El Correo de Burgos | Miércoles, 25 de abril de 2018

Arte

El veraneo de los caballetes

Luis Alberto Portilla, Severiano Monge y Beatriz Marcos comparten su experiencia como avezados participantes en los numerosos concursos de pintura al aire libre que, de mayo a octubre, hacen que salgan de sus estudios y tomen las calles

A.S.R. 03/08/2017

El tiempo también pasa para los concursos de pintura al aire libre. Lamenta Severiano Monge, que lleva casi dos décadas de pueblo en pueblo con sus bártulos, que ahora es muy raro que algún viandante se enamore del cuadro y se cierre un acuerdo de compraventa aquí y ahora. Esta imagen, cuenta, era fácil de ver antes de que llegara la crisis económica. Ahora es un rara avis. Lo que cuesta poco es entrar en un pueblo y encontrárselo tomado por un disperso pelotón de pintores. Una estampa bucólica y romántica cada vez más frecuente. La convocatoria de concursos de pintura al aire libre es un fenómeno in crescendo. Solo la provincia de Burgos cuenta con un buen puñado: Salas de los Infantes, Covarrubias, Lerma, Villanueva de Gumiel, Aranda de Duero, Silos, Medina de Pomar, Frías, Burgos, Caleruega, Espinosa de los Monteros, Miranda de Ebro, Peñaranda de Duero...

El ya citado Severiano Monge, Luis Alberto Portilla y Beatriz Marcos han coincidido en más de uno, tanto de Burgos como de allende sus fronteras.

El artista ribereño es el más experimentado en estos menesteres. Ha sido testigo de cómo ha menguado la cuantía de estos premios y también del cambio de actitud en el público.

«Antes había más partida en los ayuntamientos para Cultura y se nota. También se movía más dinero en la calle. Los bolsillos se movían con alegría y se compraba obra. El cuadro que hacías que no optaba a premio porque era más bien modernito, llegaba una persona y lo adquiría allí mismo. Ahora tienes que ir a ganar el concurso, la gente prefiere dedicar sus ahorros a irse de vacaciones. Las casas también son pequeñas y se va juntando todo», analiza Monge y añade: «Antes había premios de 700 euros como mínimo, ahora algunos son de 200. ¿Pintar un cuadro por 200 euros? Pues no, me quedo en casa y me lo hago a mi bola».

Pero aún queda lugar para la sorpresa. El pasado mes de junio, en Salamanca, no obtuvo galardón pero sí hubo quien se enamoró de su obra -una vista de la Plaza Mayor con la escultura Gran elefante de Miquel Barceló en primer término- y se lo compró. Lamenta no poder contar con esa pieza en la exposición que hará en octubre en el Arco de Santa María. Sí podrá colocar, sin embargo, la que realizó el pasado fin de semana en Sasamón. Después de madrugar con la mirada puesta en el certamen de Guijuelo, se lo pensó mejor, aparcó el coche en la villa burgalesa y volvió a casa al mediodía tras tomar un vermú y más que satisfecho con su nueva criatura.

La exigua dotación económica es una apreciación compartida. Portilla sostiene que algunos ayuntamientos le están echando mucho morro. «Vamos a los concursos con una ansía muy rara porque los premios son bajos, con 1.000 euros montan uno y se quedan con tres cuadrazos a elegir. Nos tienen engañados porque nos gusta la actividad porque lo que son los premios están de capa caída», indica al tiempo que entre los participantes en estos certámenes distingue entre los concurseros profesionales, que van a ganar sí o sí, y los que dejan la competición en un segundo plano, como es su caso.

«Normalmente, los concurseros siempre pintan el mismo cuadro, parecen obreros, incluso me han comentado que se llaman para no coincidir en algunas citas y tener más opciones de ganar. Hasta se interesan por quiénes compondrán el jurado por si tienen o no opciones de vencer», señala el artista que se aleja de este perfil para encajar en el opuesto, el de la persona que va a disfrutar, a probar cosas nuevas e imprimir distintos ritmos y técnicas a la pintura, a aprender de los colegas, a intentar sorprenderse con trabajos propios y extraños...

A veces también asombra al jurado y regresa a casa con una corona de laureles. Hace un mes triunfó en el IX Certamen de Pintura Rápida Villa de Sahagún (León).
Tampoco le está yendo mal la temporada a Beatriz Marcos. Ha salido victoriosa en el XXIII Concurso de Pintura Rápida Memorial José María del Río Moreno de Salas de los Infantes y cosechado sendos segundos premios en los de Santurce (Vizcaya) y Santo Domingo de Silos.

Ahí está, en opinión de la pintora, la clave para decir si compensan o no económicamente.
«Si de vez en cuando te llevas algún galardón está bien, pero es que hay mucho gasto detrás. Para ganar uno tienes que ir a un montón porque es muy difícil, hay gente que se dedica a ellos, lleva toda la vida y la experiencia cuenta. Si vas de vez en cuando, lo tienes complicado y cada fin de semana es dinero que pierdes. Te conlleva viajes en el coche, gasolina, quedarte a dormir muchas noches si el pueblo está lejos, material... Al final, el premio no es tanto dinero porque también te lo gastas», advierte esta creadora que se adentró en este mundo hace cinco años y se mantiene en él con mucho tino.

