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Arte

Una trastienda de exposición

Cada muestra que se inaugura en Cultural Cordón urge un trabajo previo que requiere tiempo de trámites e implica a distintos profesionales

A.S.R.
30/01/2018

 

Los taladros cantan a voz en grito, el nivel despide una luz roja definitiva, los carritos se deslizan por la moqueta prestos a servir tornillos, alcayatas, puntas, lijas o cinta adhesiva. El baile ha comenzado en Cultural Cordón. Todos los invitados a esta fiesta tienen su papel. Diego González y Javier Azpeleta marcan el paso con un paisaje entre manos. Gerardo Rubia y Julián Valle miden las distancias. Y Javier del Campo corrige a unos y a otros. La exposición Benjamín Palencia. De principio a fin se inaugura este jueves. Pero todo empezó mucho antes.

La que hace la número 104 en la trayectoria expositiva del antiguo Palacio de los Condestables escribe su primera línea hace casi dos años. Cada proyecto tiene su historia y sus tiempos.

«Cuando planteas una exposición lo primero es crear un discurso, contar algo, y para hacerlo debes hacer una selección de obra, que puede apuntalar tu idea previa o cambiarla y reconsiderar el camino. Muchas veces las creaciones te van guiando», arranca el director de Arte de la Fundación Caja de Burgos, Javier del Campo.

Cuando sabe con qué piezas contará, llega el momento de decidir cómo se presentarán al público. Trabaja sobre plano e incluso cuando la colección contiene volúmenes construye una maqueta.
«Es muy importante intentar no hacer decoración. Cuando colocas una pieza en un lugar es porque es una buena opción para el discurso, no porque quede bonito. Lo que manda y lo que importa es la obra. Todo lo que tiene que ver con el montaje está pensado para reforzarla. El fin es que esta se vea», resume al tiempo que señala y se acerca a uno de esos planos pegado en la pared.

El resultado final intentará ser lo más fiel posible a ese planteamiento ideal, pero «siempre necesita flexibilidad». «Hay obras que reclaman a otras o que riñen con la de al lado. Eso se ve cuando las colocas», advierte.

Viernes 19 de enero. Quedan aún dos semanas para la inauguración, pero el trajín ya ha conquistado a la impoluta sala de Cultural Cordón, con los restos del maquillaje de la anterior muestra, la del zamorano Baltasar Lobo, ya eliminados, lavada y pintada para recibir a su nuevo huésped.

La fotocopia de cada cuadro ya marca el lugar que ocupará el original. Algunos ya están apoyados en la pared. Esperan que unas manos ávidas los cuelguen. Otros están aún por llegar. Cada exposición es un mundo y esta retrospectiva de Benjamín Palencia se alimenta de un buen puñado de prestadores. Museos, galerías, casas de subasta, fundaciones y coleccionistas particulares.

Del Campo está satisfecho con el conjunto reunido. Aunque alguna pieza se les ha resistido. No todas las puertas se abren. Hay alguna institución, de la que no da el nombre, famosa por no dejar nunca sus fondos.

Cada cuadro llega con una poliza amplia de seguro, «de clavo a clavo», lo llaman en el sector, es decir, protege al objeto desde que se descuelga de la pared del propietario hasta que se cuelga en la sala de exposiciones. «Y no es una parte menor en el presupuesto», advierte el responsable de Cultura y Educación de la Fundación Caja de Burgos, Óscar Martínez, quien apostilla que intentan economizar los medios y siguen el credo de Del Campo con un único mandamiento: ‘gastar dinero gratuitamente en una exposición es inmoral’.

Miércoles 24 de enero. Diez y media de la mañana. Las pinturas de Benjamín Palencia ya empiezan a auparse a las paredes. Sofisticados niveles con láser conviven con los manuales; carritos repletos de cajones y un sinfín de herramientas se mueven de un lado a otro; se usan remedios caseros como el sobre que colocan para que no caiga el polvillo de la pared...

Todavía queda mucho por hacer. Falta, por ejemplo, que lleguen los correos del Museo de Bellas Artes de Bilbao y del Artium de Vitoria. Hasta que no lo hagan dos cajas de madera selladas seguirán cerradas.

¿Correos? Estos personajes, desconocidos para el gran público, son quienes garantizan que la obra que ha salido de los almacenes de una institución o de una casa particular volverá tal y como se ha ido. Muchas veces existe un informe de estado previo detallado.

