El Correo de Burgos | Miércoles, 21 de noviembre de 2018

5:30 h. EL GABINETE

El síndrome del manolo

19/04/2018

Durante años, como si de un déjà vu recurrente se tratara, me ha ido llegando a la consulta un mismo tipo de caso: el de esa feliz pareja de enamorados que un buen día deciden casarse y enseguida tienen un hijo; tres años más tarde, la mujer quiere separarse y es ella quien solicita la consulta.

El padre prototipo de este síndrome trabaja todo el día, suele llegar a casa pasadas las siete de la tarde y no dedica jamás ese rato libre previo a la cena a bañar al niño. Este tipo de padre jamás solicita una reducción de jornada laboral o reorganiza su horario para estar dos o tres tardes con su hijo.

Antes bien, lo que suele hacer cuando llega tan tarde a casa es irse a correr para mejorar su marca personal de running o reunirse en el bar de la esquina con la cuchipanda.

Este tipo de hombre suele permanecer fuertemente vinculado a su madre por haber sido durante su infancia y adolescencia muy protegido y mimado por ella. Incluso en no pocas ocasiones sucede que más de una vez le ha sugerido a su esposa mudarse los tres a casa de la abuela.

Se trata de un padre algo narcisista acostumbrado a hacer casi siempre lo que le viene en gana. Si le apetece jugar al pádel un sábado por la tarde, se va sin avisar y punto; no pregunta en ningún momento si le corresponde hacer la colada o si hay que llevar al niño al cumpleaños.

En cuanto a la mujer, vemos que continúa con su trabajo y aporta dinero a la economía familiar, pero además, como cabe esperar, cuida de su hijo y atiende la casa. Es, en definitiva, una mujer ‘multitarea’ con escaso tiempo para ella misma, lo que conlleva que en pocos años pierda sus amistades y abandone progresiva y definitivamente sus aficiones. Tras innumerables y vanos intentos de diálogo con su marido para que las cosas cambien, se siente desesperada y confundida; sola ante la tarea de educar a su hijo y engañada en lo que a la relación conyugal se refiere.

En este punto, la mujer es plenamente consciente de que su papel respecto a la familia consanguínea de su marido se reduce al de mero satélite lejano, puesto que, entre otras cosas, su suegra únicamente tiene ojos para su hijo y su nieto.

Cuando llega la petición de divorcio por parte de ella, la reacción del marido postergado es acorde a su personalidad, disconforme y desdeñosa, y en lo tocante a su hijo, salvo que la suegra imponga el deseo de conservar al nieto en su regazo o un cierto ánimo vengativo (que a veces lo hay) avive el falso interés del padre, se hace patente su renuencia a la custodia compartida.

Con estas mimbres, lo raro habría sido que este último 8M no hubiera resultado todo un éxito.