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Sonorama Ribera 21

Escenarios bajo tierra

Las catas de vino, con cartel de aforo completo, y los almuerzos en las bodegas se suman a los atractivos de la agenda a desarrollar en la ciudad y se erigen como distintivos del festival

A.S.R.
12/08/2018

 

Ángela, Mercé y Jorge no han llegado a tiempo. Lista completada. Se han quedado fuera de las catas Ribera del Duero que se han convertido en uno de los alicientes del Sonorama más allá de la música.
Los tres, que han viajado desde Palma de Mallorca, barajaban esta propuesta entre sus planes porque nunca habían ido a una, son amantes del vino y querían aprovechar la ocasión. «Me gusta el vino, otra cosa es que sepa diferenciarlo», apunta Jorge tras saber que esos pinitos en la sumillería tendrán que esperar. Hay esperanza. Es viernes. Lo volverían a intentar ayer.

Elena Ortego coordina esta actividad que, calcula a ojo de buen cubero, se lleva haciendo nueve o diez años. Y siempre con la etiqueta de éxito. «Todos los años estamos muy bien de gente. Hay mucho interés. Siempre hay quien tiene ganas de conocer los vinos de la Ribera. La demanda es constante», observa y añade que el perfil es amplio. Se compone tanto de festivaleros como de artistas y periodistas y, sobre todo, todos acuden como un primer paso para acercarse a esta cultura arraigada en la comarca.

«Intentamos acercarles el vino con unas catas divertidas, entretenidas y que se vayan con unas nociones básicas para que aprecien el olor, el color, el cuerpo...», resume Ortego sobre estas catas impartidas por el sumiller Flequi Berruti. No sabe si consiguen aumentar las ventas de Ribera, pero sí asegura que, por lo menos, con el gusanillo se van muchos.

El tirón de esta iniciativa se manifiesta en que algunos regresan cada edición. Este año, 420 personas han brujuleado en torno a tintos y claretes. 105 plazas por cada una de las cuatro catas programadas.
En ese club de privilegiados se encuentran Carlos y Noelia, que llegan desde Barcelona. Él vive su primer Sonorama, ella repite y hace de cicerone por la agenda del festival. «A ella le gusta el vino y me está enviciando con este mundo», sonríe él y reconoce que le ha parecido interesante acercarse al proceso y a los sabores que brinda un vino, «aunque a mí aún me cuesta detectar los matices, tendrá que ser a base de probarlo».

A pesar de todo, no correrán como locos a por un chato. Ahora toca bailar con la música y mezclarse con los lugareños. Esa implicación de toda la ciudad le tiene maravillado a Carlos en su estreno sonorámico. «Esto no se ve en todos los festivales. Se vuelca todo el pueblo», apostilla asombrado.

Unos salen y otros entran. Andrea y Azahara son de Madrid, es su primer Sonorama y la primera, que trabaja en el sector de la hostelería, «además de gustarme el vino y el queso», quería aprovechar su estancia en la zona para profundizar en el líquido elemento. «Además, forma parte de la cultura del pueblo y no todo va a ser solo ir a conciertos», remacha, aunque, confiesan entre risas, aún no han probado un vaso de ese vino omnipresente en el encuentro.

Ha llegado la hora. Los elegidos bajan hacia el sótano del Centro Cultural Caja de Burgos. Aunque las escaleras están cubiertas de mármol y las paredes no son de tierra, el olor a humedad promete.
Como también lo hace otro de los escenarios bajo tierra, solo en acción ayer. El almuerzo en la bodega es una de las costumbres que perduran en la comarca de la Ribera. No podía pasar desapercibida para el Sonorama, abanderado de los usos del terruño. Un puñado de madrugadores -el acceso se hace por orden de llegada y basta con enseñar la pulsera- cambió ayer la música pop (rock, flamenco..., que de todo hay) por la de la charanga y dio buena cuenta de una pitanza a base de morcilla y chorizo que, dicen algunos, es la mejor receta para la resaca.

Tiraron de vino en las peñas El Chilindrón y El Jarro y la bodega de Las Caballerizas. Había que coger tono para volver a botar, cantar y brincar en lo que quedaba de día... y de noche.

Del momento Gallagher al carrusel de sorpresas en la plaza del Trigo
La presencia de Liam Gallagher era una de las visitas de relumbrón del Sonorama. Cuentan quienes en su concierto estuvieron que el británico estuvo de diez, tanto como para perdonarle el lapsus que tuvo en el que se presumía como el gran momento de la noche. Tocaba el momento Wonderwall. Himno de propios y extraños a Oasis. Y algo pasó que el artista paró la canción y la volvió a empezar. Anécdota para la colección. La madrugada del viernes se alargaría para cumplir la hoja de ruta, con los chutes de energía de Viva Suecia y La M.O.D.A., dos bandas en el escenario principal que saben lo que es pasar por los secundarios, como notas destacadas. Y el sol, cabroncete con pintas, que en pleno agosto no perdona, madrugó para acompañar de nuevo a los festivaleros por las calles de la villa. El Trigo volvería a ser un hervidero, bota de vino mediante, con el amigo Cayetano de Carolina Durante y la sorpresa de Lori Meyers y sus 20 años en escena, y el Charco bailaría con Nathy Peluso, y el Castilla y León con La bien querida... E Izal prometía una nueva noche mágica.

 

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