La casuística es amplia. Algunos confían en quien les ha pedido el préstamo; otros ponen esa tarea en manos de la empresa encargada del transporte, que no puede ser cualquiera, sino estar inscrita en un registro de transporte de obra de arte; y los hay, sobre todo entidades, que envían a una persona para este menester que, incluso, en ocasiones viaja con la creación.

«Cada institución plantea una serie de cuestiones previas como que no se abra hasta que esté presente el correo, que la obra se encuentre más de 24 horas en el lugar donde estará expuesta sin abrir para que empiece a aclimatarse...», anota el director de Arte y matiza que en estos casos conviene tener muy, muy claro el sitio exacto que ocupará esa pieza. Dudas, las justas. «Porque el correo debe controlar que es un lugar vigilado, que tiene las condiciones de luz y humedad adecuadas», amplía.

He ahí dos elementos esenciales para el éxito de toda exposición: humedad e iluminación. Algo, a priori, tan baladí como el horario de apertura de la sala puede beneficiar o perjudicar. El turno partido juega a favor de Cultural Cordón a la hora de regular la potencia lumínica al igual que la altura de los carriles donde se colocan los focos. La Fundación Caja de Burgos, además, está realizando un cambio paulatino a sistema LED, «una tecnología más eficiente y respetuosa», en el Cordón y en el CAB.

«Una pieza iluminada en el límite, es decir, que menos sería apagar la luz, a veces es como realmente se percibe en plenitud. Se produce un momento mágico. Con más luz la abrasas, la aplanas, quitas el color, restas profundidad, borras las texturas», sostiene y señala que se hacen pruebas individuales para dar la intensidad justa.

Cuando todas las obras han encontrado su sitio, todavía quedan cosas por hacer como distribuir los elementos gráficos, comprobar que el recorrido ideado para las signoaudioguías -«fuimos los primeros en ofertarlas en Burgos»- es el correcto y no hay saltos...

«Somos una institución modesta, pero siempre hemos tratado de aportar rigor, profesionalidad y una lectura propia. Si hoy la gente responde cuando la llamamos es por eso, no porque tengamos dinero ni un gran centro. Nuestra tarjeta de presentación es la rigurosidad con la que Rufo Criado y Javier del Campo han trabajado», defiende Óscar Martínez y añade que el reflejo de ese buen hacer es el catálogo, que es lo que queda de cada proyecto expositivo. «Algunas exposiciones las hemos visto fusiladas en otros sitios, algo que te da rabia pero al mismo tiempo te indica que algo estás haciendo bien», destaca.

Esos catálogos, que llevan el sello del diseñador Tomás Sánchez, se preparan con mucho tiempo. «Hay que distinguir entre imprimir y editar», observa Del Campo. Contacta con meses de antelación con los expertos que participarán con sus textos en ese libro «que no solo refleja la exposición sino que tiene una vida propia y puede ser leído y visto veinte años después sin ningún problema».

Aunque, probablemente, a ese lector no le emocione tanto como los responsables de Cultural Cordón esperan que lo haga cada una de las exposiciones que orquestan. «El hecho cultural te tiene que remover. Queremos que el público se pregunte cosas, no que atraviese la puerta y nos diga qué bonito lo hemos dejado todo. El discurso es esencial», convienen.

Y la cuenta atrás para un nuevo relato ya ha comenzado. Tres, dos, uno...

Un fértil vivero de empresas
Ciento cuatro exposiciones después, el montaje funciona como una máquina casi perfecta. Cada profesional tiene su cometido y el mercado burgalés cubre cada necesidad. Pero no siempre fue así. El responsable de Educación y Cultura de la Fundación Caja de Burgos llama la atención sobre el vivero de empresas especializadas en este sector que ha generado la inercia del trabajo en Cultural Cordón y en el CAB (más el de otras instituciones). Algunas convertidas ya en referente fuera de Burgos. Habla de Título (artes gráficas), Seltron (vídeo y sonido), Estenopo (fotografía y edición de audiovisuales), Eurobur (carpintería), MQD (adaptación de textos para discapacitados)...

Los otros nombres propios 

El del artista no es el único nombre propio de una exposición. Intervienen muchas manos para convertirla en realidad. Comisario, prestador, correos, agente de seguros, transportista, restaurador, carpintero, pintor de brocha gorda, fotógrafo, diseñador gráfico, educador, traductor para la audioguía, señora de la limpieza... Y el equipo de montaje.

