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Un día en ruta

Sueños de papel sobre ruedas

Cuatro bibliobuses ‘cosen’ la provincia a diario desde hace treinta años


16/10/2013

 

A.S.R. / Burgos

El lunes se levanta gris en la capital, pero él sonríe. Ya ha llenado su alforja de sueños que vaciara de plaza en plaza, de pueblo en pueblo. Se quedarán en la casa de Ludy en San Llorente de la Vega, en el escritorio de Harald en Padilla de Abajo, en el jardín de alhelíes de Julia y entre los ovillos de lana de Ana María en Padilla de Arriba, aliviarán los dolores de Basi y el paro de Ana en Grijalba, llenarán las horas de Ignacia y de Judith en Citores del Páramo, apurarán la noche en la barra del bar de Rodrigo en Pedrosa de Río Urbel...

El bibliobús recorre las carreteras burgalesas como aquel titiritero de Serrat. Lo hace lleno de historias de amor y desamor, de intriga, de realismo social, y mágico, de memoria histórica, de trucos para el huerto y el jardín, de animales que hablan, de duendes... Hace treinta años que esta biblioteca se sumó a los servicios ambulantes que a duras penas sostienen los pueblos. Su música new age se une a una banda sonora de pitidos y bocinazos que traen consigo al panadero, al carnicero, al frutero...

A las nueve de la mañana del lunes todo está listo en los almacenes de la Diputación en Valdechoque. Ramón Fernández es conductor-bibliotecario desde hace nueve años y el idilio con su trabajo no ha cesado. Se sube a él después de una semana de vacaciones y lo hace feliz. No hay síndrome que valga. Proclama su amor por el trabajo y advierte de que no es pose.

Al margen de los riesgos de estar todos los días en la carretera, disfruta del bello paisaje de la provincia burgalesa, del cambio de color en las estaciones, del contacto con las señoras de los pueblos, de la compañía de la radio en la cabina... hasta de la soledad.

La primera parada de la ruta es en Melgar de Fernamental. Allí aparca el vehículo y sigue el rastro de una tortilla de patatas recién hecha. Será su único alto en el camino durante toda la mañana.

Impaciente, con las armas en alto le espera el autobús cidianamente ilustrado. Enfila una carretera comarcal hasta San Llorente de la Vega. Pasa un cuarto de hora de las diez de la mañana. Un tractor faena en un almacén cercano a la Plaza Mayor. Es el único rastro de vida hasta que Ludy sube las escalerillas. Será la única en hacerlo.

Cuenta Ramón que después de la pequeña revolución que el verano provoca en los pueblos, sus habitantes tienen que recuperar la rutina. También la de salir a la biblioteca cada 21 días, aunque ellos siguen yendo durante estos meses.

Un escritor alemán

Ludy Ibáñez es una de las fieles. Hojea el estante donde asoman en horizontal las novedades y los libros más solicitados. Comenta con Ramón algún título, coge, deja y, finalmente, se lleva El insólito peregrinaje de Harold Fry, de Rachel Joyce. «Me encanta que nos traigan la lectura a la puerta», comenta. Ella busca entretenimiento y matiza que el pueblo cuenta con una pequeña biblioteca, que se ha ido achantando al tiempo que crecían los niños, entre ellos sus tres hijos, la menor de 16 años.

El otoño explota en la luna delantera del autobús. Una paleta de amarillos y rojos empieza a pintar los árboles y las tierras ya están aradas. Un camión obstaculiza la entrada habitual en Padilla de Abajo. Los diez metros de largo del autobús, que acogen entre 2.000 y 3.000 documentos, dificultan la maniobra entre la mayoría de callejuelas que dibujan las localidades. Pero Ramón se sabe todos los atajos y la música anima la mañana a los pies de la iglesia.

Harald Kittner aparece ufano con su bolsa del bibliobús (todos tienen una). Pide lo suyo, que son dos volúmenes de Fray Bartolomé de las Casas. Harald es un escritor alemán de ojos vivarachos que lleva un año viviendo en este pequeño pueblo del que es oriunda su señora. La pareja llegó desde Barcelona para cuidar a los padres de ella y él aprovecha la tranquilidad para entregarse a leer y a escribir. Acaba de enviar sus memorias, que serán una trilogía, a su editorial alemana. Este género tiene mucho predicamento en el país de Angela Merkel y su vida ha sido una aventura constante con el mar como testigo. Fue desde grumete a capitán. Conversa unos minutos con el bibliotecario sobre ese manuscrito que le ha pasado.

Harald se sale del perfil habitual del usuario de bibliobús. Son mujeres de entre sesenta y ochenta las que más pasan por allí. Este es el retrato de Paula García. «No voy a llevar nada porque no leo nada», dice cuando devuelve sus libros. Tiene problemas en casa y no tendrá tiempo. Ya verá para la próxima.

Ramón echa de menos a Ernesto, el alguacil. Aguarda un par de minutos, pero el tiempo se echa encima y emprende el camino hasta Padilla de Arriba.

Cocina, jardinería, labores...

Los libros de cocina, jardinería y labores son los más solicitados en la ruta. Dos usuarias los remiran.

