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80º ANIVERSARIO DEL FIN DE LA GUERRA CIVIL

El gulag de Franco: 296 campos de concentración donde reinaba el horror

Un exhaustivo estudio documenta casi 300 centros de internamiento franquistas y denuncia las penalidades sufridas en ellos por hasta un millón de prisioneros El periodista Carlos Hernández de Miguel, autor de 'Los últimos españoles de Mauthausen', habla de un sistema represivo basado en el miedo, el exterminio y la reeducación

Anna Abella
13/03/2019

 

El traslado en vagones de ganado, el hambre, los ejércitos de piojos, chinches y pulgas (que hacían que la ropa se moviera sola por el suelo, evocaba un preso), las enfermedades (tifus, tuberculosis, sarna...), la falta de asistencia sanitaria y de condiciones higiénicas, el hacinamiento, las humillaciones, el frío y el calor extremos..., las palizas y torturas letales, el trabajo forzado en muchos casos, el miedo a morir en cualquier momento... Les quitaban sus pertenencias y la ropa nada más llegar, les rapaban el pelo y les convertían en una masa amorfa y despersonalizada que debía moverse a golpe de porrazo y renegar de sus ideales y creencias si no querían morir. Era un proceso global de deshumanización de los prisioneros, que no eran considerados personas y eran tratados como infrahombres y esclavos. Un antiguo prisionero decía que les trataban peor que a los perros y las bestias porque a ellas sí les daban de comer bien, explica el periodista Carlos Hernández de Miguel, hablando del resultado de la exhaustiva investigación que ha volcado en Los campos de concentración de Franco (Ediciones B), que llega este jueves a las librerías y donde, a través de archivos y testimonios de supervivientes, documenta hasta 296 campos de concentración -14 de ellos en Catalunya-, considerados como tales por el régimen y abiertos durante la guerra civil por aquella dictatorial Nueva España. Como avisaba la Falange de Cádiz en la portada de su periódico Águilas: Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes políticos; para masones y judíos; para los enemigos de la Patria, el Pan y la Justicia.

Y por ellos pasaron entre 700.000 y un millón de hombres, y también mujeres. Según los franquistas, una horda de asesinos y forajidos que no merecía la protección del Convenio de Ginebra, y que, según el psiquiatra de cabecera de Franco, Antonio Vallejo-Nágera, eran identificados como enfermos del gen rojo. Sobre ellos no pesaba ningún cargo ni acusación ni condena en firme. Fueron prisioneros de guerra republicanos, izquierdistas (políticos y sindicalistas) o el maestro del pueblo, recuerda el también autor de otro monumental y necesario ensayo, Los últimos españoles de Mauthausen (2015), del que surgió Deportado 4443 ( 2017), con el dibujante Ioannes Ensis.

"HUIR DE LA SOMBRA DE AUSCHWITZ"

Al hablar de campos de concentración es imposible no pensar en el exterminio de Hitler, con barracones rodeados de alambradas, o en los gulags de Stalin. Las penalidades y condiciones citadas fueron similares, pero hay que huir de la sombra de Auschwitz y evitar la comparación directa con el nazismo -avisa Hernández- porque puede parecer que ante la barbaridad de seis millones de exterminados en las cámaras de gas las víctimas del resto de crímenes contra la humanidad sean menos víctimas. Franco tenía sus necesidades, las guerras fueron distintas y los campos del franquismo eran un sistema con sus propias peculiaridades. Quería exterminar a unos cuantos y reeducar al resto.