Faltan ocho días para la inauguración. Baile de parejas en el antiguo Palacio de los Condestables.
Diego González y Javier Azpeleta -junto con Fernando Muñoz son las caras visibles de la sala para el público- ya no se pisan los pies. El primero lleva 16 años. El segundo, 32, y vive su última muestra. Se jubila en menos de dos meses. Y ya ha perdido la cuenta de las alcayatas que ha colocado.

«Esto es como venir a la escuela con gusto. Aprendes, trabajas, te ríes... Yo llevo aquí 32 años porque no me he cansado. Si no lo haces con alegría no merece la pena», comenta reticente a parar el taladro y, aunque guarda en la memoria muchos recuerdos relacionados con los artistas -no selfis-, el que conserva con más ilusión es la comida sorpresa que le prepararon sus compañeros «por ser la única historia viva del Cordón».

El relevo llegará con Tania Araguzo. Lo mira todo con atención, pregunta, echa una mano... Quién dijo miedo. Confía en aprender rápido.

Contará para ello con Diego, que recoge el polvo del taladro en un sobre abierto. Los trucos caseros también valen. «El montaje es lo que más me gusta. Es dinámico, ameno, cuando estás vigilando la exposición o al frente de la taquilla es más rutinario», dice encantado de todo lo que ha aprendido. «Cuando entré aquí no tenía ni idea de arte y ahora conozco un poquito, sobre todo porque tanto Rufo como Javier nos han enseñado mucho», añade. Para el jefe solo tiene piropos.

Ha habido momentos duros. Pocos. Recuerda que lo pasó mal en la muestra que reunía cincuenta años de escultura en España. El camión que transportaba la obra se averió en el Alto de la Varga. Hasta el día siguiente no pudo venir otro vehículo -no vale cualquiera, debe estar acreditado-, restaron una jornada al poco tiempo que ya tenían y, para más inri, Rufo Criado, coordinador entonces, hizo crack. «Al final lo recuerdas con cariño, pero lo pasamos fatal». Como contrapartida, recuerda los buenos momentos que vivió con Pedro Calapez, que expuso en el CAB, que hasta le regaló un dibujito suyo.

La otra pareja que ocupa la pista son Gerardo Rubia, restaurador, y Julián Valle. También trabajan juntos desde hace tiempo.

Para Valle, pintor, finalista del prestigioso BMW, el momento más mágico es cuando se sacan las obras de las cajas. «Pasar de verlas en un libro al natural a una cuarta de la nariz impresiona y algunas te ponen el vello de punta», anota y apunta a un Tiziano, «que no puedes ver tan cerca ni en un museo», o uno de los bodegones de Sánchez Cotán.

En esos momentos, reconoce, la responsabiliza pesa. Pero, matiza, todas las obras son mimadas y cuidadas por igual. No importa a cuánto cotice su autor. Algunas veces, dice, aunque puedan parecer menores te sorprenden. ¿Nombres? Para otra ocasión.

Gerardo Rubia es restaurador. Arreglar cualquier tacha en las obras y la limpieza es cosa suya. Como la Piquer, viaja siempre con sus baúles. La misma sala suele ser su quirófano. El montaje es otra faceta. Y le divierte. «Hay una parte muy creativa porque tienes que solucionar imprevistos, conseguir que cada obra se exhiba de la mejor manera y, a veces, te encuentras ante verdaderos retos como cuando conseguimos recrear una capilla egipcia», afirma y, salvando las distancias, se compara con los artífices de los efectos especiales en las películas. «Es muy gratificante», concluye y agradece, acostumbrado como está a la soledad del restaurador de patrimonio, formar parte de un equipo durante unos días.

La mañana avanza. La orden del jefe es clara. ‘Vámonos a tomar un café’. El buen rollo es evidente. Relajados, recuerdan mil y una anécdotas. Algunas inconfesables. Otras inolvidables. Como los sudores que padecieron con la exposición de Diego Rivera en 2011. Se inauguraba un jueves y las obras llegaron el miércoles a las nueve de la noche. Respiraron cuando las vieron y se fueron todos juntos a cenar. Los esperaba por delante toda una noche de trabajo. Acabaron de madrugada. Pero no se escucharon lamentos.

 

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