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PATRIMONIO / HISTORIA DE UN RETABLO

Bigarny, don Gonzalo y Cardeñuela Riopico

Esta localidad del Alfoz de Burgos lleva más de un año luchando por restaurar el retablo mayor de su iglesia, obra de Felipe Bigarny, que compró al Cabildo de la Catedral a mediados del siglo XVIII

ALBERTO MARROQUÍN / Burgos
14/04/2019

 

El nombre del escultor Felipe Bigarny, por una razón u otra, nunca deja de estar de actualidad en Burgos. El valioso legado de las obras artísticas que dejó en la ciudad tiene un hueco entre las noticias del día a día muy a menudo. En estos últimos meses dos asuntos habitan en los titulares de los medios burgaleses de forma guadianesca: la restauración de los paños que esculpió para el trasaltar de la Catedral en la bisagra de los siglos XV y XVI y el retablo mayor de la iglesia de Cardeñuela Riopico, cuyos vecinos batallan desde 2017 por salvar de la ruina.

Felipe Bigarny es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más complejos y fascinantes del arte renacentista español. Su inteligencia artística, su poderío económico y sus ansias de grandeza le convirtieron en una de las personalidades más respetadas y hasta temidas en la Castilla de la primera mitad del siglo XVI. Nació en Langres alrededor de 1470 y adquirió su primera formación artística en su Francia natal, caracterizada por un goticismo muy representativo de la Borgoña. Años después viajó a Roma, donde descubrió con gran admiración a los autores italianos del Quatroccento. Además conoció de cerca los primeros coletazos de un Renacimiento que pronto implosionaría con genios como Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Bramante o Rafael Sanzio. A finales del siglo XV, a través del Camino de Santiago, llegó a Burgos atraído por la fama que tenía en aquella época una ciudad en que la había gran cantidad de trabajo en el sector escultórico y arquitectónico. Y era verdad, la Caput Castellae vivía uno de sus mayores momentos de grandeza. El comercio de la lana, los opulentos nobles y burgueses que moraban en la ciudad, el respaldo de la Corona a la ciudad así como el poderío del obispado hacían de Burgos un lugar donde la cantidad de trabajo en el mundo de arte era ingente y siempre bien remunerada.

Al parecer, y según cuenta Isabel del Río de la Hoz en su estudio monográfico sobre el Borgoñón de 2001, comenzó a bregar en uno de los talleres más importantes del momento: el del maestro flamenco Gil de Siloe. Algunos de los primeros trabajos de Bigarny en Burgos se encontrarían en la Cartuja de Miraflores, concretamente en los sepulcros reales de los reyes Juan e Isabel y el infante Alfonso, padres y hermano de Isabel la Católica respectivamente. La buena mano de Felipe con la gubia y el cincel fue rápidamente fichada por los contratistas de la época. En breve surgió su primer gran encargo, el que hizo que el nombre de este escultor corriera de boca en boca por toda Castilla: los tres paños escultóricos del trasaltar de la Catedral de Burgos, en plena restauración en la actualidad, ensamblados en la construcción realizada por el taller de Simón de Colonia. Las tres escenas talladas en piedra por Bigarny -el camino del Calvario, la Crucifixión y el Descendimiento y Resurrección- supusieron una impactante revolución en la escultura burgalesa, superando el consolidado estilo de Gil de Siloe gracias a los aires nuevos traídos de Italia por el artista francés.

A partir de la descollante obra del trasaltar catedralicio, la agenda del Borgoñón se llenó de encargos venidos de toda Castilla durante décadas: Palencia, Alcalá de Henares, Toledo, Granada, Haro, Casalarrerina, Medina de Pomar... y por su puesto, Burgos. Sus buenas relaciones con la Corona, el cardenal Cisneros y la casa de los Velasco le generaron un número importante de contratos, lo que le obligó a abrir talleres en varias ciudades y viajar constantemente para supervisar las obras y el trabajo de sus oficiales.

DIEGO DE SILOE, RIVAL
Uno de los personajes más importantes en la vida personal y profesional de Felipe Bigarny fue el artista Diego de Siloe. Primero como hijo de su maestro Gil, luego como discípulo de su taller, finalmente como obstinado rival en los concursos para la realización de obras. Uno de sus primeros encuentros tuvo lugar en la construcción del nuevo coro de la Catedral de Burgos, que Bigarny dirigió a partir de 1505 y en el que participó Siloe como miembro del equipo de talla.

