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Sonorama Ribera 20

De plaza en plaza y bailo porque...

Los conciertos se desparraman por las ágoras arandinas, desde la multitudinaria del Trigo a la desenfadada de la Sal, la rítmica del Rollo, el caribeño parque de la Isla o la emergente María Pacheco. Hoy se suman Santa Catalina y Arco Pajarito

A.S.R.
12/08/2017

 

Un grupo de animosos tenistas, de blanco impoluto y raquetas en mano, cruzan el puente sobre el Duero con el bullicio de las buenas ocasiones. Se dirigen a la plaza de la Sal. Quedan unos minutos para que den las doce de la mañana. Hora mágica en el Sonorama Ribera. Los escenarios se desperezan. Y los sonorámicos se colocan sus sombreros de paja, se estiran las camisas hawaianas y cargan sus pistolas de agua. El sol hoy tiene ganas de jarana. Aprieta. Él también quiere danzar.

A la sombra de la iglesia de Santa María, Gimnástica pone a bailar al público, deportivo o no, desde el minuto cero. Unos metros más allá, con una puntualidad británica, también saluda a un nuevo día la plaza del Trigo. Bastan unos acordes de The Milkway Express para que el auditorio, ya numeroso a esa hora, mueva los pies sin remedio. Cada vez son más los que llegan a la ya legendaria ágora y la muchedumbre se desparrama hacia la calle Isilla.

El almuerzo con clarete y oreja rivaliza con los cachis de calimocho y cerveza que ya corren de mano en mano. Pronto tendrán que regularizar el paso por El Lagar. No cabe un alfiler. Y muchos declaran su amor incondicional a la tierra en la que viven días de gloria y noches de vino y rosas sacándose el pasaporte Ribera del Duero.

No olvida el festival su alma peleona. Bien sabe él que los sueños se alcanzan con la lucha. En la céntrica vía, una pancarta, de lado a lado, exige la reapertura del tren directo por Aranda. Eterna reivindicación a la que se suma tiempo ha el encuentro musical.

Las sorpresas en el Sonorama Ribera no son exclusivas de los escenarios. A la vuelta de una esquina, una nueva juerga está montada. La plaza del Rollo arranca con timidez. No la durará mucho y minutos después el descaro brinca en el empedrado. Eso sí, busca la sombra de las carpas.

Más esquivos se presentan los escenarios Castilla y León y Charco. Ninguna señalización ayuda al forastero a encontrarlos. El primero se levanta en la plaza María Pacheco. Little Indian Rabbits empieza a despedirse del contado público que disfruta a la sombra. Pasará el testigo a Maldito Reloj y El Meister.
Cuesta al de fuera hallar igualmente el parque de la Huerta. Una suerte de oasis en el desierto que trae los ritmos que suenan más allá del Atlántico. Unos se tiran en el césped, otros bailan con los niños, algunos juegan con el perro. Y mientras, suena la cumbia colombiana de Candeleros.

De vuelta, de nuevo en la vorágine del centro, en la plaza del Trigo caben pocos alfileres. Una imponente voz de tenor se escucha desde el fondo. El murmullo cesa un poco. Solo un poco. ¿Es ópera? Se preguntan extrañados. Afirmativo. Cronómetrobudú se llevó a toda su troupée a su estreno en la plaza del Trigo. Incluidos un tenor y una bailarina de danza oriental. El grupo burgalés dejó muchas bocas abiertas.

Una hora antes, su cantante, Javi Castro, con la música de Pol de fondo, ya presagiaba que sería un gran bolo. «Es un lugar fetiche para tocar. Estamos emocionados y vamos a corresponder al Sonorama, que es un festival con los oídos y el corazón abiertos. Es un buen espacio para nuestro mestizaje», apuntaba feliz de volver por tercera vez a la cita ribereña. Tocaron en sus años mozos en la carpa Future Stars y, más recientemente, en el escenario del Hangar.

Vuelan confetis al cielo. Pero no suena la traca final. Sale a escena Javier Ajenjo. Y no viene con las manos vacías. Después de pedir disculpas por las largas colas de la noche anterior, anunciar que recolocarán a Dorian -su concierto se canceló tras dos cortes consecutivos de suministro eléctrico- y acordarse de El Alforjillas y Óscar (Producciones Salas), que ya no están, confirma, cual vedette -así se vio él-, que habría sorpresón. Y, después de unos minutos que se hacen eternos, saltan los León Benavente a las tablas. ¡A bailar!

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