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EDUCACIÓN

Sonrisas y lágrimas en la vuelta al cole

29.516 alumnos iniciaron ayer el curso en Infantil, Primaria, Educación Especial y segundo curso de ciclos formativos en la provincia / Con ellos 2.267 profesores, cuatro menos que el año pasado

MARTA CASADO / Burgos
10/09/2019

 

Las puertas del colegio Solar del Cid del barrio de San Pedro de la Fuente abrieron de nuevo para recibir a 430 alumnos que empezaron ayer un nuevo curso. Un total de 8.500 niños acudían ayer a su primera clase de Educación Infantil en los diferentes centros educativos públicos, concertados y privados de la provincia. Junto a los más pequeños también han empezado 1.020 matriculados en segundo curso de Ciclos Formativos de Grado Superior. También estrenaron curso los 180 alumnos de Educación Especial que hay en Burgos y el grueso de escolarización, Educación Primaria Obligatoria, con 19.816 matrículas de los 29.516 que ya están en sus aulas.

Vuelven a ese rincón de su vida autónoma, más alejados de la protección familiar, pero donde la comunidad educativa les recibe con los brazos abiertos, aunque con la preocupación especial de algunos ciclos críticos. «Los cambios más fuertes para los alumnos y alumnas se dan en primero de Infantil, donde tenemos un periodo de adaptación, y el paso de Infantil a Primaria donde tratamos de acompañarlos para que esa transición sea lo más familiar posible para los alumnos», explica la directora del Solar del Cid, Belén Barrios.

Minutos antes de las nueve el ruido de maletas con todos los libros del curso rompía el silencio de las mañanas veraniegas en la plaza Enrique III. Algunos saludos entre compañeros que hace dos meses que no se ven. Los había sin muchas ganas. «No quería venir, porque a mis amigos de clase ya los veo en el parque y jugamos al fútbol... madrugar no me gusta mucho», respondía uno de los chicos fijos entre los que ocupan la cancha del patio para jugar al fútbol. Otros con expectación miraban su nueva mochila. «No sé si podré con la mochila», explica una de las niñas que «empiezo tercero y ahora tenemos cuaderno y esto pesa», se quejaba. Algunos se encuentran a diario en el parque o por el barrio, otros no se habían visto desde el curso pasado y empiezan entre alegrías y nervios un cambio de curso que, saben, será un poco más difícil que el anterior.

Atrás dejan a los padres que vuelven a reencontrarse fuera del aula. Algunos se quejan de los libros más por el peso que por el coste. «Yo abogo por un colegio sin libros» dice una madre cuando se pregunta a un grupo. Las dudas de si hay que comprar uno u otro, los tipos de cuadernos elegidos. Todo tiene que estar correcto antes de empezar por eso ven la vuelta como «un poco estresante el previo y hoy, fatal, excitadísimos».

Los mayores se ubican en filas por curso en la pista deportiva, la única de la que dispone el centro por el momento. Será el punto de arranque de los próximos nueve meses del curso. El AMPA del centro se ha movilizado para lograr una zona deportiva cubierta y que, al mismo tiempo, permita organizar las representaciones navideñas que ahora se organizan en el gimnasio por grupos de alumnos y sin familiares.

Frente a la entrada del edificio de Primaria se agolpan un grupo de padres con bolsas y maletas. Sus hijos inician el segundo cambio más importante en su etapa educativa: el paso de Infantil a Primaria. En ‘el Solar’ es una ceremonia cuidada donde los profesores de Infantil, que les han acompañado en los tres últimos cursos, y los nuevos profesores de Primaria reciben a padres y alumnos junto con la Dirección y Jefatura de Estudios. «Buscamos un lugar que ya conocen de cursos anteriores, porque en el gimnasio hacen psicomotricidad, que encuentren rostros familiares y sus padres que les acompañan hasta el nuevo aula para facilitar así esa transición», explica.

Otro foco de especial preocupación son los más pequeños. Segundo de Infantil cambia de aula y «buscamos familiarizarnos con los nuevos itinerarios, la nueva clase, las escaleras por donde vamos a bajar ahora», explica una de las profesoras mientras vigila que los niños bajen ordenadamente y agarrados de dos en dos.

El momento más crítico se vive a las 9.30 horas. Es el primer turno de entrada de los alumnos de tres años. Su microcosmos habitual cambia con la entrada en el cole de mayores. «Es un momento complicado para ellos, siempre hay lloros y disgustos, aunque hayan estado en guardería porque todo es nuevo los profesores, el lugar pero, como decimos a los papas, los lloros acaban rápido porque la interacción con los otros niños les ayuda a calmarse», señala Marian, profesora de las tortugas azules. En frente las primeras tortugas amarillas también pasan el proceso que abordan poco a poco. Es el denominado periodo de adaptación del que los padres se quejan por la «difícil conciliación, no puedes venir a media mañana y tampoco vienen de guarderías o así». Y llega la temida despedida. Los nervios contenidos en algunos niños mientras suben las escaleras al aula y ojos vidriosos en algunos padres. Otros niños pasan directamente a las lágrimas discretas y hay quien grita sin poderlo remediar.

«Lo mejor es no alargar demasiado el momento y transmitir tranquilidad a los pequeños porque a veces, involuntariamente, les transmitimos nuestra inquietud», explica la profesora. Entienden que este periodo de adaptación es difícil por temas de conciliación, pero «es lo más adecuado para los pequeños, que al final es lo que más nos importa, es un beneficio a futuro porque este primer contacto con el aula es muy importante para su relación a posteriori con el colegio».

Una vez que el primer turno finaliza su hora y media de clase, vuelve el segundo. Las aulas de tres años, dos, no se completarán hasta la próxima semana cuando continuará ese proceso de adaptación al no completar el horario escolar que, en este centro, es de mañana.

Para las 10 de la mañana todos los niños estaban repartidos en sus aulas y en la dirección sólo quedaba arreglar últimos flecos. «Este año muy bien porque hemos podido contar con todos los profesores desde el 2 de septiembre», explica la responsable del centro. Todo el claustro, asegura, «funcionamos como una gran familia y es un grupo estupendo que vamos en la misma línea, volcados en el beneficio del alumnado para aunque buscamos la complicidad con las familias, aunque suene duro decirlo, los padres se quedan en un segundo plano porque para los que trabajamos es para los alumnos y su bienestar, después vendrá lo académico».

En el centro se muestran satisfechos porque mantienen el nivel de matriculación a pesar de no contar con todas las instalaciones ideales. Ni es un centro bilingüe ni tiene comedor. «Lo que más nos retrae matrícula es no contar con comedor, por el tema de conciliación porque el bilingüismo no es algo que todas las familias busquen, según lo que vemos en la jornada de puertas abiertas», señala.

Esa carencia de servicios lo cubren con un centro abierto y cercano que ha permitido educar en el Solar del Cid a generaciones de jóvenes burgaleses desde que se puso en marcha en el año 1984.

 

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