El Correo de Burgos | Lunes, 23 de julio de 2018

La gestión burgalesa que logró la expedición de Magallanes y Elcano

Cristóbal de Haro y los mercaderes burgaleses financiaron la primera vuelta al mundo / Juan Rodríguez Fonseca, ideó su estructura / El objetivo: dominar desde Burgos la venta de especias

MARTA CASADO / Burgos 08/04/2018

Con su bola del mundo, con un espacio en blanco más allá del río de la Plata en las Américas, Fernando de Magallanes sale de Lisboa, enemistado con el rey de Portugal, y se dirigen a la corte del rey Carlos I. En la ruta hacia Castilla le acompaña Cristóbal de Haro, mercader burgalés con desarreglos económicos con el rey portugués, y que tiene hilo directo con quienes manejan los hilos del mercado indiano: el obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca.

El portugués tenía claro que la tierra era redonda, lo había constatado en sus múltiples viajes y tenía una obsesión: lograr la misión que Cristóbal Colón no pudo cumplir. Alcanzar la Especiería por el oeste para evitar la zona de influencia de Portugal. Así empieza la apasionante historia de la primera circunnavegación del globo terráqueo en la que el protagonismo burgalés está presente de principio a fin aunque, en plenos fastos sevillanos para celebrar el quinto centenario de la gesta, poco han trascendido.

La primera parada de este viaje está en el Consulado del Mar. Una institución creada por los Reyes Católicos en 1494 como Real Consulado del Mar, Casa de Contratación y Universidad de Mercaderes de Burgos. Es el centro neurálgico del comercio de lana y otros productos con Flandes, Francia e Inglaterra. La conexión con los puertos cántabros y vascos hacen florecer una suerte de alianza entre gestores y navegadores en la zona norte.

Su capacidad para prestar dinero al rey Fernando el Católico en la expansión del reino permite crecer su radio de influencias allende los mares. «En los archivos del Consulado del Mar, hoy en el Monasterio de San Agustín, hay una serie de libros de cuentas con una relación de 1524 de un montón de mercaderes burgaleses que prestaron dinero a Fernando el Católico desde 1508 y no habían recuperado su dinero y, como no tiene liquidez para devolverlo empieza a pagar con cargos», señala la americanista y profesora de la UBU, Adelaida Sagarra. Además, como relata la investigadora, «los emprendedores mercaderes burgaleses no se van a limitar con lo que tienen y empiezan a mirar a América y los puertos para interactuar, comerciar, gobernar y, algo muy importante entonces, contar con información directa y no sólo la historia oficial que llega a Castilla», revela.

Así, Fernando el Católico, concede el cargos oficiales a burgaleses en lo que hoy es Haití, Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico y Jamaica. En todos esos puertos ya se habla de otros viajes, de la búsqueda de otras rutas que permitan llegar a las especias del continente asiático.

Las rutas e intentos por dominar nuevas tierras, nuevos puertos y abrir canales de comercio se suceden. En todas ellas la dirección, los contactos y los fondos se gestionan desde la Catedral de Burgos. El obispo Juan Rodríguez de Fonseca maneja los hilos del comercio indiano desde los tiempos de Isabel la Católica y Cristóbal Colón. Bajo su gestión se crea la Casa de Contratación de Sevilla, que manejaba el comercio con América. Ya como obispo de Burgos será clave en la política indiana de Carlos I y en la inclusión del poderío económico burgalés en la primera vuelta al mundo. «En un ataque de prudencia del joven rey acude a Fonseca para saber si el proyecto es viable o no, el dice que sí pero que no hay dinero y empieza, carta tras carta, para convencer al rey de la necesidad de dinero y serán los burgaleses quienes lo obtengan», señala la profesora de la UBU. A cambio controlará el comercio de especias con la población local.

En Sevilla, el puerto más importante del mundo, están presentes los burgaleses. La Casa de Contratación de Sevilla tenía tres gestores en cada época, en ella la presencia de vascos y burgaleses es constante. Juan de Cartagena, que vivió en la que hoy es calle de Fernán González, era uno de ellos y fue, mediante la intermediación de Fonseca y Haro, quien abrió el camino a Magallanes para empezar a preparar el viaje que terminaría por dibujar el globo terráqueo.