El año pasado consiguió un primero en Logroño, sendos segundos en las localidades vallisoletanas de Olmedo y Serrada, un tercero en Covarrubias, además de estar seleccionada en el AXA Catedral de Burgos, uno de los que más cuantía reparte en premios. En 2015, ganó en Leioa (Vizcaya) y obtuvo un segundo en Salas y un tercero en Olmedo. Y en 2014 arrasó. Subió a lo más alto del podio en Monteagudo (Navarra), Caleruega (Burgos), Alfaro (La Rioja) y Erandio (Vizcaya) y se quedó en el segundo cajón en Covarrubias y el Centro Burgalés de San Sebastián más un accésit en Espinosa de los Monteros y una mención en Etxebarri (Vizcaya).

Beatriz Marcos (Burgos, 1984) se entregó a los brazos de las Bellas Artes gracias a su tía, Ana Garrido, también pintora. Recuerda que cuando era niña la acompañaba a alguna de estas convocatorias. Ahí se quedó la cosquilla, aunque no aflorara hasta hace un lustro, cuando su marido, que no es pintor, pero la ayuda en el montaje de bastidores, la animó a ponerse en carretera. Desde entonces, la enfila cada fin de semana con los bártulos pintureros y la familia a cuestas.

Concurre para llevarse el premio, por supuesto, pero, además, asegura que está aprendiendo «un montón». «Me obligo a pintar, a sacar un cuadro en unas horas, y esto hace que sueltes la mano y notes más agilidad, aunque también corres el peligro de coger malas mañas. Al final, pintar es un oficio y cuanto más tiempo le dedicas más vas mejorando, no es algo que se aprenda de la noche a la mañana», destaca.

Y es que el método de trabajo de la pintura al aire libre difiere bastante del que se desarrolla en el estudio. La calle no permite ni la reflexión, ni la dilatación en el tiempo ni la posibilidad de pasar de una obra a otra en función del momento de inspiración que sí propicia el taller. En cambio, este no siempre da pie a la frescura y espontaneidad.

«Es más, aunque no cambie la temática, también es diferente. Por ejemplo, pintar un paisaje es muy distinto en el estudio y en la calle. En el interior lo haces a partir de una fotografía, con un sujeto estático, pero cuando lo recoges in situ, el paisaje es muy dinámico, cambia cada cuarto de hora y tienes que hacer un esfuerzo de retención, de imaginación... Hay una metodología en el enfoque, diseño y ejecución del cuadro diferente», se explaya Portilla.

No hay tiempo que perder. Los días comienzan temprano para quienes asisten a los concursos de pintura rápida.

A Beatriz Marcos le gusta conocer el pueblo y localizar el lugar donde colocará su caballete antes de sellar el lienzo. Esa parte previa, asegura, lleva bastante tiempo. Después, solo falta ponerse.
«Este año me estoy yendo a los oficios. Si son localidades grandes, me meto en sitios típicos del lugar como obradores o pescaderías -la obra ganadora de Salas era una vista de una de ellas-, pero esta temática en pueblos no encaja y es necesario recorrer el sitio», explica la artista burgalesa.

Luis Alberto Portilla (Santander, 1960) se lo toma con calma. Va relajado. Sella el cuadro. Se toma su cafelito. Y da un paseo por el municipio. «Decido si me apetece pintar o no porque no siempre lo hago». Este año ya se ha ido de dos concursos sin presentar cuadro. En uno no halló rincón en el que se sintiera cómodo y regresó a casa sin dar una pincelada, mientras en otro se volvió con su lienzo bajo el brazo poco convencido del resultado final.

«Soy persona poco concursera en el sentido de la competitividad», reitera el autor que este fin de semana ha puesto su mirada en Otero de Guardo (Palencia), una provincia que le inspira mucho.

Severiano Monge (Aranda, 1962) se mueve por todos los sitios, aunque no suele bajar de Madrid. Solo se recuerda en una ocasión en Granada. «Teniendo como tenemos Burgos, Segovia, Salamanca o incluso Valladolid, quién te manda ir más allá», suelta y apunta a Segovia como una de las provincias con más movimiento. Al mismo tiempo llama la atención sobre la dificultad de salir victorioso de ella. «Los segovianos son muy suyos. Si hay tres premios, dos son para dos paisanos y el tercero ya veremos. Aquí somos al revés. Todo lo de fuera es buenísimo y que reconozcan lo de dentro cuesta la de Dios», dice divertido antes de sacar el látigo contra las citas burgalesas. «Los jurados son muy parecidos y a los de la capital los tienen en un altar, pero a los de los pueblos ni nos miran los cuadros», se queja.

Con todo, tiene el currículum cargado de galardones. Recientemente, se vino con premio del San Pedro Regalado de Valladolid y de Palencia. Su nombre aparece en la historia de los de Laguna de Duero, Quintanilla de Arriba (Valladolid), Sacramenia (Segovia), Baltanás, Torquemada, Dueñas, Tariegos (Palencia), Macotera (Salamanca), Comillas (Cantabria)...

La gira que emprenden todos los veranos por los pueblos de aquí y de allá es otro de los atractivos de esta actividad a ojos de Portilla. «He conocido un montón de sitios donde no hubiera ido de otra manera y, además, suelen ser singulares porque los concursos se hacen en lugares turísticos», ilustra y celebra haber podido pintar en el interior de las plazas de toros de León y de Huerta de Rey.

«A mí me encanta pasear y charlar y ver lo que hacen los compañeros. No me planto en una esquina como un autista y me pongo a pintar como un loco hasta que termino el cuadro. Me gusta ese ambiente», señala y recuerda con alegría la comida colectiva que orquestan en Motrico o aquella vez que un lugareño le llevó a su casa para que viera cómo pintaba su hija. «Para pintores despreocupados como yo, cada concurso es una aventura». Y tanto a él como a Severiano Monge y Beatriz Marcos les quedan muchas por vivir este verano.