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Ciclismo / Vuelta a Burgos

Los sueños rotos de un ídolo con pies de barro

La semana pasada fue hallado sin vida el vencedor de la Vuelta a Burgos 1994 / Justo hace 24 años vivió su semana de gloria / Venció en Lunada y en Las Lagunas para hacerse con el maillot morado

 

Quiebros del destino. El pasado viernes fallecía Armand de las Cuevas. Otro 3 de agosto, pero 24 años antes, allá por 1994, el talentoso ciclista francés, enrolado entonces en las filas del Castorama, conseguía su segunda victoria en apenas cuatro días en la Vuelta a Burgos.
Aquella edición de la ronda morada, la XVI, contó con seis etapas en su trazado. El bravo pero poco disciplinado corredor galo se hizo con el maillot de líder en la ascensión al puerto de La Lunada -muy cerquita del punto en el que concluyó la etapa de ayer-. Allí logró imponer su ley con pasmosa facilidad y una clase fuera de discusión.
Estaba completamente lanzado. Era su año. De las Cuevas quería provechar su gran momento. Y tenía por delante una gran oportunidad. 3 de agosto de 1994. La etapa reina de la Vuelta a Burgos, la ascensión a Las Lagunas de Neila, determinaría el nombre del ganador.
Llegaba a la cita con apenas medio minuto de ventaja sobre tres consumados escaladores (Lale Cubino, Oliveiro Rincón y Fernando Escartín). Entre todos ellos prepararon mil y una encerronas al francés.
Pero el galo, genio y figura, estaba muy seguro de sus opciones. Respondió a todos los ataques y se quedó pronto en cabeza con Cubino, Poulnikov y Vandalaer. Pasaban los kilómetros y no podían con su potente enemigo, que lejos de amilanarse puso el turbo y les dejó a todos con un palmo de narices para entrar en línea de meta en solitario y a lo campeón.
Conocía el terreno a la perfección, pues ya había estado presente en la carrera en otras dos ediciones (en 1989 fue 49º y en 1992 se quedó al borde del podio, en cuarta posición).
Un triunfo con el que certificó su victoria final en la Vuelta a Burgos. Incontestable, con dos victorias en las etapas reinas. Para el recuerdo quedó su epopeya. Y entró en el capítulo de leyendas de la ronda provincial.
Un par de días después prolongó su idilio con el éxito en la Clásica de San Sebastián, donde también inscribió su nombre en el palmarés de campeones.
Fue sin duda su semana de gloria deportiva en el mejor año de su carrera, con triunfos en una etapa del Giro y el Tour de Romandía.
El pasado viernes, con tan solo 50 años, uno de los corredores con mayor talento natural de las últimas décadas falleció en su retiro de la Isla Reunión. En este territorio de ultramar en medio del Índico finalizó la trayectoria vital de un ciclista del que sus compañeros aseguraban que tenía tanta clase como conflictos con la vida.
De hecho llegó al mundo del ciclismo no por vocación, sino por una imposición paterna, que veía en las cualidades de su hijo una vía de sacar a flote económicamente a la unidad familiar. Lo que verdaderamente le atraía era el boxeo.
En 1989, a los 21 años, había comenzado su carrera profesional en el Banesto de Miguel Indurain. Diez años más tarde colgó la bicicleta, se hizo con unos guantes y disputó tres combates. Ganó dos y perdió uno a los puntos.
Sus rarezas, su espiritualidad, su carácter impulsivo y rebelde.... su búsqueda de un algo que nunca encontraba no le permitieron vivir en paz consigo mismo. Tras dejar Banesto aseguró haber «encontrado la luz». Pero la oscuridad no tardó en volver a envolverle. Eligió Reunión para reencontrarse a sí mismo, pero la pasada semana fue encontrado sin vida.
Muchas han sido en los últimos días las muestras de pesar por su desaparición de todo el pelotón internacional. También Movistar, el heredero de aquel Banesto, se ha sumado al duelo con una sentidas palabras. «Corazón y espectáculo sobre la bici. Consiguió 15 triunfos con nuestro equipo y facilitó muchos otros al lado de figuras como Miguel Indurain». ‘Repose en paix, champion’.

 

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