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Artes escénicas

Tras la mágica estela del cómico

Morfeo Teatro homenajea a los comediantes errantes y lamenta la desaparición de una forma de vida en su nuevo montaje, que se estrena este sábado en el Teatro Principal

A.S.R.
21/06/2018

 

Han recorrido caminos polvorientos e ido de pueblo en pueblo con sus carromatos repletos de cachivaches. Han sido aclamados en las plazas y llevados en volandas por las risas de un público entregado. Don Pinto Cruceiro y doña Sota de Bastos -«por la noche de Copas»- son dos comediantes de cuerpos bregados en mil batallas que aún mantienen una mirada pícara, con un punto de nostalgia y una chispa de ilusión, a pesar de que su gran compañía ha quedado reducida a un bululú de dos. Sus «patrañas y burlas» apuntalan Cómicos. A donde el viento nos lleve, la nueva propuesta escénica de Morfeo Teatro a estrenar este sábado en el Teatro Principal (20.30 horas, entre 6 y 15 euros).

«Ellos se lo tienen que hacer todo. Meten y sacan los muebles de escena, hablan entre sí y del público y hacen su pequeño repertorio, del que ni siquiera están convencidos porque creen que se ha quedado antiguo, que ya no divierte, pero es la supervivencia del arte que ellos conocen. Su oficio es su vida y a ella se entregan por convicción, idealismo y vocación absoluta», resume la actriz Mayte Bona, sentada en el patio de butacas del Teatro Principal, mientras su compañero de fatigas, Francisco Negro, trajina en el escenario.

Paradójicamente, en esta compañía venida a menos se verán reflejadas las actuales, las que se agarran a un último salvavidas sabedoras de que van a la deriva, con reducción de elencos y recorte de cachés.
«Es lo que nos está pasando a nosotros», observa la artista y recuerda que el pasado otoño estrenaron un Valle-Inclán, con ocho intérpretes, que tienen parado. «Cuando empezamos a trabajar en Cómicos era premonitorio, ahora es nuestra realidad. Es triste, pero es el final de una época», lamenta y, sin perder la jocosidad, compara el momento con la extinción de los dinosaurios. «El cómico vocacional está desapareciendo. Ahora todo funciona de manera mediática, hay otra concepción del teatro, es puro business y puro espectáculo, en el que no cabemos las compañías que no vamos con cabezas de cartel mediáticas ni estamos apoyadas por grandes teatros institucionales», se explaya y remarca que Morfeo Teatro estrenó sus grandes producciones en los años más duros de la crisis por convicción y amor al oficio. Ahora están a punto de sucumbir.

Y, ojo, que Bona ahuyenta la tristeza. «Es simplemente un cambio. Ha habido muchos. La tecnología los trae», sostiene al tiempo que reconoce que el montaje, sin embargo, sí tiene un tono tristón, de color sepia y blanco y negro. De carcajada amarga. «Como se dice en el propio texto, no hay nada más divertido que la desgracia», entona convencida de que el humor es la mejor arma para la crítica, incluida, como es el caso, «a las políticas culturales mal gestadas durante tanto tiempo».

Cómicos. A donde el viento nos lleve, dedicado a la memoria del actor Javier Leoni, tiene, como las cebollas, muchas capas de lectura. Cada espectador identificará la suya. Pero todos verán como Bona y Negro se quitan el sombrero ante esos supervivientes.

«Este montaje nace como un homenaje a los cómicos errantes, desde el Siglo de Oro hasta nuestros días, una tradición que se fundamenta en romances y leyendas populares, pertenecientes a la literatura oral, de los siglos XVII en adelante», apunta sobre este texto de Miguel Murillo, al que tanta mano ha metido Francisco Negro que comparten autoría.

La actriz se hace eco de las palabras de Murillo para resumir esta obra como el compendio de la riqueza del país, «de su cultura popular, la que se transmite de forma oral, a través de su historia de esplendores, de guerras civiles, de hambre, de migraciones, de lo bueno y lo malo, contada por quienes deben hacerlo que son los cómicos». Que, aunque en peligro de extinción, aún ríen.

 

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