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Exposición

Inquietante espectáculo de la nieve

Guillermo Sedano estremece al público con los 40 paisajes que componen ‘El último invierno’, en el Consulado hasta el 19 de diciembre

A.S.R.
06/12/2018

 

Guillermo Sedano burla a la realidad, conjura al misterio y baila con la soledad en la bacanal de nieve que es El último invierno. Han pasado tres años desde la última exposición del pintor medinés en la capital, la carretera deja paso al río y la figura humana desaparece completamente, pero se mantienen las enigmáticas ausencias y presencias y la carga poética y dramática que ya destilaban sus anteriores trabajos. Ahora la nieve es la reina absoluta. Apenas dos apuntes sobre lo que pasa cuando esta se retira. Apenas unos rayos de sol que deslumbran al visitante cuando camina entre los árboles y le brindan unos minutos de plácida serenidad. Los únicos. El resto del tiempo vendrá marcado por el inquietante silencio que recorre las 40 pinturas que visten las paredes del Consulado del Mar hasta el 19 de diciembre.

«La nieve envuelve todo el paisaje, lo convierte en algo muy uniforme, le quita todo el color, gana peso la atmósfera. El mal tiempo, la niebla y las ventiscas imprimen un carácter inhóspito y de misterio que ayuda al espectador a meterse dentro del cuadro y a pensar qué está pasando, qué hay a la vuelta del arbusto, quién espera al otro lado del puente o detrás del tronco de ese árbol», apunta el artista y observa que, aunque no hay presencia humana, sí se intuye.

En la casa que lucha por dejarse ver en medio de la niebla escoltada por desnudos árboles que tiritan de frío. En el humilde puente que salva dos orillas. Dos mundos. En el camino que se pierde en el bosque sin descubrir qué aguarda en el recodo.

Es esta la escenografía en la que se erige poderoso el árbol. Sedano le toca con su varita mágica y le otorga la condición de personaje principal de la historia. «Me parece un elemento muy bello y elegante y estos últimos años ha cogido protagonismo». Es testigo no mudo del paso del tiempo. El director juega con los planos. Se regodea en el tronco que enraíza en la tierra, deja que se pierdan en medio de la ventisca, los dibuja de cuerpo entero como galanes de cine que se recortan en la niebla.

Su partenaire en esta película es el río. Sus aguas discurren unas veces desbocadas, sin mirar a los lados, sin piedras ni guijarros que las frenen, y otras siguen su curso sin alterarse, ajenas a su sonido helador, juguetonas, sabedoras de que irremediablemente llegarán a la meta.

Podría ser este filme un documental. Un registro de la realidad del autor. La nieve tiene pocos secretos para Guillermo Sedano. Convive con ella a diario en las Merindades, se aúpa a su caballete caprichosa, de su mano ha salido victorioso de reconocidos concursos de pintura nacionales y hace ya tiempo que sus destinos son solo uno.

«Ni he sido el primero ni el último en recrear la nieve. Un pintor tira de lo que le rodea y yo la tengo muy cerca y sí es verdad que un tema de verano está al alcance de más gente que uno de invierno», sostiene al tiempo que advierte que, a diferencia de esos autores que asisten desde lejos a la actuación del líquido elemento, prioriza la atmósfera, con una pincelada áspera, y las sensaciones «para lo que ayuda mucho haberla sufrido (o disfrutado) continuamente».

Pero que el creador esté cada vez más cerca de desvelar el misterio que esconde la nieve no aleja la inquietud ante lo desconocido del espectador, que se ajustará las solapas del abrigo, sentirá un díscolo escalofrío e, incluso, mirará a los lados mientras camina entre estos imponentes óleos, algunos de 180x180 o de 195x146 centímetros. Quizás se destense cuando se tope con la primavera, que aparece tímida entre los hayedos de El último invierno.

 

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