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Instalaciones

El lustro de la vecina de cristal

La Biblioteca Pública forma parte de la rutina de los burgaleses y se afianza como agente cultural de la ciudad. Su directora se fija como retos trabajar con inmigrantes, seducir al público juvenil y que su uso no se confunda con una sala de estudio

A.S.R.
17/01/2018

 

El entrar y salir es constante. A las diez de la mañana. A las cuatro de la tarde. A las ocho... Joviales grupos de estudiantes, jóvenes concentrados con una mochila al hombro que cruzan la puerta apresurados, señores ávidos por leer la prensa del día, señoras que ven en los sillones rojos el mejor sitio para aliviar la espera del autobús, familias enteras que juegan en la bebeteca, jubilados que se aventuran por los mares de internet. La Biblioteca Pública forma parte del día a día de miles de burgaleses. El flamante edificio diseñado por Andrés Celis y Jael Ortega en funcionamiento desde hace un lustro ya forma parte del paisaje urbanístico y es un vecino más de la plaza de San Juan.
Su directora, Carmen Monje, traza una radiografía positiva de estos cinco años de atención al público porque, aunque el ministro Wert la inauguró en octubre de 2012, los usuarios no pudieron estrenarla hasta el 8 de enero de 2013.

«El balance es muy positivo. Hemos aumentado todo. Tenemos más usuarios, muchas visitas y quizás ha bajado el préstamo de libros y audiovisuales, pero creemos que es principalmente por el cambio de hábitos con la generalización del uso de los dispositivos electrónicos», expone al tiempo que afirma que le gustaría contar con más personal, «que es insuficiente desde que reabrió». Sería fundamental, dice, para desarrollar más actividades.

Y es que el cada mayor interés por todo lo que se cuece entre esas paredes de cristal sitúan a la Biblioteca Pública como uno de los agentes culturales de la ciudad. «Tienen mucho éxito y, además, este año hemos contado con mucho dinero para desarrollarlas», aplaude y cifra en torno a 22.000 euros esa cantidad.

Ahí, observa, ha tenido mucho que ver la partida que la Junta destina a los programas de inclusión para que este servicio llegue a todos los colectivos. Y poco a poco se está consiguiendo. El último año han colaborado con AransBur, la ONCE y Autismo Burgos.

Este programa de Cultura Diversa continúa en la agenda del centro y uno de los próximos objetivos será descubrir sus bondades a la población inmigrante. «Se resisten a venir, quizá por desconocimiento, incluso de la propia lengua. Es un colectivo que aún no sabemos cómo abordar. Fondos para ellos sí tenemos, con obras en castellano más adaptadas e incluso en sus propios idiomas», comenta la directora.

¿Cuáles son los otros desafíos a afrontar? Los hay de distinto calado. De pico y pala y de altos vuelos, que rayan lo utópico.

Cuando el ministro Wert inauguró el edificio todo fueron piropos. Los espacios destellaban. Fue tras su puesta en marcha cuando empezaron a detectarse agujeros negros. Algunos se han arreglado como el ruido de la climatización o la falta de aparcabicis en las inmediaciones, aunque no fuera un problema expreso del centro. Otros siguen pendientes de una solución definitiva como las corrientes de frío en el vestíbulo de entrada.

«Está todavía por solventar. No hace frío, sino corriente. Se está estudiando cómo resolverlo, pero tiene difícil solución, como ocurre en cualquier local en Burgos. Aquí es un problema porque la puerta está mucho tiempo abierta ante la gran afluencia seguida de público y se nota más», siente Monje.
Tampoco han tenido suerte con el suelo del pequeño patio que da a la calle Cardenal Benlloch, que ahora mismo se está cambiando.

A estas cuestiones domésticas se suman misiones más arduas como seducir a los jóvenes, que dejan de recurrir a este servicio cuando abandonan la niñez, y hacer que no se identifique biblioteca con sala de estudio.

Este segundo es uno de los empeños de la directora desde la reinauguración. Carmen Monje libra ahí una personal batalla en la que no ve una victoria clara.

«La biblioteca no es sinónimo de sala de estudio. Va más allá. Es un espacio ciudadano de encuentro y para compartir. No podemos reservar a los estudiantes determinados puestos en las épocas de exámenes. Luego ni se preocupan, pero esos días todo debe ser para ellos. No puede ser. Generaciones futuras entenderán que la biblioteca es otra cosa, pero nos va a costar mucho educar a la población», analiza la responsable y matiza que para este menester ya tienen reservados los 36 puestos de la sala de estudio, donde se impone el silencio, «que no tiene por qué guardarse en el resto de sitios distribuidos por las instalaciones que pueden ser ocupados por ellos o no».

Lamenta que los jóvenes de entre 18 y 25 años desaparezcan del paisanaje. «Hicimos un espacio para jóvenes, pusimos en marcha el club de lectura para ellos, siguen viniendo, pero no son suficientes», observa a la vez que confiesa no disponer ahora mismo de ningún plan de cortejo.

Al que sí se tienen ganado es al público infantil, aunque aquí la directora vuelve a dar un tirón de orejas. Y no precisamente a los niños. Agarra la de los padres. «Poco a poco estamos consiguiendo que la bebeteca se entienda como lo que es, un espacio para que los padres vengan con los niños que aún no leen y les enseñe los libros o les cuente un cuento, y no como una ludoteca, que es un sitio para jugar, donde se puede corretear», advierte y reivindica la importancia de respetar lo público, que va en el ADN de esta ilustre vecina de cristal de la plaza de San Juan.

Clubes de lectura, cuentos, cine... 

Las flamantes nuevas instalaciones han permitido desplegar una agenda cultural hasta el infinito y más allá, que podría ser mayor aún si contara con más personal. Cuentacuentos, talleres, conversaciones en inglés, francés y alemán, proyecciones de cine, presentaciones de libros, exposiciones, espectáculos teatrales, conciertos... se asoman al calendario durante todo el año. En 2017, 9.775 personas asistieron a algunas de estas actividades culturales, entre las que sobresalen los clubes de lectura. Hay tres de narrativa para adultos, dos de ensayo, uno de artículos de prensa, uno de inglés, otro de francés, uno de personas de 25 a 35 años, tres para público familiar, uno juvenil, el pionero para personas sordas... y hasta un club de cine. Además, junto al resto de bibliotecas de la red de Castilla y León, cuentan con uno virtual que se comenta en línea y que cada mes coordina una provincia. «En este sentido estamos a tope», sostiene la directora, que tiene grandes expectativas con el taller de construcción de cuentos que impartirá el Taller de Arquitectura Ajo, la novedad de esta temporada.

 

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