Mientras se arman y equipan las cinco naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) con una tripulación de 239 personas, los cerebros del proyecto en la sombra (Cristóbal de Haro que obtiene los fondos con la colaboración de los Fugger, banqueros centroeuropeas, y el Obispo de Burgos) y la corona desconfían de Magallanes y sus formas de gestionar la conquista y la tripulación. Van colocando sus peones en el viaje. «Ellos manejaban todos los hilos pero no se montaban en el barco, tenían una capacidad increíble», reseña Sagarra. Así, Magallanes debía obediencia a Juan de Cartagena, también burgalés. Como máxima autoridad judicial en caso de conflicto viaja el burgalés Gonzalo de Espinosa. En la nao San Antonio todos son burgaleses y vascos «es la navío de seguridad».

La desconfianza tenía fundamentos reales y el viaje transcurre sin problemas hasta Canarias. «Magallanes es portugués y no va a América como los castellanos, navega hasta el Golfo de Guinea y en Cabo Verde van a América, los españoles llegan al paralelo 28 norte y se dirigen a las Antillas mayores... Cartagena le apremia pero Magallanes pasa olímpicamente de el y acaban navegando a la portuguesa». Llega el invierto y acaban parados en la Bahía de San Julián, en La Patagonia, donde se materializa el botín y la división entre portugueses y castellanos. Magallanes deja tirado en La Patagonia a Juan de Cartagena a quien Fonseca trata de rescatar en otra de las expediciones. Nunca más se sabrá de el. Allí la nave burgalesa, la San Antonio, se vuelve a Castilla para contar el motín.

Cuando vuelve el buen tiempo llegan al estrecho en un viaje «penosísimo que tardan un mes en cruzar hasta llegar al Pacífico». Es el estrecho de Magallanes. «A partir de ahí es un mundo desconocido, empieza a escasear la comida fresca, comen cualquier cosa, cuecen trozos de cuero para recrear la sensación de que comen algo, se quedan sin agua dulce y beben su orín, cada día muere alguien», resume Adelaida Sagarra. Pero llegan a Filipinas donde Magallanes vuelve a hacer de las suyas, se entromete entre gobernantes locales y en una cena, que es una emboscada lo matan.

Era 1521. A miles de kilómetros la influencia burgalesa de Cristóbal de Haro vuelve a tener presencia. En la nave de Magallanes navega, de forma discreta y en la sombra pero sin perder detalle, Juan Sebastián Elcano, un hombre del mercader burgalés. Encaran el viaje final a Las Molucas con dos naves. No había tripulación para más. Así llegan a puerto la nao Victoria y la Trinidad. En puerto, cuentan las crónicas, que cargan tal cantidad de pimienta que las naves empezaban a hundirse y lo acabaron tirando parte al mar.

Para la vuelta, Elcano se plantea volver por otro lado porque la travesía del Pacífico sin posibilidad de arribar a puerto para obtener agua dulce, fruta o verdura fue muy dura. Pero para lograrlo tenían que ir por el trazado portugués. Se separan para la vuelta. La Trinidad, que va por zona castellana, es capturada por portugueses, sus tripulantes vendidos como esclavos. Uno de ellos llega a Lisboa donde se escapa y vuelve a Castilla para contar lo que pasó. Elcano, a bordo de La Victoria, atraviesa el Índico, bordea África atravesando las dificultades del Cabo de Buena Esperanza y arriba a Sanlúcar de Barrameda y Sevilla cargados de pimientas y con tan solo 18 hombres famélicos y a punto del desmayo. «Económicamente el superávit fue enorme, el precio en vidas humanas muy grande», señala Segarra.

La influencia burgalesa no se pierde. De hecho en el segundo viaje de Elcano una de las naos se llama San Lesmes, patrón de Burgos y en cuya iglesia está enterrado Cristóbal de Haro. El es de los primeros en saber que su nave que ha demostrado que la tierra es redonda y que, cargada de especias pero casi sin gente, ha regresado a Sevilla. Acto seguido, la noticia le pilla en Valladolid, manda un comunicado al Consulado de Burgos para que en la ciudad sepan que se ha conseguido ‘lo del Maluco’.

Con esta nueva conexión comercial los hombres de Burgos pugnan por una segunda Casa de Contratación. Se ubica en La Coruña y Cristóbal de Haro será su factor. En las Molucas se instala como oficial real un burgalés de la familia de los Covarrubias. Pero el negocio de Las Molucas dura poco. En 1529 se firma el Tratado de Zaragoza en el que se acuerda el matrimonio de Carlos con Isabel de Portugal y se venden las Islas Molucas a los vecinos portugueses por 350.000 ducados de oro y 375 maravedís. El rey busca ser Emperador y el negocio pimentero burgalés se hunde. Cristóbal de Haro hace cuentas, e intenta obtener mercedes. Algunos documentos apuntan a que Haro prestó como factor de la Casa de la Coruña 9,3 millones de maravedís que «el burgalés nunca llegó a recuperar del todo».