Fueron improvisados y hubo desorganización pero su creación fue premeditada, constata el autor, excorresponsal en conflictos como Kosovo, Palestina, Afganistán e Irak. El primer campo se abrió el 19 de julio de 1936, apenas 48 horas después del golpe contra la República, en Zeluán, en el antiguo Protectorado español de Marruecos. Ya en abril, el general Mola había llamado a crear esa atmósfera de terror y a fusilar a cualquiera con vínculos con el Frente Popular. El campo más longevo fue el de Miranda de Ebro (Burgos), que cerró en 1947 y por el que pasaron 100.000 prisioneros. Fueron una pata más, horrible y terrorífica, del sistema represivo franquista; las cárceles merecerían otro libro. A medida que los nacionales conquistaban territorios iban abriendo campos en plazas de toros, espacios deportivos, conventos y monasterios, manicomios, fábricas, almacenes, hipódromos, cuyas condiciones de vida y muerte dependían de la arbitrariedad de cada oficial al mando.

De los testimonios de los presos destaca Hernández varios rasgos que los definían. Uno, el miedo a morir en cualquier momento. El pánico a los ruidos de noche, porque si oían que se abría una puerta significaba que venían a buscar a alguno para una saca y ser fusilados. Y de día, a las visitas de falangistas que buscaban vengarse de antiguos vecinos y viudas a la caza de los supuestos asesinos de sus maridos. El destino era el mismo, acabar muerto en cualquier cuneta.

Dos, el hambre y sus efectos, que describen de forma descarnada. Agua negra de castañas, agua con espinas de pescado y gusanos, beber la propia orina Nos embrutecimos hasta el punto de perder toda dignidad humana, recordaba el preso José María Muguerza. Como ejemplo, el caso que contaba Guillermo Gómez Blanco del perro lobo que trajo, para impresionar, un teniente muy a la usanza de la Gestapo, con fusta y gafitas sin montura, y que en un descuido desapareció. Nos lo habíamos comido crudo!.

Y, tres, que además de lugares de exterminio lo eran también de reeducación, para lograr la sumisión ideológica y mental, porque como decía Franco, su objetivo era no solo vencer, sino convencer, aunque sus métodos solo consiguieran someter y reafirmar el desprecio de los prisioneros hacia el régimen. Cantar el Cara al sol y otros himnos franquistas, formar varias veces al día y hacer el saludo fascista, misas y comunión obligatorias... Los presos, si salían (imposible sin aval de algún cura, alcalde o político fascista), debían salir reformados. Ahí jugó también un fundamental y nefasto papel la Iglesia católica ejerciendo, denuncia Hernández, un adoctrinamiento obligado y forzoso por parte de los sacerdotes". Estos "violaban el secreto de confesión para obtener información de los presos y utilizarla contra sus compañeros. Pistola al cinto, también hubo curas verdugos, como el padre Nieto, en la isla de San Simón, a quien recordaban golpeando con su bastón a un fusilado agonizante y gritándole: Muere, muere, rojo impío.

La cifra de muertos es difícil de concretar. La de 10.000 que se atrevió a dar el historiador Javier Rodrigo, quien había constatado en su día 188 campos, según Hernández, se queda muy corta. Ahora, tras documentar solo los muertos en 15 de los 296 campos, ya suman 6.000. No hay datos en registros ni en cementerios, se falsificaban las causas de las muertes, la mayoría siguen, hoy, en fosas comunes y cunetas, y muchos, los considerados enemigos irrecuperables, entre ellos todos los oficiales del Ejército republicano, fueron fusilados tras salir del campo para ser sometidos a consejos de guerra y juicios sumarísimos sin garantías.

VIVIR CON "MIEDO Y VERGÜENZA"

Uno de aquellos presos, Luis Ortiz, liberado en 1943 y cuyas palabras cierran el libro de Hernández, falleció la semana pasada a los 102 años. Decía que quería morir con las botas puestas y lo hizo, con el mensaje de contar a los jóvenes la verdadera realidad del régimen. Durante la dictadura estos hombres que habían defendido las ideas democráticas, vivieron con miedo y vergüenza porque la sociedad identificaba republicanos con criminales y asesinos de curas -lamenta el periodista-. A quienes hoy quieren blanquear el franquismo hay que contestarles con datos para que se recuerde que en este país hubo un régimen democrático que fue violentado por un golpe fascista con apoyo de los nazis y de Mussolini.

 

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