Años más tarde Diego marchó a tierras italianas con otro burgalés, Bartolomé Ordóñez, donde se empaparon de la revolución artística renacentista, dejando una inolvidable huella en Nápoles. A su vuelta confirió la impronta de los nuevos conocimientos adquiridos en Italia en creaciones para la Catedral burgalesa como el sepulcro del obispo Luis de Acuña o la Escalera Dorada, una de las obras maestras del Renacimiento español. La rivalidad entre Bigarny y Siloe tuvo un espectacular campo de batalla en la capilla de los Condestables, donde ambos compartieron la autoría del retablo lateral de San Pedro y del retablo mayor, otra pieza destacadísima de la época. Tuvo que ser gozoso ver a estos dos artistas cooperando en estas sobresalientes obras dando lo mejor de sí mismos. La existencia de uno hacía mucho mejor al otro, exprimiendo todo el rédito posible al ingenio que atesoraban sus cabezas y sus talentosas manos.

Pero Bigarny seguía llevándose la palma en cuanto a contratos, en sus talleres no dejaban de entrar encargos y mucho dinero. La última disputa entre Felipe y Diego se debió al concurso del diseño del campanario de la iglesia de Santa María del Campo. Tras ganar el concurso, Siloe marchó a Granada a atender otros asuntos. Bigarny aprovechó esta ausencia y emprendió un pleito por la construcción de la torre, presentando además una nueva traza. Los clérigos de Santa María, a pesar del poder y la influencia del Borgoñón, no se dejaron intimidar y siguieron adelante con el proyecto escogido inicialmente. Diego de Siloe decidió por aquellas fechas abandonar Burgos e instalarse definitivamente en Granada, donde desarrolló una significativa labor arquitectónica. Además, puso tierra de por medio con el maestro francés y quizá pudo olvidar la tóxica relación que mantuvo con Bigarny, que iba desde la admiración mutua a la rivalidad más enconada. El proyecto de la torre, conocida popularmente como ‘La Buena Moza’, fue ejecutado por su discípulo Juan de Salas.

Bigarny también dejó su domicilio estable en Burgos años después y fijó su residencia en Toledo, donde también tenía un taller operativo. Allí se enfrentó a uno de sus últimos grandes proyectos: la sillería de la Catedral Primada, que fue realizada junto a Alonso de Berruguete.

Tras una intensa vida dedicada al arte el maestre Felipe falleció en la Ciudad Imperial en 1542. Su cuerpo fue trasladado a Burgos, donde fue sepultado, como tantos otros artistas de la época, en el desparecido convento de San Pablo. Tenía abiertos en ese momento talleres en Toledo, Burgos, Peñaranda de Duero y Valpuesta. Sus discípulos y sucesores -Gregorio Pardo y Diego Guillén, entre otros- tuvieron que cumplir los encargos pendientes y cuidar una herencia artística cuya sombra fue muy alargada durante décadas.

DON GONZALO DÍEZ DE LERMA, UN CANÓNIGO CON MUCHO PODER
Unas de las capillas más sobresalientes de la Catedral de Burgos es la de la Presentación, también llamada de la Consolación o de San José. Fue patrocinada por el canónigo Gonzalo Díez de Lerma como lugar para su descanso eterno y el de sus allegados. Según algunos autores el diseño de este fastuoso espacio se debió a Felipe Bigarny, con la capilla de los Condestables como inspiración. De su taller también salieron el retablo original, que acabó en Cardeñuela dos siglos después, y el sepulcro de don Gonzalo.

La obra fue dirigida por Juan de Matienzo entre 1521 y 1524, y contó con la participación de artistas de la talla de Nicolás de Vergara, Juan de Langres y Cristóbal de Andino.

Don Gonzalo de Lerma, tal y como relatan René Jesús Payo y José Matesanz en su obra La edad de oro de la Caput Castellae, fue un hombre muy religioso, culto y poderosísimo. Su constante relación con la Santa Sede le hizo permanecer largas temporadas en Roma, donde labró buenas relaciones con eminentes personajes. A través de estas influencias compró la que es considerada la gran joya pictórica de la Catedral, La Sagrada Familia de Sebastiano del Piombo. También su fuerte carácter era vox populi en Burgos. Hubo una gran oposición a la edificación de su capilla, pero tras años de lucha recibió el plácet del obispo Rodríguez de Fonseca en 1519. Murió en 1527, viendo gran parte de la construcción finalizada.

 

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