de París sin una copia digital», dijo. Y al final la consiguió.

¿Cómo llegaron esas reproducciones de su trabajo espacial a la capital francesa? Básicamente, por «precaución y prevención» del doctor Rojas, consciente de lo que «podía suceder» habida cuenta de que la Guerra Fría estaba muy caliente y la conquista del espacio era el siguiente campo de batalla entre la Unión Soviética y Estados Unidos. ¿Por qué París? El astrofísico venezolano se dedicó a «investigar las estrellas de tipo B en el Observatorio desde el año 64 hasta principios del 66 gracias a una beca de la OTAN». Por ello, a medida que avanzaba en sus cálculos para que el Apolo 11 pudiese aterrizar con éxito en la Luna, fue enviando copias de sus informes a su antiguo centro de trabajo por si las moscas. Asimismo, a saber «de qué manera», también se conservan en la Universidad de Utrech y con «la portada original del centro de la NASA».

Expediente Rojas vio la luz en agosto de 2016. Desde entonces, Monteagudo se ha pateado España con el objetivo de sacar del anonimato a un genio que por cuestiones políticas acabó convirtiéndose en un «personaje incómodo» para el Departamento de Estado norteamericano -con Henry Kissinger, quién si no, a la cabeza- y el Gobierno de Carlos Andrés Pérez, que seguía «órdenes directas» de su todopoderoso vecino del norte. Y es que la misión de ambos países estaba clara: «suprimir el historial profesional de Rojas y procurar eliminar cualquier información sobre él». Opacidad total hasta que un docente hispanovenezolano afincado en Castilla y León halló pruebas contundentes para lanzar su «historia al mundo» sin pensar en presiones externas. No las hubo. «Nunca he recibido una amenaza directa. Creo que están persuadidos porque si me han investigado, y creo que sí, se habrán dado cuenta de que soy un profesor, divulgador y escritor que lo único que tiene es un interés cultural e histórico por rescatar el legado de un gran científico». Asegura, eso sí, que algunas entrevistas que ha concedido nunca llegaron a publicarse y que al menos una información en prensa escrita acabó desapareciendo al cabo de unos meses en su edición digital. Quién sabe el motivo, quizá había que aligerar el servidor. Sea como fuere, le llama «poderosamente la atención».

50 años después
El caso es que han tenido que pasar 50 años desde el alunizaje del Apolo 11 para que la NASA salde esta deuda con Rojas. Recientemente, el organismo espacial desclasificó los documentos que con tanto celo había guardado durante décadas para acabar dando la razón a Monteagudo. La verdad por fin ha salido a la luz y las aportaciones del astrofísico ya son de dominio público. Sin embargo, tal vez estos informes sean la punta del iceberg. ¿Viajó el doctor a la Luna años después en misión secreta? El autor de Expediente Rojas no lo puede confirmar a ciencia cierta, aunque está convencido de ello en un «90%». Llegados a este punto, muestra la copia de un reportaje que se hace eco de la noticia. «Hay una secuencia de hechos, con reseñas periodísticas, donde se anuncia que pasaría a ser astronauta científico. Hay otras incluso más explícitas que fueron rebotadas a nivel internacional. Estoy buscando las reseñas en Estados Unidos y seguro que algún día las encontraré», señala justo antes de precisar que el propio Rojas se pronunció al respecto «dos días antes del aterrizaje del Apolo sobre la Luna».

Al margen de la hemeroteca, Monteagudo recuerda un episodio de su niñez relacionado con esta hipótesis que le marcó profundamente. «En el 76, cuando Rojas se iba a Washington en el que a la postre fue su último viaje para hablar de ese proyecto de cooperación científico-tecnológica con el Departamento de Estado de Kissinger, llamó a mi padre, que era la persona más cercana a él, y le entregó sus papeles manuscritos de trabajo. No sabía si iba a volver, ni cuándo ni cómo». Justo después, prosigue el escritor, «mi padre me los enseñó. Era un manojo de documentos, en A3 y de papel cebolla. Yo era un niño precoz en estas materias y me interesaba muchísimo. Veía jeroglíficos, anotaciones científicas... Las cosas propias de un astrofísico». Desde ese instante, comenzó a intuir que el investigador al que tanto idolatraba probablemente se hubiese embarcado en una nave con destino a la Luna. Hoy, pese a insistir en que no puede afirmarlo en «términos de certidumbre absoluta», cree que sus aventuras -su padre le hablaba en plural cuando salía el tema- tenían una misión muy concreta: «hacer prospecciones» con vistas a «instalar bases militares permanentes» con «capacidad para atacar a la Unión Soviética y China», pues no hay que olvidar el «compromiso» de Kennedy con la causa espacial o la reducción del gasto militar a cambio de «impulsar este proyecto» a través de la NASA.

Confidencialidad
Entretanto, lo único que le importaba al doctor Rojas era «cumplir con rigurosidad el protocolo exigido de confidencialidad» y divulgar sus conocimientos en pro del «desarrollo de las sociedades de todas las latitudes». Soñaba con «dar conferencias en universidades europeas y latinoamericanas sobre todo lo que se había estudiado en relación a la Luna» y tal era su vocación docente que llegó a «improvisar un centro de estudios sobre la Luna y el universo en su propia casa». Precisamente allí, en la «humilde» morada de su «barrio de toda la vida» de Maracay, «los vecinos le recibían y festejaban» cada vez que regresaba. Mientras, los guardaespaldas que le protegían seguramente le estuviesen «vigilando» y así lo creía él. Obviamente, sus aportaciones eran tan valiosas que los soviéticos hubiesen podido «aterrizar antes» porque ya disponían de «tecnología para estar en órbita alrededor de la Luna».

Dados los interrogantes que aún permanecen sin respuesta, Monteagudo ha seguido investigando y el resultado de sus últimos hallazgos se trasladará dentro de unos meses a las librerías. En Expediente Rojas: La tecnología del Cosmos, aborda la relación directa del astrofísico con un «episodio muy controvertido» que aconteció a finales de la década de los 40 y que forma parte de la «información ultrasecreta» que maneja el Gobierno de Estados Unidos. Con esta nueva entrega, el profesor hispanovenezolano deja a un lado los «misterios desentrañados de la Luna» para sumergirse en las declaraciones públicas y pistas que el doctor Rojas dejó por el camino. Sin profundizar más de lo necesario, el ‘hombre oculto’ de la NASA siempre midió sus palabras porque era plenamente consciente de que estaba siendo sometido a un «seguimiento estricto». Ahora, con la veda medio abierta, el esclarecimiento de los hechos más relevantes de su vida sigue su curso gracias a ese alumno aventajado que nunca dejó de creer en su maestro.

 

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