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Artes escénicas

La vida es un cuento de fantasía

La Compagnie Créature dibuja pequeños mundos de ensueño habitados por ‘Los irreales’, que guían al público hasta sus propias vivencias en el amor, muerte, infancia, amistad... En el Monasterio de San Juan hasta mañana

A.S.R.
29/12/2017

 

Las luces se apagan a las diez de la noche, pero la oscuridad no consigue deshacer la magia que dibuja en cada uno de los espectadores los fantásticos y románticos personajes que componen Los irreales, la instalación escénica que la francesa Compagnie Créature mantiene en el Monasterio de San Juan hasta mañana (de 18 a 22 horas, entrada libre).

La penetrante mirada del soñador de amigos imaginarios mientras pinta un retrato, el picarón pestañeo de la zurcidora de corazones y la bordadora de amores tras coger al vuelo el beso de la dueña de una bufanda de la que prenden un corazón de hilos rojos o el consuelo que hilvana con su aguja la calentadora de inviernos mantienen en danza al espectador incluso después del baile final.

Piluca, una burgalesa que vuelve a casa por Navidad desde Madrid, con su marido, Félix, y sus hijos, Estela (7 años) y Nico (5 años), sale de San Juan maravillada. «Ha sido como formar parte de un cuento. Esto te lo encuentras en París o Londres y es la bomba y ¡lo tenemos aquí!», resalta orgullosa de su patria chica después de recorrer y participar en cada uno de los pequeños mundos creados por esta propuesta escénica. «Es maravilloso. Los personajes miran a los ojos, que es algo a lo que los niños no están acostumbrados. Es el mundo de los sueños. Precioso», enfatiza minutos antes, mientras el pescador de esperanzas deposita una, pequeña y de cristal verde, en las manos de su marido, sobrecogido aún por el acompañador de ausentes: «Me ha parecido muy emotivo».

Es la opinión unánime. Casi sin palabras se encuentra Manuel después de deshacer el «reconfortante» abrazo en el que se funde con el soñador de amigos imaginarios. «Se crea un ambiente de misterio y fantasía muy agradable. Nos contagian la ilusión. Es una vuelta a la infancia», añade este gaditano que también cada Navidad viaja desde la cálida Tarifa (Cádiz) hasta la gélida Burgos, tierra de su mujer, Angélica. Con ella y sus hijos, Manuel Antonio y Angélica, completa los mágicos momentos que regala esta propuesta que da tantas vueltas como la vida.

Los irreales no hablan con palabras, sino con la mirada y sus gestos. Enmascarados y con sus ropajes con pieles, encajes, lanas o hilos habitan un cuento que nunca es el mismo. Cada persona escribe el suyo.

La arrulladora de infancia emociona a un abuelo que no quita ojo a su caballito de cartón y encandila a un grupo de niñas que no abandonan la primera fila, mientras en la última sus madres rompen la magia del silencio con una prosaica conversación. El acompañador de ausentes, rodeado de campanillas, de figuras un tanto siniestras y nombres escritos en tiza, ahuyenta a quienes temen ver a la muerte de cerca y sobrecoge con su melodía a quienes han sufrido una pérdida reciente. La tejedora de lazos y la trazadora de caminos suman fuerzas para coser vidas solitarias, calzar sueños imposibles o hilvanar aventuras que giran sin fin...

«Es un universo estético con personajes medio humanos, medio animales que representan las emociones que marcan la vida: amor, dolor, tristeza... Cada espectador vive su propia experiencia porque depende de su estado de ánimo. El público viene a compartir algo o no, a encontrarse con algo o no, como en la propia vida», expone Marie Dubois, miembro de la compañía francesa, sobre este espectáculo creado por Lou Broquin que marca el camino para que los seres humanos sigan soñando. Una guardiana vela para que este hilo no se corte.

 

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