Julia Fernández sube las escaleras con el delantal puesto. En el bibliobús se siente como en casa. Le regala al bibliotecario un tarrito con semillas de alhelíes. Se ha acordado de los piropos que suele echar a su jardín. Tiene 80 años pero cualquiera lo diría. Hojea y comenta con Ramón libros de plantas y fogones. Y añade al carrito uno con fotografías panorámicas de sitios de Castilla y León. Ana María García, Mari, para los amigos, comenta que el otro día hizo una deliciosa mermelada de tomate. Ella también lleva viviendo toda la vida allí. Es la mayor de tres hermanos y se entregó al cuidado de su padre hasta su muerte a los 95 años. Ahora vive sola.

Y es que el bibliobús es más que un servicio de préstamo. Se ríe Ramón cuando se le sugiere que es el sustituto del viejo cura, pero reconoce que allí arriba se habla de todo, también de libros.

Las carreteras más que secundarias que cosen la provincia burgalesa no tienen secretos para él. Hace una media de 150-200 kilómetros al día. La ruta va viento en popa. «En otros trabajos siempre miras la hora, aquí ni eso. Se te pasa volando. Cuando te quieres dar cuenta ya has llegado a Burgos», apunta cuando llega a Villamayor de Treviño.

Allí el bibliobús pasa sin pena ni gloria. Hace tiempo que no sale nadie. En la próxima reunión para reorganizar las rutas se caerá del itinerario. Cada cierto tiempo se reestructura todo para dar de alta a nuevos solicitantes y de baja a los que se han apagado.

Los usuarios son a cuentagotas en los pueblos sin escuela y la media de edad alta. La enfermedad o la parca es su peor enemigo.

Otro camión de obras obstaculiza la entrada a Grijalba. La fina lluvia que ha empezado a caer parece desanimar a la gente, pero Ramón espera a Basi. Y esta no le defrauda. Basi Palacios tiene 81 años                         -¡Quién lo diría!-. «Me parece que te vas a quedar sin clientas porque yo estoy muy coja y también me cuesta», comenta, pero no parece que vaya a cumplir su amenaza. Tampoco asusta a Ramón. No sería la primera vez que sirve a domicilio.

Basi trae los deberes hechos y le entrega al bibliotecario un papel con un título apuntado. La infiel, de Reyes Monforte. No hay suerte. Está prestado. «¿Y de Danielle Steel no tienes nada nuevo?», pregunta justo cuando aparece Ana García, su nuera.

Tiene 43 años y es la primera vez que sube al bibliobús. Antes trabajaba por las mañanas. Ahora está en el paro y aprovecha. Conocía el servicio, entre otras cosas porque sus hijos, de 12, 10 y 6 años, lo utilizan cuando va al colegio de Melgar

Mira las estanterías de libros, sobre todo las de novela, pero también las revistas, los CD de música y DVD de películas. Finalmente, se lleva un volumen sobre bocadillos y ensaladas, el último de Dan Brown, Inferno, el disco de Daniel Diges y Ñ, grandes éxitos en español.

El camino hacia Citores del Páramo permite mirar el puente romano sobre el Pisuerga en Sasamón, la portada de su monumental colegiata, la casa-museo del artista local Salaguti...

En el penúltimo pueblo de la ruta, Yolanda Alonso e Ignacia Alonso son las únicas que se acercan. ¿Solo leen las mujeres aquí? No. Aseguran que los hombres también lo hacen, pero el trabajo en el campo no perdona.

Un pequeño portátil con una aplicación para controlar el catálogo, los lectores y la circulación de los libros es la única tecnología que necesita Ramón. Luego, una vez a la semana, suele pasarse por la Biblioteca Pública para actualizar las altas y bajas.

La tónica se repite en el último pueblo: Pedrosa de Río Urbel. El hilo musical funciona como el flautista de Hamelín. Dos personas salen corriendo del bar a cobijarse en el autobús. La mañana se ha malogrado y cae una molesta y fina lluvia.

La primera en subir los peldaños viene de parte de Dori. Hace el recado con diligencia y con simpatía rehúsa hacer declaraciones.

En un visto y no visto, aparece un veraneante. Deja el libro y se despide hasta la próxima. El que se quedará es Rodrigo Rastrilla. Tiene 24 años y lleva el bar del pueblo. El invierno deja muchas horas libres y poco entretenimiento. Se deja recomendar por el bibliotecario. Le conoce bien. Sus gustos van por la novela histórica. A él no le extraña que pasen pocos jóvenes por allí. La hora no es la más idónea.

«Es un servicio poco conocido por la gente de la capital, pero muy necesario, aunque haya quien piense que es una pérdida de tiempo y dinero. Nada más lejos de la realidad», reflexiona Ramón ya en la nacional, rumbo a Burgos.

Son las dos y media cuando el autobús llega de nuevo a Valdechoque. Otro lo ha hecho minutos antes. Hay cuatro vehículos, dos con conductor-bibliotecario y dos con chófer más bibliotecaria. Todos están financiados por Cajacírculo y gestionados entre la Diputación y la Junta. Un manguerazo dará por terminada la jornada. Hasta el día siguiente. Otra ruta, otros pueblos, otras gentes y muchos sueños por repartir.

 

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