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BURGOS / Exposición

Camaleónico arte sonoro

Espacio Tangente se abre al grupo de investigación Ikersoinu de la Universidad del País Vasco, que se recrea en las posibilidades del sonido como material principal creativo en ‘Ecoiconoclastas’

A.S.R.
21/02/2015

 

El arte sonoro es tan desconocido como camaleónico. Audiovisuales, fotografía, escultura, poesía, tecnología... y sonido en su sentido más amplio, sin prejuicios ni ataduras. Ese universo abierto a todas las posibilidades aparece en Ecoiconoclastas, la exposición que el grupo de investigación Ikersoinu, del departamento de Arte y Tecnología de la Universidad del País Vasco, estrena en Espacio Tangente, hasta el 27 de febrero, para luego viajar por otros escenarios como el Centro Huarte de Pamplona, el Arte Leku de San Sebastián o un festival de cine de Málaga.
«Es una experiencia inmersiva. Hay que posicionarse en una obra y pensar qué te dice, escuchar y ver. Te estimula un montón de sentidos», observa Sarah Rasines, la burgalesa que se ha colado en este equipo formado hace tres años.
«Ecoinoclastas establece un diálogo entre la actitud de rechazo a ciertas representaciones visuales y también a las sonoras más convencionales. Esa negación es el punto de partida para un trabajo de creación que se aleja de los relatos musicales o meramente narrativos». Esta es la introducción que sirve el grupo antes del pasen, vean y escuchen.
Hay piezas más áridas como Riffs: DD-U-TT, de Enrike Hurtado, que trabaja con software libres y repetición de riffs de rock, o Macroscuro, de Mikel Arce, que atiende a la abstracción audio y visual.
Pero tiene cabida la poesía, uno de los elementos utilizados por Rasines en Choke Back, junto a la escultura, fotografía, sonido amplificado..., y presente también en La amnesia de Sísifo, de Josu Rekalde, uno de los nombres más veteranos del arte sonoro experimental, que juega con el movimiento del espectador para poner en marcha su particular metáfora de la vida.
La crítica social y un viaje de ida y vuelta de la cultura popular vasca emergen en Resonancias, de Jon Mantzisidor Uria, que parte de un discurso polémico del obispo de Granada y la conversión en partitura de barro sus gestos.
Mientras que palabra desnuda, ruido y silencio se confunden en Un público abucheándose a sí mismo, de Mattin Artiach.
Arte sonoro. Un universo con mil y un dobleces por rastrear.

«Hay que educar el oído y no tener miedo a la escucha» 
Sarah Rasines (Burgos, 1983) descubrió un mundo desconocido cuando se trasladó a estudiar Bellas Artes a Valencia. «Había mucha presencia de música electroacústica, experimental, ruido... Me empecé a interesar y me ayudó que en la facultad ya hubiera asignaturas de música y nuevas tecnologías». Se abría una ventana inesperada y atractiva. Terminó e investigó dónde podía haber un foco interesante para avanzar en este campo. Lo localizó en el País Vasco y allí contactó con el grupo de investigación Ikersoinu, que le permite moverse por los pliegues de este arte sin ataduras y con todas las posibilidades abiertas. 

Aunque pudiera parecer que dentro del arte sonoro son mayoría aquellos que tienen formación musical, la realidad es que la gente que se dedica a ello procede de Bellas Artes. «Hay un vínculo, una idea conceptual para trabajar con este tipo de música, muchos dicen que es amúsica, pero yo sí considero que es música. Hay un eterno debate sobre el tema», dice Rasines y se sincera: «Yo hago esto porque es vital para mí». La versatilidad del arte sonoro hace que sea en directo o estático y en ambos casos es necesaria la complicidad del público. «Es algo que te envuelve y te obliga a educar tu oído, a no tener miedo a la escucha, a plantearte que hay otro tipo de música, de gesto, que hay gente que hace otro tipo de experiencias y, en ese sentido, es muy vital, tiene un tiempo y está vivo», observa la artista y añade: «Debes entrar con una mirada y una escucha limpia, sin nada preconcebido, y poco a poco sentirás en función de la educación del oído».

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