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40 Feria del Libro

Cuando las historias se suben a un tiovivo

A.S.R.
22/05/2016

 

La Feria del Libro cumple cuarenta, pero es más niña que nunca. Crece imparable y parece tener miedo a perder la ilusión y la inocencia propias de la infancia. Y entonces baila sobre los charcos, le dice tururú a la crisis y se sube risueña a un tiovivo. Y entonces decide que quiere volcarse con el lector infantil y juvenil, que extender la alfombra roja a los adultos es perfecto y necesario, pero que los más pequeños también se lo merecen. Y entonces levanta una carpa de ensueño -calurosa, también-, con sillas de pícnic, personajes de cuento y guirnaldas muy letradas. Y entonces despliega en el programa nombres de autores, escritores e ilustradores, que se encuentran en la picota del sector, a los que sus lectores no ponen cara, ni falta que hace, pero sí se saben de pe a pa sus aventuras, sus peripecias, sus diálogos. Y entonces vienen María Frisa, Víctor Rivas y Pedro Mañas y cuentan su experiencia, cómo ven este mundo que es el suyo. Y entonces evidencian que la literatura infantil pisa fuerte. Muy fuerte.

MARÍA FRISA: «Los lectores se hacen a esta edad, no con cuarenta años»

María Frisa es pizpireta como Sara, la adolescente que protagoniza 75 consejos para..., una serie que ya va por su sexta entrega y ha vendido más de 125.000 ejemplares. La escritora zaragozana, que paseaba ayer por la Feria del Libro con algunos ejemplares del último volumen, 75 consejos para ser popular, en el bolso, está encantada con su irrupción en el mundo de la literatura juvenil. Por ella dejó plantada la de adultos. Y eso que siempre renegó de aquella.

«Siempre dije que jamás escribiría para público infantil y juvenil. Pero llegó un momento en el que mi hija tenía 11 años, venía del colegio, me contaba montones de cosa y un día pensé que con todo esto podía escribir un libro. Me daba miedo. Me parecían dos terrenos totalmente diferentes. No creí que fuera a ser capaz. Me puse el plazo de un mes para ver si lo conseguía. Y sí, sí, en ese tiempo estaba enganchada y me lo pasaba genial».

He ahí la clave para que Sara, que empezó dando consejos para sobrevivir en el colegio, vaya ya por el sexto volumen, saque en junio el séptimo y prepare una sorpresa, de la que nada puede decir, para noviembre.

¿Cuál es el secreto para atrapar a ese lector menudo y exigente? Para Frisa es esencial que se identifiquen con lo que corre por las páginas. «Muchos niños al terminar las charlas me dicen ‘jo, es el primer libro que me he leído en la vida sin que me obliguen’. Para mí esa es la mayor felicidad», se sincera y reconoce que hace mucho el humor, la ironía y la mala leche que destilan.

La escritora es optimista. Cree que el libro sí tiene futuro entre los niños, a pesar de cada vez estar rodeados de más y más pantallas. «Cuando les digo que leer puede ser tan divertido como jugar con la Play todos me miran muy extrañados», se ríe consciente de que es muy difícil competir con los videojuegos y los móviles, «con cosas tan rápidas que no les requiere el esfuerzo que pide la lectura», pero ella defiende que el libro sí puede competir en este mundo. «Los lectores se hacen a esta edad, no a los cuarenta años».

Dicho lo cual. ¿Pesa sobre su cabeza la responsabilidad de estar creando futuros lectores? Confiesa que su preocupación va más allá. Cuando sacó el primer tomo la sorprendió la repercusión que tuvo entre los niños. La pasmó comprobar que un Pablo Martínez con unos kilos de más pasaba a llamarse Pablo Plasta y que muchos graciosillos adoptaron el nombre de Pollo. Dos personajes que acompañan a Sara en su periplo. «Y es verdad que desde el segundo sí tengo más cuidado con lo que escribo y el mensaje que quiero dar», apunta Frisa, que cree que la literatura infantil y juvenil «es imprescindible porque hace lectores», pero sigue pensando «que es un género menor».

VÍCTOR RIVAS: «El libro digital no es una amenaza para mi fin, que es comunicar»

Víctor Rivas reside en una casa en medio del campo a veinte minutos de Pontevedra. Después de vivir en Vigo, Lérida, Barcelona y Madrid desanduvo sus pasos para volver a su tierra. Su primer destino fue la editorial Xerais. Llegó con un trabajo suyo bajo el brazo -Un tesoro, editado por Dibbuks, del ribereño Ricardo Esteban-. Vio estos dibujos la escritora Ledicia Costas y los quiso para su nuevo libro, Escarlatina, a cociñeira defunta, que arrasó en Galicia, ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015 y después se tradujo al español (Escarlatina, la cocinera cadáver).

