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HISTORIA / DIVULGACIÓN

La Vida de Cerezo y de su ‘Santo imposible’

Rufino Gómez y Juanjo Martín abordan la figura de San Vitores y el día a día en el siglo

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
31/05/2017

 

Les une su pasión por la historia y el afán de rescatar esas historias que se transmitían de generación en generación y que por desgracia van cayendo al pozo del olvido. Rufino Gómez y Juanjo Martín llevan las raíces de Montes de Oca impresas en su ADN. Los dos han dedicado buena parte de su vida a investigar el pasado de su tierra y mantener vivo su legado. Desempolvan el viejo cajón de los recuerdos para encontrar auténticas joyas en su interior. En definitiva, se les puede considerar cazadores de tesoros ocultos a simple vista.

Lo han vuelto a hacer, cada uno por separado, y la prestigiosa revista riojana de cultura popular Piedra de Rayo no ha desaprovechado la oportunidad de incluir en sus páginas sendos artículos con importantes aportaciones históricas de Cerezo de Río Tirón.

Gómez, oriundo de Belorado, catedrático de Física y Química y divulgador por antonomasia, ofrece en esta ocasión una intensa radiografía de San Vitores, al que denomina en el título de su escrito como ‘Un Santo sin cabeza’. Lo que pretende el autor con este exhaustivo trabajo de investigación es desmitificar algunas «afirmaciones hagiográficas que durante siglos han marcado la historia de la zona».

Según sus propias palabras, su figura es la de un «Santo imposible», pues «quizás sus orígenes haya que buscarlos en el decapitado patrón de Marsella, San Víctor». Y no solo eso, también asegura que «los dominicos le convirtieron en una ‘copia’ de San Dionisio de París y le hicieron sufrir martirio y predicar durante tres días con su cabeza entre las manos».

Murió en la cruz al igual que Jesucristo, solo que 10 siglos más tarde. La leyenda de la que Gómez se hace eco cuenta que «hizo brotar una fuente salutífera» y que escogió el lugar de su enterramiento «tras matar a una serpiente». Partiendo de esta base y dada la «toponimia y la ubicación del santuario en Fresno de Río Tirón», los habitantes de la zona entendieron esta «victoria sobre la culebra» como «el triunfo de San Vitores sobre un culto precristiano dedicado a la divinidad de los límites, la divisoria entre Cerezo y Fresno».

El investigador beliforano también aborda la construcción del templo, «primero dominico y luego franciscano», bajo el patronato de los Condestables de Castilla. De ahí viaja al presente para recordar que «hasta allí siguen subiendo a ‘pedir agua’ los vecinos de varios pueblos de Burgos y La Rioja». Estas romerías constituyen, a su juicio, el mejor «ejemplo» de la «antigua unión entre los vecinos del Oja y el Tirón».

Carta desde Chile

La investigación etnográfica del historiador pradoluenguino Juanjo Martín da un salto en el tiempo para situarse a principios del siglo XIX. Mi querida madre Juana relata la «vida cotidiana en Cerezo de Río Tirón y sus aldeas» partiendo de una carta que el cura Felipe de Sagredo y Fresno remitió a su madre, Juana de Fresno Gómez de Gayangos, «vecina de Cerezo», en 1818. En ese momento, tal y como apunta Martín, el clérigo se encontraba en la parroquia de San Juan Evangelista de Santiago de Chile, «a más de 10.000 kilómetros de distancia».

El escrito se localizó en la sección de protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Burgos y su contenido es la «excusa» perfecta para conocer diversos «aspectos de la vida cotidiana» del Cerezo de aquella época. El texto da mucho de sí en este sentido, pues aborda «cuestiones municipales como los abastos, contratas para traer el vino, sobre la construcción del puente del río Tirón, sobre aprovechamientos de los montes comunales, el comercio comarcal o la enorme importancia de la ganadería lanar».

El también docente de la Universidad de Burgos (UBU) detalla además que la carta habla «de las aldeas dependientes del corregidor cerezano, de los estragos de la Guerra de la Independencia o de episodios jugosos como el robo por parte de unos italianos de las joyas parroquiales».

Pero hay más, el religioso tuvo tiempo de escribir sobre las «cuitas de boticarios y maestros» o el «arreglo de las iglesias». Y «cómo no», apostilla Martín, hace referencia a las rivalidades entre pueblos vecinos que «solían acabar en peleas» y que finalmente «se dirimían en las romerías del cercano convento de San Vitores».

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