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La Espuela / Regina Peñacoba, presidenta del Comité de Folclore

«Nos hemos vuelto muy ñoños y ahora cualquier picardía es machista y ofende»

Lloró por primera vez en la clínica San Juan de Dios en 1964 y presume de ser burgalesa «de la puritita tierra». Se aficionó a la danza clásica por influencia materna y a la cultura tradicional, por la paterna. A los 11 años entró en Justo del Río y desde hace 24 lleva sus riendas. Dirige a los Danzantes desde hace 13 y en 2006 se puso al frente de los folcloristas. En sus ratos libres es enfermera de Urgencias de Medicina Laboral. «La enfermería me da de comer y el folclore me alimenta el alma»

A.S.R.
25/02/2018

 

Pregunta- ¿Para hacer esta entrevista de quién tenemos licencia?
Respuesta- La copla dice que primero debemos tener licencia de Dios y luego del señor alcalde (hace un mohín). Además hay que remontarse porque ha habido muchas grandes personas que han permitido que el folclore llegue vivo y con muy buena salud hasta nuestros días, desde los maestros Olmeda, Antonio José y Justo del Río a los miembros del Comité del Folclore y los componentes de los grupos, que seguimos llevando el folclore de Burgos arriba a pesar de todas las dificultades, que cada vez son más.

P.- ¿Cuándo ha empezado a ser el folclore burgalés cosa de mujeres?
R.- Siempre lo ha sido. Por un lado, en la cultura tradicional de un país como España, totalmente patriarcal, la mujer ha tenido, salvo excepciones, un papel secundario, pero, sin embargo, ha sido la gran depositaria de la memoria. Y, por otro lado, en los años cuarenta son las mujeres, sobre todo las de la Sección Femenina, las que empiezan a crear esto de los grupos de folclore, primero solo femeninos, por aquello de la compañía cercana del hombre, que era pecaminosa.

P.- ¿La cultura tradicional burgalesa es más de refajos o de enaguas?
R.- De refajos, que con el frío que hace (ríe). El traje regional tiene mucho de rito. Las capas desde abajo hasta arriba y de dentro a afuera como una cebolla eran prácticamente de obligado cumplimento.

P.- ¿Se siente más cómoda con la bata blanca o con el traje de serrana?
R.- Sin duda, la bata es infinitamente más cómoda, los trajes regionales pueden ser muy atractivos a la vista y me encanta llevarlos, pero son cualquier cosa menos cómodos. La ropa tradicional no lo ha sido jamás y ahora, que nos la ponemos de vez en cuando, es más incómoda aún.

P.- Regina Peñacoba sin Justo del Río hubiera sido...
R.- No me lo puedo imaginar. El folclore es mi vida y ha llegado a serlo por Justo del Río. Tuve además el privilegio de que fuera el maestro quien me enseñase a bailar. Y a través de Justo del Río he adquirido todo lo demás. Soy una persona bien nacida y agradecida y nunca podré darle la espalda.

P.- ¿Qué diría su maestro de la situación del folclore actual?
R.- Estaría orgulloso, sinceramente. A Justo del Río lo conocí muy mayor pero absolutamente activo y aprendí mucho de su dedicación. ¡Con ochenta y tantos años daba clase todos los días de la semana! ¡Admirable! Y con 91 años lo traía su hija, tardaba media hora en subir la escalera de caracol, y nos veía ensayar, era una droga para él. Esa responsabilidad la he mamado y me he entregado al grupo en cuerpo y alma, yo y mis compañeros, y soy un poco exigentona, lo reconozco.

P.- La última vez que se levantó con cuerpo de jota fue por...
R.- Yo nunca me levanto con cuerpo de jota. Odio madrugar. Duermo poco y mal. Me despierto fatal, de muy mal genio, con mucho sueño, doy una patada al gato, otra al marido, me voy a duchar con muy mala uva, me tomo tres cafés... El cuerpo de jota se me va poniendo a lo largo del día.

P.- ¿Con qué o quién vive un continuo romance?
R.- Con mi marido. Tengo el mejor del mundo, aunque pueda sonar muy cursi.

P.- ¿Y usted canta por ganar cuartos o porque bien sabe?
R.- (Ríe). Cantando en folclore no se suelen ganar cuartos, pocos son esos privilegiados. ¿Porque bien sé? No, no sé cantar muy bien, Dios no me ha dotado, ojalá. Es una de mis grandes penas. No haber tenido una buena voz para cantar.

