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Exposición

El pertinaz hechizo del fuego

Raquel Condado y José Luis Ramos llevan 36 años embrujados por las posibilidades y la capacidad de sorprender que tiene la cerámica y, juntos pero no revueltos, vuelven a compartir espacio en el Arco de Santa María después de 13 años

A.S.R.
08/12/2017

 

Las mujeres aladas, las estilizadas centauras o los paisajes de fantasía de Raquel Condado poco tienen que ver, aparentemente, con el pétreo milagro del pan y los peces que obra José Luis Ramos. Y, sin embargo, un hilo sólido, tan vivaz como mortal, tan furioso como cálido, tan imprevisible como familiar, une la producción creativa de los dos artistas. El fuego irrumpe poderoso en Los milagros de las piedras y otras metáforas, la exposición con la que ambos ceramistas vuelven a compartir, juntos pero no revueltos, el Arco de Santa María trece años después de su última muestra al alimón en esta sala que tantos recuerdos despierta en ambos, momentos vividos entre excrementos de palomas y música de Mariano Marín en los locos años ochenta, cuando aún estaba lejos la rehabilitación de este espacio (1994).

Un paso del tiempo que pierde la partida frente al hechizo del fuego. Condado y Ramos se rindieron a su magia hace 36 años y embrujados siguen. «Siempre será un misterio. Da lo mismo el tiempo que pase. Es uno de los cuatro elementos de la naturaleza: aire, agua, tierra y fuego», sentencia él -asiente ella- y asegura que aún hoy, muchas veces, cuando saca una pieza del horno piensa que solo por admirar esa belleza han valido la pena todos los años de trabajo.

«Cuando abres el horno sientes esa cosita, una chispa de ansiedad. Siempre te sorprende. Nunca sabes qué colores saldrán, qué tonalidades dibujará. Cada pieza es única e igual que te maravilla te puede decepcionar», sostiene ella al tiempo que advierte su peligrosidad ya que, por mucho que pretendan domarlo, el fuego es incontrolable. Su poder es total y confiesan que, a pesar de esas jugarretas, mantienen el enamoramiento del inicio y sus ansías de gobernar al irreductible.

Comparten el amor por el fuego y la tierra, utilizan las mismas técnicas, trabajan en el mismo estudio, colaboran en la ejecución de las obras y tienen una misma concepción del arte, pero cada uno mantiene su camino y una escalera de caracol los separa en el Arco de Santa María hasta el 7 de enero.

Más que pan y peces
El destino puso en el camino de José Luis Ramos un pedazo de arcilla que se había quedado duro. Vio en él una piedra como las que se encuentran en el campo. Aún no sabe por qué, pero pensó en el pan que sale de la tierra. Y el episodio bíblico de la multiplicación de los panes y los peces y los versos de Quevedo ¿Quién hace de piedras pan sin ser el Dios verdadero? El dinero marcan la colección que da nombre a esta serie en la que lleva trabajando más de cuatro años.

«Me dije ‘puestos a hacer milagros, vamos a ampliar la dieta’», anota. «Me interesa el contraste entre la rugosidad de la piedra, que lleva minerales, sales, pigmentos..., y la perfecta definición de cada producto alimenticio», añade. Porque, aunque lo parezca, no son piedras escogidas en el monte ni alimentos comprados en el súper. Son cerámica, engobes coloreados, que han obligado al creador a hacer mil y una pruebas de color hasta dar con el más fiel a la realidad.

Hogazas de pan que casi huelen, langostinos a los que dan ganas de arrancar la cabeza, cebollas que desprenden frescura, tomates coloradotes, una torta de pipas de girasol que invitan al pellizco, peces que brillan como si saltasen en el río... se alinean en este suculento banquete.
Esta colección está arropada por otras piezas surgidas al hilo de las piedras, El cubil de las piedras, o al de los alimentos, además de una serie de cuadros abstractos con unas tonalidades imposibles y unos pizpiretos craquelados realizados con la técnica del Raku, originaria de Oriente y ligada a la ceremonia del té, que requiere tal destreza y celeridad en la ejecución que necesita de más de una persona.

Elegante fantasía
La propuesta de Raquel Condado, que ocupa el piso superior, guía al espectador hasta un mundo de ensueño, de texturas mimosas, personajes fantásticos, colores sin estridencias. Un duelo entre el volumen y el fuego. Barros de altas temperaturas, cocidos a más de 1.200 grados, y Raku dibujan la muestra.

Centauras, mujeres aladas y elegantes caballos son los habitantes de este universo en el que tiene cabida la realidad. Una serie de altorrelieves -y algún autorretrato- abren una ventana a las personas de carne y hueso. Se unen a otra que repite el busto de un niño con distintos acabados cuya interpretación se deja abierta al momento vital del espectador, que se reflejará en ella. Literal.

La paleta cromática coge los mandos en la colección de diez platos redondos que cuelgan de las paredes. Encierran paisajes imaginados, algunos más cotidianos, con unos imponentes cielos que reproducen los crepúsculos que su autora admira desde su estudio de los Pisones. Otro lugar donde crepita el fuego.

Una extraña en la sala
Hace mucho tiempo que la cerámica se considera una expresión artística más. Picasso, Barceló o Chillida hablaron a través de ella, pero todavía sigue siendo una extraña en las salas de exposición y más en las galerías de arte. «Comercialmente, interesa relativamente porque es problemática a la hora de trasladarla, exponerla y manipularla, porque es dura pero a la vez frágil», comenta José Luis Ramos al tiempo que tira de la cuerda de la historia y observa que esta técnica es más antigua de lo que aparece en los manuales, que la sitúan en el Neolítico, y que sus primeras manifestaciones no están ligadas al almacenamiento de alimentos.

«La cerámica tiene 30.000 años de antigüedad como demuestra el hallazgo de la Venus de Dolni Vestonice (República Checa) y la inquietud del autor no era la resolución de un problema cotidiano sino que obedecía a asuntos de otra índole, más espirituales, más íntimos», se explaya el creador burgalés.

 

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