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Boceto de una vida de puro teatro

Elisa Sanz puede sumar mañana un cuarto Premio Max a su carrera


08/05/2011

 

A.S.R. / Burgos
El primer acto de la historia de Elisa Sanz con el teatro se desarrolla en el instituto. Se juntaron unos cuantos para crear la compañía Teatrofias. Para subir al escenario se inventaron una misión: salvar una ermita de la ruina. El día que llevaron El enfermo imaginario al Teatro Clunia, aquella adolescente se dio cuenta de lo cómoda que se sentía entre cajas, le fascinaba todo lo relacionado con el decorado, la iluminación, el vestuario... Poco se imaginaba que veinte años después esa sería su profesión y que estaría a las puertas de conseguir su cuarto Max. Mañana se entregan los Premios de las Artes Escénicas y Elisa Sanz (Burgos, 1971) está nominada en la categoría de Mejor Vestuario por Nubes, de Aracaladanza.
Si esta nueva manzana cae en sus manos, se sumará a las dos conseguidas por Pequeños paraísos (Escenografía y Vestuario en 2008) y a la recogida por El rey se muere (Escenografía en 2004).
Teatrofias fue decisivo para que Elisa Sanz dijera en casa que quería ir a Madrid a estudiar Interpretación. El primer intento fue fallido. Suspendió el examen en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (Resad) y se quedó sin compartir pupitre con Javier Veiga o Eduardo Noriega. Volvió a Burgos y su madre fue clara: antes de intentarlo de nuevo debía hacer un FP. «Fui al Enrique Flórez a hacer Delineación lo mismo que podía haber hecho Puericultura. Se me daba bien dibujar, mi padre pinta y me parecía lo más cercano», relata y lamenta que entonces, hablamos del año 90, no estuviera la «fantástica» Escuela de Artes.
Las escuadras y los cartabones no la hicieron olvidar su empeño y, aunque durante ese tiempo no tuvo contacto alguno con la escena, cuando terminó el ciclo, con muy buenas notas para tener contenta a su madre, regresó a la Villa y Corte. Uno a uno iba aprobando los exámenes. Cuando se dirigía a hacer el último, vio un cartel que anunciaba las pruebas para un curso experimental de Escenografía. Esa era la suya. Se olvidó de la Interpretación y probó suerte. Tenía estudios de dibujo, la Delineación le había enseñado a leer los planos... «Era la pequeña de la clase y la más novata en todo, pero caí en gracia o mi examinador (el escenógrafo José Luis Raymond) vio que tenía alguna posibilidad».
Asistía a clase con Natalia Menéndez, Itziar Pascual, Eduardo Vasco... y de ellos aprendió mucho. Ella se sentía diminuta a su lado. «No sabía ni quién era Beckett y me tenía que poner a la altura». Hacía todos los talleres que se cruzaban en su camino y se apuntaba a cualquier cosa que alimentara su formación. Tras un curso impartido por Denis Rafter, se formó la compañía Factoría Teatro, que aún sigue, con los que trabajó de técnica de iluminación, de vestuario, de maquinaría... Hasta llevaron Sueño de una noche de verano a Mérida. Empezaba a girar una rueda que no ha parado.
En estas estaba cuando aparecieron unas becas de ampliación de estudios en el extranjero. Ella presentó un proyecto sobre vestuario-escultura y estuvo en Londres y Utrech. No acabó de adaptarse al sistema de la capital británica y dejó colgado el máster, aunque se llevó un montón de amigos y una experiencia enriquecedora. «Ir a ver a Pina Bausch en directo en su teatro es...». Se queda Elisa Sanz sin palabras.
De vuelta a Madrid, se licenció en Escenografía, recién implantada en la Resad, y compaginó las clases con trabajos para Raymond, estuvo una empresa de construcción de escenografías, fue ayudante de Miguel Bosé en lo único que ha hecho en teatro, Los bosques de Nix, se subió a la furgoneta de todos los grupos que pudieran necesitar una sastra, utillera, escenógrafa, técnica de iluminación... «Hacía de todo».
Poco a poco, pequeñas compañías ahora convertidas en grandes -Aracaladanza, 10&10 Danza...- le pidieron los primeros diseños y durante siete años llevó la coordinación técnica del Teatro de La Abadía. Cuando los encargos que nunca dejó de aceptar subieron en volumen e importancia dejó la nómina fija.
«Todo forma parte de un recorrido. Ahora parece que haces una profesión y tienes que dedicarte a ello siempre. Y lo bueno es hacer un poco de todo», reflexiona esta mujer que lo mismo ponía un tornillo que planchaba una tela.
Su currículum se alarga, se alarga y se alarga. En teatro, danza y performances. Ha trabajado con José Luis Gómez, Blanca Portillo, Sanchís Sinisterra, Teresa Nieto... y en un sinfín de montajes.
Tras muchos años ha regresado a Burgos, pero su ritmo solo ha descendido desde hace dos meses tras tener a su hija, Daniela. La A-1 es su particular cordón umbilical y, desde aquí, pide más trenes de alta velocidad con Madrid porque las nuevas tecnologías permiten mucho, pero no pueden suplir todo.
Una escenografía, dice Sanz, es un trabajo en equipo. Ella empieza con la lectura del texto, la investigación de la época, la búsqueda de referentes escultóricos, pictóricos, arquitectónicos... Presenta la propuesta inicial al equipo artístico. Definido el proyecto, se inicia la maquetación, en el caso de la escenografía, o los bocetos, en el del vestuario. La llegada del presupuesto suele generar cambios para hacerlos más económicos. Y más en tiempos de crisis. El decorado y el vestuario son los primeros en sufrir los recortes. «Es una equivocación».
Los mismos arrestos que le llevaron a saltar a escena para salvar una ermita le guían a pedir una academia de teatro que dé los premios a las artes escénicas, ahora entregados por una empresa privada como es la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), o a criticar la ausencia de derechos de autor para escenógrafos, directores o iluminadores en la Ley de Propiedad Intelectual.

 

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