P.- Si su despiste fuera una jota sería...
R.- ¡Se lo dices a la reina de las despistadas! Tengo unos despistes colosales, confundo el teléfono móvil con el mando de la tele y me lo llevo en el bolso, dejó la puerta de casa abierta un montón de veces, entro en una habitación y me olvidó para qué, no me acuerdo de los cumpleaños de nadie... ¡Soy un desastre! Podríamos llamarlo la Jota de la cabeza de chorlito.

P.- ¿Cuándo perdió la música su picardía?
R.- Nos hemos vuelto muy ñoños, muy políticamente correctos, y ahora cualquier picardía es machista y ofende. Nos estamos embobando y agilipollando a pasos agigantados. Lo veo y me llevo las manos a la cabeza. Y no creo que el feminismo consista en eso. Se debe ocupar de cosas infinitamente más importantes: de que tú y yo cobremos lo mismo que un hombre por el mismo trabajo, de que podamos conciliar vida laboral y familiar, de que los salarios sean justos y de que no nos sintamos discriminadas por ser mujeres. A mí si se canta una copla picarona sobre la anatomía de la mujer no me ofende lo más mínimo y a quien sí lo haga es bobo, con perdón.

P.- Le iba a preguntar si hay machismo en esa música tradicional, pero...
R.- Claro que hay machismo, pero también feminismo. Tu marido es un juan juan que muchos oficios sabe, menos limpiar tinajas que con los cuernos no cabe. Hay muchas coplas alusivas a la mujer, a sus defectos, a su maldad, a su belleza, pero también las mujeres se sabían desquitar.

P.- Se marcaría un agarrao clandestino de Cuaresma con...
R.- ¡Con mucha gente! La Iglesia siempre ha considerado los bailes peligrosos y pecaminosos, eran difícilmente consentidos y absolutamente prohibidos en Cuaresma. No sé con quién lo bailaría... Además eran ellos los que tenían que sacarla a ella, si una mujer saca a bailar a un hombre ¡la lapidan!

P.- Castilla entera se siente comunera y Regina Peñacoba...
R.- ¿Que Castilla entera se siente comunera? ¡Y una porra! Eso no es verdad. Ojalá Castilla entera tuviera más conciencia de sí misma, más orgullo de tierra y de pueblo y más dignidad. Pero no lo hemos tenido desde el siglo XVI, desde 1521. Decir que Castilla entera se siente comunera no deja de ser una ilusión.

P.- ¿La tiene?
R.- Estuve en el primer Villalar de la democracia, era una niña, y los cuatro coches que íbamos, porque éramos cuatro iluminados, llevábamos los pendones de Castilla por las ventanillas, solo y exclusivamente, no había necesidad de que apareciera ninguna bandera de ningún partido político. Era la fiesta de Castilla. Punto. Aquello empezó a degenerar bastante rápido. Me siento castellana y estoy muy orgullosa de mi tierra. Ojalá tuviéramos más sentimiento de comunidad histórica, porque si Castilla no lo es que venga Dios y lo diga, que no se considere como tal me da la risa.

P.- La dulzaina más amarga sonó...
R.- Con la muerte de mi madre. No te das cuenta de lo importante que es alguien en tu vida hasta que la pierdes y ves que te vas quedando coja de todo. A mí me arrasó.

P.- ¿Y cuándo saboreó la más dulce?
R.- El día de mi boda, hice una boda castellana y sonó muchísimo la dulzaina, durante todo el día, fue divertidísima, multitudinaria, en el campo, a los pies del santuario de Santa Casilda. Ese día sonaba la dulzaina fuera y también dentro.

P.- El que no ha sonado ha sido su teléfono en todo este rato... ¿Lleva el móvil en el bolso o ha vuelto a meter el mando de la televisión?
R.- (Ríe). No sería la primera vez que me pasa. ¡Sí, lo llevo! No hay persona menos dependiente de esos aparatitos que yo. No estoy en redes sociales, a nadie le importa lo que yo piense y a mí muchas veces tampoco lo que piensen los demás. Las opiniones de quien me interesa las recojo cara a cara.

P.- ¿Allá va qué despedida?
R.- ¿Picante o no picante?

P.- A su gusto.
R.- La cultura tradicional está pasando una crisis tan grave en esta ciudad que podría ser una despedida definitiva y ojalá no lo sea. Si lo es no será porque los que luchamos por ella no lo hayamos intentado todo. Despedirse siempre es triste. Dejémoslo en un hasta luego.

 

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