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BURGOS

De la sotana a la chupa de cuero

Los alumnos del Seminario crean el musical ‘A corazón abierto’, con el que quieren derribar prejuicios y dar a conocer su realidad a la sociedad. Las funciones serán mañana y el domingo en el Centro Cívico Río Vena

A.S.R.
13/03/2015

 

Los futuros sacerdotes se han empeñado en cambiar la imagen que la sociedad tiene de ellos y han encontrado en los escenarios el mejor vehículo. Hace cinco años cogieron guitarras, batería y teclados y crearon el grupo de rock Pescadores de hombres y hace un año a uno de sus integrantes, Jesús Varga, se le ocurrió dar un paso más y montar un musical que quitara definitivamente la sotana a los seminaristas. A corazón abierto se estrena mañana y el domingo en el Centro Cívico de Río Vena y, a juzgar por las colas formadas para retirar invitaciones, interés y curiosidad ha despertado.
«Queremos plasmar qué es el Seminario, lo que sentimos y experimentamos cada día quienes vivimos aquí», afirma el autor de la idea, del guion y la música y letras de las doce canciones -No me falta de nada, Yo moriría por ti, Pescador de hombres, Estoy enamorado, Cristo...- que dibujan el espectáculo que ha implicado a un buen puñado de seminaristas, antiguos alumnos y amigos.
Todos creen que la gente de la calle desconoce totalmente lo que se vive entre esas paredes del paseo del Empecinado.
«Somos gente normal, jóvenes alegres, felices e ilusionados con lo que hacemos», anota Diego Luis, uno de los aspirantes a sacerdote que ha realizado los decorados. «Aún se mantiene la imagen de los seminaristas de hace cincuenta años: todos juntos con la sotana en fila por El Espolón y no es así», añade Víctor López, el protagonista.
A corazón abierto cuenta la vida de Andrés, un joven como cualquiera de los que salen cada sábado por las zonas de copas de la ciudad. Tiene sus amigos, su novia y unos padres a los que no hace caso. También cuenta con un amigo seminarista, «que le da consejos para que descubra a Dios», al que ve como un bicho raro. Pero un día -narra Varga- pasa algo y el protagonista se siente solo. «Recuerda a ese buen amigo aspirante a sacerdote y descubre el amor de Dios en la cruz y como este le empieza a cambiar la vida, que gira 180 grados y acaba escuchando la llamada del Señor», completa y añade que esta historia, de una u otra manera, con unos y otros matices, es la de quienes están ahí.
Tres historias reales
Víctor López interpreta a esa oveja descarriada que un día ve la luz. Tiene 18 años y su relato personal es muy distinto al de Andrés.
Él procede de una familia católica y practicante. Desde niño fue a misa los domingos, pero un día dejó de ir. Su padre y su hermana no lo hacían y él los imitó. «Poco a poco me fui distanciando y formándome prejuicios», recuerda. Una imagen que se derrumbó cuando llegó un cura nuevo a la parroquia de San Lesmes. «Veía que tenía más alegría cuando estaba con esta gente que con mis amigos de fiesta en el Castillo y llega un momento en el que sientes que Dios te pide más».
Cuando lo desveló en su casa no hubo enfado pero sí estupor. Su madre, dice, estuvo fatal medio año. ¡Y eso que era la católica practicante de la familia! «Al principio me animaba a ir a la parroquia y luego me pedía que no fuera tanto. Cuando se lo conté me dijo que era algo que hacía tiempo que deseaba no escuchar», señala y, entre risas, dice que espera poder contagiar algo a su padre, que desde el primer momento le dio su bendición.
Tampoco Diego Luis tuvo que pelear mucho por una vocación que apareció tardía. «Se lo dije a mi familia -católica no practicante- con mucho miedo, pero aunque les costó aceptarlo no se enfadaron y se van haciendo a la idea», anota.
Y es que hasta entrar en la Asociación Parteluz nunca se había sentido atraído por la Iglesia. «Descubrí que los cristianos no eran la imagen que yo tenía, sino gente contenta y feliz. Tras diversas experiencias en Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) me fui haciendo cristiano poco a poco». La vocación llegó durante la JMJ de Madrid. Antes había estudiado Magisterio de Inglés, trabajado un año en Inglaterra y otro en La Rioja. Ahora tiene 26 años y desde hace tres cursa Teología.
En el lado contrario se encuentra Jesús Varga. Entró con 11 años en el Seminario Menor, un lugar familiar para él porque sus dos hermanos mayores también estudiaron allí y para él era hacerlo en un lugar donde se lo iba a pasar bien, donde compartir las 24 horas del día con niños como él... Y fue una vez dentro donde, revela, escuchó la llamada de Dios. El único de su promoción.
«Hubo una frase del Papa Juan Pablo II, ‘no os fijéis tanto en lo que dejáis sino en lo que recibís’, que me ayudó muchísimo. Es verdad que abandonas muchas cosas como la familia, tus amigos..., pero recibes la oportunidad de darte a Cristo, extender su Reino, continuar la labor de la Iglesia...», sostiene y apunta que sus padres se alegraron mucho al conocer su decisión.
A Jesús, Víctor y Diego les cuesta poner algún pero a su experiencia en el Seminario. Alguna encuentran. La obediencia es la particular cruz de Jesús Varga y Diego Luis hace hincapié en la convivencia, que, a veces, provoca roces.
Pero la sangre nunca llega al río y jamás se han planteado sacar las cacerolas al patio, aunque sí confiesan que el espíritu transformador existe como jóvenes que son.
De momento, ese ansía de cambiar cosas les lleva al exterior, a decir a la gente de la calle que hace tiempo que las sotanas acumulan polvo y los futuros sacerdotes han sacado la chupa de cuero. Se lo contarán encima de un escenario A corazón abierto.

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