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Artes escénicas

Escenario en femenino plural

La representación de ‘La casa de Bernarda Alba’, mañana y el sábado en el Principal, reúne a seis actrices burgalesas de distintas generaciones y compañías que hablan de las luces y sombras de una profesión que tiene sus prejuicios, aunque en provincias sean menos

A.S.R.
01/02/2018

 

La denuncia de las estrellas de Hollywood contra el productor Harvey Weinstein fue la chispa que prendió el movimiento Yotambién (MeToo), que ha ido más allá y se ha convertido en un potente foco que quiere visibilizar la discriminación de la mujer. ¿Las actrices burgalesas sufren este problema? ¿A qué prejuicios se han tenido que enfrentar? La ocasión la pintan calva. Seis actrices de distintas edades, trayectorias y compañías se juntan para la representación de La casa de Bernarda Alba, con dirección y dramaturgia de Juanjo Cuesta, con la que Líquido Teatro vuelve al Principal mañana y el sábado (20.30 horas, entre 6 y 15 euros).

Las intérpretes se reúnen a ensayar en La Parrala. Cuadrar las seis agendas es la tarea más difícil de este proyecto. Miren San Martín (Bernarda), Cristina Salces (Martirio) y Ori Esteban (Adela) ya están colocando la escenografía cuando llega Ana Roncero (Poncia). Unos minutos más tarde, se incorporarán Alicia Benito (Magdalena) y Ana Molina (Angustias).

Están felices de juntarse para hacer este clásico de García Lorca, que estrenaron el pasado mes de mayo y llevarán en otoño a distintas localidades de la provincia dentro de Circuitos Escénicos.
Alguna no puede evitar una sonrisa cuando se plantea si existe discriminación en el mundo de las artes escénicas en Burgos. Las conclusiones se resumen en que en provincias se produce menos porque las compañías se adaptan a sus propios elencos y las producciones contemporáneas priman la historia o el mensaje a transmitir sobre quién lo va a decir y que, más que por su condición de mujer, han tenido que luchar contra la tiranía de la imagen, la belleza y la eterna juventud.

A este colofón llegan después de poner en común, sopesar, recordar experiencias propias y ajenas, repensar, matizar, apostillar, disentir, convenir... Salto atrás en la acción. Pregunta: ¿Se han sentido discriminadas en su ámbito profesional?

Cristina Salces (Bambalúa Teatro) es tajante: «Nunca me he sentido discriminada en mi compañía. Nosotros trabajamos siempre por el bien del montaje y te adaptas a todo. Yo he hecho papeles masculinos».

Ori Esteban también señala que no la ha sufrido personalmente, pero... «Entre que hay menos actores, que somos más chicas y que hay menos papeles femeninos abordes el tema que sea, sí cuesta más encajar en algo», observa esta actriz que ha vuelto a casa después de pasar trece años instalada en Madrid, siempre con un pie en Burgos. La capital del reino es harina de otro costal. «Aquello es la jungla», enfatiza y matiza que no se ha visto atrapada en ella por la peculiaridad de su compañía, Yeses, con la que el año pasado ganó un Max, que trabaja con reclusas.

¿Por qué hay menos papeles para mujeres?

«Es que el mundo está dominado por los hombres», espeta con una risa sarcástica Ana Roncero y tira de historia para advertir que «a lo largo de la literatura los papeles femeninos eran para dar enjundia a los masculinos, con algunas excepciones». Ahí se cuela Salces y reitera que las producciones de nueva creación, las que se hacen en las compañías burgalesas, no miran tanto el género del intérprete como lo que se quiere decir. Roncero le da la razón pero insiste en que, dentro de la historia de la literatura dramática, «los textos no han reflejado el papel de la mujer en la sociedad».

Esteban, sin embargo, se mantiene en sus trece y cree que incluso en las dramaturgias nuevas «hay menos papeles femeninos de peso, no es igualitario».

Miren San Martín da la mano a una y a otra. «La mujer, contando que además somos muchas actrices, sí está menos reflejada en el teatro, pero se están haciendo espectáculos colectivos que funcionan de otra manera. ¿Que se sigue escribiendo a la manera de antes y el peso más fuerte recae en los actores? Sí. Pero también está pasando que cada vez son más las mujeres que interpretan personajes masculinos, que a mí me parece bien, aunque haya gente que lo discuta», remarca al tiempo que considera que todos los logros en este sentido son mérito de la pelea de las propias actrices.

«Ahora se intenta escribir para situaciones y emociones más que para estereotipos», irrumpe en la sala de ensayo Alicia Benito (Terapiclowns) y resopla cuando se le pregunta si se ha sentido discriminada.

«Hasta ahora nadie me ha elegido o dejado de hacerlo por ser chica, sino porque encajaba o no en lo que buscaban», señala y, como sus compañeras, considera que en Burgos al ser las compañías quienes desarrollan sus propias creaciones se amoldan a lo que tienen. «No entramos en esa tesitura», anota.
Aunque tampoco lo pinta todo de color de rosa. «Cuando ya te vas fuera, al mundo de los casting y audiciones, más que por ser mujer te discriminan por no ser un prototipo de mujer. ¡Te piden hasta medidas!», ilustra con la aprobación de San Martín. «Físicamente sí se encasilla más a la mujer que al hombre», remacha una de las más veteranas de las actrices de esta rueda. La otra, Ana Roncero, confirma que la edad es otro de los obstáculos que debe sortear una actriz.

«A compañeros de la edad que yo tengo ahora nadie los ha rechazado por viejos, no han tenido ningún problema, pero para un papel femenino sí buscan más la juventud», indica sabedora de que trabajan en un sector complicado para ellas y ellos «y siempre las nuevas generaciones empujan a las que están delante». Tampoco ayuda, sostiene, el momento social que se vive. «Se prima la imagen, no tener arrugas...».

Convienen en que a partir de los 40 la cosa se empieza a poner fea. Y así se queda hasta los 60, «que ya hay grandes papelones de madre coraje, abuela», en palabras de Benito.

Salces guarda silencio. Ella no ha vivido nada de esto: «Cuando tienes una compañía propia, y pequeña, te adaptas a la creación. Si hay que hacer un papel de vieja, lo haces, y si es una niña, también. Lo que cuentan puedo intuirlo, pero no puedo sentenciar nada porque mi experiencia no es esa».

¡Viva el teatro de provincias! Nadie lo dice, pero la expresión queda pintiparada.

Benito se felicita por las oportunidades que brinda un centro como La Parrala. «Es un lujo», aplaude Esteban. Y es Salces quien pone los pies en el suelo. «Hay mucha competencia, somos muchas compañías y es muy, muy complicado hacerse un hueco, seas mujer, hombre; de provincias o capital», mantiene, por no hablar de la precariedad en la que se mueven, sin cachés y con trabajos a taquilla.

Ana Molina (Terapiclowns, Anís Teatro) debuta como actriz en La casa de Bernarda Alba. Su carrera ha transitado en el universo del payaso. «El mundo clown es diferente. Un clown está en la flor de la vida entre los 40 y 50. Uno de 20 años no gusta porque no tiene raíces en tierra», apunta y dice más: «Y cuanto más raro seas en cuanto al físico, mucho mejor», aclara sobre esta parcela de las artes escénicas tan alejada del mundo que dibuja La casa de Bernarda Alba, una tragedia rural que habla de la opresión de la mujer, de su falta de libertad, del yugo de la costumbre y la tradición. Casi un siglo después, los corsés que amarran a la mujer algo han cambiado. Pero haberlos, haylos.

 

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