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Paisajes vividos, soñados y añorados

El vallisoletano Isidoro Moreno traslada al espectador hasta los campos castellanos, las playas embravecidas o las montañas nevadas en la exposición ‘Luz y materia’, que ocupa La Bottega dell’Arte hasta el 27 de noviembre

A.S.R.
21/11/2015

 

Un mar voraz e insaciable azuzado por unas rocas gigantes, un infinito páramo castellano de retales ocres, un manto blanco para arropar a las montañas y ahuyentar al frío helador, una playa como ring del combate entre arena y agua salada, aguas dulces que flirtean con los chopos teñidos de otoño...
«Somos paisaje. Urbano, rural, emocional. Este último es el que me interesa. Siento cuando observo y eso que veo tiene una íntima conexión con mi alma, con mis preocupaciones, con mis alegrías, con mis inquietudes... Con el paisaje me siento libre, sin ataduras, sin condicionamientos. Yo soy paisaje», explica Isidoro Moreno sobre Luz y materia, la exposición que ocupa La Bottega dell’Arte (Petronila Casado, 18) hasta el 27 de noviembre.
Y, como no podía ser de otra manera, la materia y la luz interpretan el papel principal en este escenario. También aparecen secundarios como la composición, el dibujo o los registros gráficos -enumera su autor-, pero sin peso en el espectáculo final.
«Todo es materia, desde una sutil veladura hasta una masa de óleo aglutinado o no, para dar sentido a una obra, a un paisaje... a una sensación. Al final todo son sensaciones», dice antes de rendirse ante la luz, ese elemento en el que se recrea influido por los grandes pintores impresionistas como Monet, Sorolla, Joaquín Mir, Rusiñol... «Con la luz y la materia compongo la obra», sentencia el artista que no se anda con artificios en su juego con la paleta de colores.
«Soy fiel al cromatismo real. Suelo pintar al aire libre y sus colores son tan cambiantes que la superficie pictórica de mis obras habla de una paleta cuasi infinita, llena de cambios que se suceden a lo largo de la sesión pictórica», afirma y confiesa que había un tono que le asustaba. Sentía respeto a la hora de enfrentarse a él. Hasta que lo hizo. Hasta que Isidoro Moreno aceptó el desafío del blanco. Descubrió un abanico de «posibilidades increíbles». Y la nieve, apunta, se convirtió en la mejor excusa «para darle integridad figurativa».
Y el líquido elemento se cuela en una colección en la que se suceden los paisajes de mar y montaña, de campo y playa, de exterior y de interior...
¿Por qué? «El campo, especialmente el castellano, es mi paisaje vivido, sentido y añorado y el mar es mi paisaje soñado, desconocido y también añorado. Un artista debe pintar de dentro hacia afuera, lo conocido y lo desconocido», responde y añade que ese mar cambiante, unas veces en calma, otras en tempestad, unas veces azul, otras verde e incluso gris, es con el que más identifica su interior, «cambiante, inquieto, incierto, desconocido...». Advierte como una vez más irrumpe esa conexión íntima entre el pintor y el paisaje. «No soy nada sin él», sostiene rotundo.
No tiene esta claridad de ideas cuando se le pregunta por un estilo donde enmarcarse. Es un mar de dudas.
«Pintar es crear y expresar. Igual que ningún beso recuerda al anterior, una pintura mía casi nunca recuerda a la anterior. Esto no es muy bueno hoy cuando las salas se llenan de series, de temas, de formatos semejantes... Pero como no reacciono igual ante los estímulos, la traducción pictórica siempre es diferente», detalla este pintor confeso y convencido, enamorado de una disciplina que ha vivido momentos de incertidumbre achantada por las nuevas tendencias en el arte contemporáneo.
«Afortunadamente vuelve a estar en primera línea. A día de hoy, la pintura convive con todas las manifestaciones artísticas», aplaude entre la realidad y el deseo, completamente entregado a este arte con el que ha alcanzado el reconocimiento -es uno de los finalistas en la actual edición del Acor, que ya ganó hace cuatro años, entre otros premios- y que le da la felicidad cada día en su estudio o cuando está con su caballete en medio de la inmensidad del paisaje.

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