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BURGOS / Exposición

«Sigo siendo un vividor»

Ignacio del Río vuelve al Arco de Santa María para bailar con sus locos otoños y primaveras, sus paisajes nevados, sus serenas marinas...

A.S.R.
29/11/2014

 

Camina Ignacio del Río con su larguirucho abrigo negro, su sombrerito alado y su pañuelo verde atado al cuello como un personaje de otra época. Sus ojos vivarachos se iluminan ante el mar, sus arrugas se clavan en su rostro cuando sonríe guasón ante una ciudad nevada que le recuerda la suya, que le duele tanto como la ama, sus pies se adelantan a los gallos en el ring... El pintor regresa al Arco de Santa María. La Navidad ha quedado inaugurada. Vuelven sus locos otoños, su primavera más exuberante que nunca, sus marinas con sabor a sal, sus nubes dulces de algodón, la tupida y añorada nieve, sus gallos peleones y sus plazas de toros. La fiesta ha comenzado. ¡Qué corra el vino!
Se le propone al artista repetir las preguntas de una entrevista realizada hace ocho años. Ver cómo ha pasado el tiempo por el pintor. Imposible. Los guiones son papel mojado cuando el intérprete es este burgalés del 36 que conserva el porte bohemio de sus años parisinos. El único cambio, aprecia, es su paso por el hospital. «Estoy bien. Parece que el doctor Girón, que es un artista, me está arreglando», comenta sin que el bisturí le haya extirpado ni el humor, ni la ironía, ni la guasa ni el cachondeo que siempre ha guardado bajo el sombrero.
Con su exposición, que estará abierta hasta el 14 de diciembre, como decorado, se encienden los focos y aparece él.
¿Quién es Ignacio del Río? Se ríe y sin pensarlo: «Sigo siendo yo». Y se pinta. «Soy más como soy que lo que quisiera ser, tal vez soy lo que quisiera ser y no me entero. Soy feliz porque tengo fe en que mientras hay vida se puede hacer lo que tú quieres y sé que la muerte es muy cabrona y va a llegar, pero bueno... Que tarde mucho». Se interrumpe. Se acerca a uno de los gallos enzarzados y ve que falta una línea blanca que le dé ritmo.
¿Un cuadro llega a terminarse? «Nunca, nunca. Es como cuando haces el amor, se acaba porque te corres y ya está, pero podía no terminarse nunca... Es un lío».
Ignacio del Río habla, gesticula con las manos como si sujetara el pincel, pellizca a toda mujer que por allí pasa, asegura que él disfruta de la vida, mucho, sobre todo cuando no le duele el cuerpo ni tiene sinsabores vitales, «pero eso sería mucha suerte, hay que saber sufrir porque la vida sin sufrimiento no existe, pero no hacer sufrir a la gente, como hacen los del poder. La vida es sufrimiento y el que mejor sufre es el que más sabe vivir, el que no sabe es un cobarde y hace sufrir a los demás».
¿Le interesa la política? «Mucho, mucho, pero para cagarme en ella, hay que estar enterado».
En un pispás arremete contra los políticos «que se sientan en un queso y se mean encima del pueblo» y los curas «que no quieren saber nada de los millones de muertos de hambre que hay». Ni Pablo Iglesias, al que ve como un «murciélago», se libra de su verborrea, que se corta en seco.
Se pone misterioso frente a una pintura inquietante, atrapada en la oscuridad, melancólica, una rareza en la muestra. «La luna en una noche húmeda de verano...».
Le bastan unos pasos para volver a la luz. Mar, cielo, nubes. «El mar es todo, como el cielo, las nubes, las olas, es el movimiento de la naturaleza. Los que no se mueven son los muertos y hay otros ricos que son más muertos que los muertos, solo salen a la ventana para que les aplaudan».
No se asoman, sin embargo, a las obras del pintor. La gente no aparece en sus paisajes. Quizás se vislumbra una señora apresurada con el paraguas envuelta por la nieve, quizás un señor con su puro en la plaza de toros, tal vez un marinero recogiendo la red.
«Tengo mucho reparo a pintar gente porque la gente se fija en la gente, parece un obstáculo, porque lo que más nos molesta cuando hay un cuadro bonito, bello, es la gente», explica el artista, que exceptúa los desnudos.
Este año no hay ningún retrato, aunque confiesa que sí ha traído uno y que quizás lo cuelgue algún día. No se ha atrevido. Es el de su amigo Carlos Pavón, fallecido este año. «Es muy bonito, antagónico».
Camina decidido hacia los paisajes nevados. Imprescindibles en el Arco de Santa María. «Burgos sin nieve es como el Caribe sin mujeres». «A mí Burgos, el invierno, el frío y saber que resistimos después de esos congelados... Somos fuertes y la nieve es una poesía fantástica. Pero todo lo están jodiendo, ahora todo el mundo tiene que patinar. ¿Pero qué pasa? ¡Dejad la serenidad de la nieve! Todo está convertido en negocio, como el fútbol. Nos entretienen para que no sepamos cómo son».
¿Y la pintura? ¿Es también un negocio? «Claro, siempre lo ha sido. Los que más creen que saben son los que menos saben. Los ricos están pudriendo el mundo».
¿Qué es la pintura? «Es una liberación de lo oprimido». ¿Qué sería sin ella? «Más complicado, más absurdo, me agarré a ella cuando era joven».
¿Y sin el amor? «Un gracioso pollo muerto. Si no lo hago me lo imagino. Con imaginación o sin ella, el amor es la base de la vida, en placer y en sentimientos». La primavera bulle en la pared. Más loca, más enamorada, más ansiada.
Los árboles de Ignacio del Río están cargados de hojas amarillas a punto de caerse y parecen moverse en un rabioso y armonioso baile, triste, melancólico, exuberante, misterioso.
«La libertad me gusta», suelta. ¿Ha sido libre? «Yo he buscado la libertad siempre». ¿La ha encontrado? «A veces, a trozos». No se sabe si habla de las pinturas, a las que mira como niñas de sus ojos, o a la vida porque hoy como ayer: «Sigo siendo un vividor».

 

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