«Se ha vendido muchísimo y ha originado un fenómeno fan. A Ledicia la conocen los chicos por la calle. Es alucinante. Es un éxito rotundo para la literatura infantil, de algo que se creía muerto frente a los videojuegos y demás. Hay que apoyarla más», observa el ilustrador. A él aún no le reconocen. Es el sino del sector.

«La literatura infantil y juvenil la veo precisamente ilustrada. Acabamos de estar en el Museo del Libro y vemos que la ilustración está presente desde las primeras escrituras y curiosamente no se habla de ellos», observa este profesional. Sin acritud. Sabedor de la importancia que tiene, aunque aún haya quien piense que no puede ser un trabajo sino una afición.

«No nos damos cuenta de que casi todo lo que vemos antes ha sido dibujado, planeado, esquematizado... por alguien. Una bicicleta, la ropa... Vivimos en un mundo de ilustradores, aunque muchos estén al margen y no se denominen así», advierte.

Cada uno tiene su historia y sus objetivos. El suyo es claro: «Yo dibujo porque soy comunicador y me expreso mejor a nivel gráfico. Mi trabajo es acompañar al texto lo mejor posible, entender al escritor y aportar algo al libro sin desviarme del mensaje principal».

Y no. Tampoco este ala del sector se siente amenazado por la excesiva tecnologización de la sociedad, aunque reconoce que es un tema recurrente en los encuentros entre profesionales.
«¡Qué viene el libro digital! ¡Tened cuidado! ¿Por qué? Yo dibujo en digital desde hace veinte años. Nuestra obra no es para vender, es para imprimir. Usamos cualquier técnica siempre que quede correcta tras pasar por imprenta. Y siempre vamos a ser necesarios en cualquier formato. A nosotros la tecnología nos favorece soberanamente», reflexiona.

¿Esta dictadura de la imagen hará que la ilustración conquiste al libro para adulto? Víctor Rivas lo ve harto difícil. «Hay un porcentaje grande de gente a la que le molesta dejar de leer para ver una ilustración porque también según como esté hecha puede sacarte de la historia».

PEDRO MAÑAS: «Era un gran lector de niño y sigo en ese mundo de fantasía»

Pedro Mañas habla a los niños y los padres que ocupan las sillas de la carpa infantil con una llamativa pajarita roja. «Tengo que dirigir una orquesta de trastos que son los niños y corresponde un poco de elegancia...». De trastos va su último poemario, Trastario (Nanas para lavadoras). Y con dibujos, y con palabras, y con guiños a los padres, y notas a los niños se hace con la concurrencia igual que desde hace una década se ha metido en el bolsillo a lectores, críticos y editores de este mundo de la literatura infantil que tanto y tanto se mueve, aunque sus autores no pisen alfombras rojas ni se asomen a los escaparates como quienes tienen a los adultos al otro lado.

¿Qué le llevó a abrazar, y de qué manera, la literatura infantil?

«Para mí escribir para los niños era natural. Era un gran lector de niño y todavía vivo en ese mundo de fantasía e imaginación», afirma quien llegó ayer cargado de versos para jugar, porque para él, eso es la poesía, un juego, «un descanso de la narrativa». «Suelo decir en los talleres que a mí me gustan mucho los números y el lenguaje y los poemas son como ejercicios de matemáticas que se resuelven con la imaginación. La poesía me relaja», insiste este madrileño del 81 que dedica más tiempo a la narrativa.

Se mire por donde se mire, al verso o al párrafo, Pedro Mañas cuenta en sus vitrinas con importantes premios. Ciudad de Málaga de Literatura Infantil, El Príncipe Preguntón, El Barco de Vapor y el Ciudad de Orihuela de Poesía para Niños, el más prestigioso de este género.

«Fue un peldaño muy importante para abrirme camino en el mundo de la poesía infantil, pero también en el panorama literario en general», sostiene. ¿Por qué? «Porque aunque es verdad que se lee poca poesía, sus lectores son muy entregados y le dan mucho eco».

Para lo que no tiene respuesta es para explicar por qué la poesía se lee poco. Se ríe ante la pregunta y, ya sin pajarita, se excusa. «Realmente no lo sé. No soy crítico literario, ni docente... Para mí leer poesía es algo natural, la musicalidad de su lenguaje es algo que me llama sin querer. ¿Por qué no se lee? Seguramente porque no nos educan en ello», se lanza finalmente y niega categóricamente que la infantil sea la cenicienta de la literatura. «Que se publicite menos no la convierte en hermana menor». Sea.

 

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