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POP UNIVERSAL

Emocionante locura por La Casa Azul en México

El grupo de Guille Milkyway debutó en el país ante un público que llevaba una década esperando ese día y que desbordó de lágrimas, gritos y abrazos al conjunto

NANDO CRUZ
14/12/2019

 

"Tengo la sensación de haber estado agitando una botella de un refresco con gas durante diez años y al abrirla ahora ha salido toda la espuma de golpe". Así resume Guille Milkyway su experiencia mexicana. Aún no se ha recuperado del 'jet lag' y sigue fascinado mostrando imágenes de los dos conciertos que ha celebrado allí: uno en un club de Ciudad de México y otro en el festival Catrina de Puebla. Guille intenta explicar el impacto que le ha causado ver a tanta gente, tan lejos de España y tan hondamente emocionada por su música. Pero le cuesta.

"Hace diez años que a cada comentario que hacía en redes alguien respondía: 'Por favor, vengan a México'", explica. Hay fans que me lo han pedido hasta 80 veces. "Es gente que ha establecido una relación muy intensa y fiel con el grupo. Algunos llevaban 15 años esperando este momento", celebra sorprendido. Milkyway era el principal freno para ir a México porque no tenía confianza en su directo, pero una vez consolidó la banda que lo acompaña desde el 2017 dijo: "Ahora, sí". Aunque, claro, ahora La Casa Azul son cinco personas y otros seis coordinando la logística. ¿Cómo cruzar el Atlántico con tanta gente?

La posibilidad llegó con una oferta del festival Catrina, en el que compartirían cartel con Hombres G, The Flaming Lips, Mac DeMarco y Karol G, entre otros. Tocarían de día y solo 40 minutos. Por eso organizaron un concierto previo en una sala de la capital. Esas 1.500 entradas se agotaron en diez días. Inaudito para un grupo que nunca había pisado México. Inaudito para un grupo que ahora, justo 20 años después de su primer concierto, se dispone a llenar la sala Razzmatazz por primera vez. En Chile y Argentina también sienten gran devoción por La Casa Azul, pero lo de México va más allá de toda lógica.

Temblores en el aeropuerto

Cuando el grupo volaba hacia México, alguien preguntó por redes en qué avión llegaría. Cualquier 'tour manager' habría negado ese dato, pero para Guille era cuestión de educación ofrecerlo. "Si alguien lleva tanto tiempo esperándonos y quiere recibirnos y darnos un abrazo, ¿por qué no?", argumenta. Cuando aterrizaron en México, hora y media antes de lo previsto, había un centenar de personas esperándoles. No eran fans indie-pop como los que asistieron a su gira por Japón y Corea del Sur en el 2005. Esta vez el público era muy variopinto. Un tipo con rastas y su mujer, con un bebé en brazos. Un niño que susurró a Milkyway un secreto. Jóvenes que le abrazaban temblando. Y gritos. Y llantos.

Esta sería la constante durante sus cinco días en México. Se hacían una foto tomando una michelada, la colgaban en Instagram y en diez minutos aparecían dos chicos y dos chicas que se habían escapado del colegio para verlos. Uno de ellos llevaba tatuado el logo de La Casa Azul en el brazo. El público mexicano que ha conectado con La Casa Azul es cualquier cosa menos uniforme. "Era una antiescena a todos los niveles: de edad, de maneras de pensar, de entornos familiares, de formas de vestir... Es absolutamente variopinto y ecléctico", celebra. Pero, ¿por qué gente tan distinta adora a un grupo tan poco famoso? "Hubo una teleserie 'teenager', 'Soy tu fan', en la que salía música de La Casa Azul. Con el tiempo he entendido que tuvo mucha incidencia", apunta.

"Esa sensación de 'beatlemania' ha estado presente desde que llegamos al aeropuerto. Y la hemos disfrutado como niños, pero no ha sido lo destacable. Lo más destacable es esta relación tan profunda", insiste una y otra vez. Ha habido histeria, pero sobre todo ha habido una conexión muy intensa con muchísima gente. "Es gente que ha ido a lo más puro: sin saber nada de mí, se ha agarrado a las canciones", se felicita. "Y me siento muy orgulloso de esto", confiesa.

Tres horas y cuarto chillando

Su debut en la sala de Ciudad de México fue un delirio. "Mirase adonde mirase había gente llorando. Todo el rato. Y el concierto duró tres horas y cuarto!", asegura. "La gente gritaba tanto que el ruido entraba por los micrófonos y aún se multiplicaba más. Tuvimos un problema muy serio. No nos oíamos ni con los auriculares que llevamos en directo. El batería no oía la claqueta", explica. "Era un griterío constante. En cada canción! Por primera vez 'La revolución sexual' no fue la más coreada. Lo fueron todas", recuerda todavía desbordado. Y aún faltaba la gran cita en Puebla, donde actuaría ante miles y miles de fans más.

El grupo intentó tocar una hora en el festival Catrina, pero fue imposible. "Algunas personas habían conducido 13 horas para vernos", sabe. Y decidió salir a saludarlas al final del concierto. No fue tanto un baño de fama como una nueva constatación de que sus canciones habían calado hondo. "Te explicaban cosas muy bestias de un modo que te saltan las lágrimas. Y no querían nada más de ti que darte un abrazo y explicarte la suerte que han tenido al escuchar tu música". Le cuesta respirar al recordarlo. Piensa en ese hombre que se le acercó para decirle que hace diez años pasó por una mala época e intentó suicidarse dos veces, pero que un día, andando por la calle, una canción de La Casa Azul le salvó la vida. En la cola, junto a ese fan estaba su hijo de dos años.

Guille estuvo cuatro horas abrazando, firmando, posando y escuchando historias. Cuatro horas que le permitieron constatar el impacto de una canción cuando caza a un persona en el momento preciso, aunque sea a miles de kilómetros de distancia. Esta aventura ha sido todo un regalo para La Casa Azul. Y ahora, como decía la ranchera, Guille ya solo piensa en volver, volver, volver.

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