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Concierto

Goran Bregovic: «La música balcánica es un acto de tolerancia»

Cada uno de sus directos es un chute de energía, los pies bailan sin remedio con sus fanfarrias, sus mágicas melodías y sus letras sin corsés. El sábado presenta su último álbum en El Hangar

A.S.R.
25/01/2018

 

Goran Bregovic toca Burgos con su varita mágica. Y la fiesta se desparrama. El músico y compositor de Sarajevo pondrá a bailar al público el sábado en El Hangar (21.30 horas, 30 euros). Llegará a la sala de San Pedro y San Felices después de pasar por la Sala Apolo de Barcelona y el Circo Price de Madrid. Tres cartas de Sarajevo es el último trabajo del aplaudido intérprete que dio el salto internacional como autor de las bandas sonoras del cine de Emir Kusturica. Once canciones que reflejan la alegría de vivir de la música balcánica y destilan la riqueza de la mezcla de culturas. Con la ayuda de una traductora y a través de su agencia en España, Sonde 3 Producciones, habla del álbum que propicia esta pequeña gira española de invierno.

¿Cómo empieza a ser Tres cartas de Sarajevo? ¿Cuál es la chispa que prende este trabajo? Las letras de estas canciones, cuenta, se basan en un cuento que él encontró en internet. Relataba la historia de un anciano que durante 60 años rezó a Dios «para que cesaran las guerras entre judíos, islámicos y cristianos. Y todos aprendamos a vivir juntos».

Tres cartas de Sarajevo busca ese mismo efecto. Reúne a artistas cristianos, judíos e islámicos y aúna voces de diferentes países como la española Bebe, la actriz israelí Riff Cohen y el cantautor israelí Asaf Avidan o el argelino de origen bereber Rachid Taha. ¿La música es un buen inicio para la tolerancia?

«Por supuesto, porque la música sirve para unir culturas dejando atrás las diferencias. Aunque mi música no va a cambiar el mundo, es un mensaje en una botella perdido en el océano y si algún día se encuentra y se sabe sacar una lectura, mejor», responde y añade: «Escuchar música de diferentes culturas es un acto de tolerancia, igual que cuando vas a comer a un restaurante de origen diferente a tu nacionalidad».
Es este, dice Goran Bregovic, un álbum para bailar y beber. Ese, afirma, es siempre el objetivo de su música. Y confiesa que sueña con conseguir «que la gente olvide aunque fuera por solo un minuto los problemas de este mundo del siglo XXI, que sirviese para la evasión».

¿Alguna vez no tiene ganas de bailar? ¿Cuándo? ¿Por qué?
«A mí no me gusta bailar, pero disfruto cuando lo hace el resto del mundo. Porque en ese momento la gente pierde ese punto de cordura que todos necesitamos perder de vez en cuando», contesta y anota que si con su anterior disco, Champagne for Gypsies, «no perdías la cabeza bailando es que no eres normal».

Precisamente ese hilo de la locura que desata y ese poder de alejarse de la difícil realidad de la sociedad actual es la magia de la música que el artista bebe y comparte con el público de todo el mundo. «A la gente le gusta porque le sirve para evadirse y disfrutar. Lo compararía con los principios del punk», advierte y matiza que no se refiere solo a la música, sino también a las necesidades básicas de los humanos.

«La música balcánica es un acto de tolerancia en sí y creo que sí conecta con un público muy amplio alrededor de todo el planeta», observa cuando se le pregunta si tiene el reconocimiento que se merece.
¿Quiénes son las musas de Goran Bregovic? «Las diferentes culturas. Cuando eres de un lugar muy pequeño siempre estás impresionado por las grandes culturas», asegura y cuando se le interroga acerca de cómo ha influido la guerra de los Balcanes en su música anota que él siempre intenta unir sonidos «provenientes de religiones y regiones con políticas que están en confrontación para conseguir armonía». «Eso es lo bonito», remacha y agrega que continúa escribiendo con ese propósito «porque, desgraciadamente, sigue sin haber paz».

La banda sonora de la película El tiempo de los gitanos, de Emir Kusturica, estrenada en 1989 lanzó el nombre de Goran Bregovic como el tapón de una botella de champán recién descorchada. Su nombre figura en varios filmes más de su compatriota como El sueño de Arizona y Underground y de otros como La reina Margot, de Patrice Chéreau. Y, sin embargo, no se considera un buen compositor de bandas sonoras. Aunque sí defiende que este trabajo es una faceta importante dentro de su carrera porque le enseñó mucho.

¿Cambia su forma de componer cuando es para cine o para un escenario? Sostiene que no tiene un método concreto. «Uso el básico de escuchar a», observa este músico que transformará El Hangar en una fiesta gitana, una actuación explosiva, en la que lucirán farolillos de colores y correrá el champán, una noche para la alegría y la celebración, para bailar con el de al lado y el de enfrente sin mirar a los lados.

 

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