El Correo de Burgos | Martes, 13 de noviembre de 2018

POR LA TANGENTE

Todos lo saben

12/05/2018

LAS PRUEBAS SE ACUMULAN y confirman mis sospechas. Lejos de ser el tipo gris sin empuje que muchos critican, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, es un sabio. Incomprendido, puede, pero sabio.


Ni retranca gallega ni lucidez en fuga, lo de este hombre es cuajo, que así se ha llamado en mi casa toda la vida a ser capaz de aguantar el temporal sin inmutarse y, si se tercia, soltar alguna perla que evidencie que estás por encima del mundanal ruido.


Él lo está. De ello daba sobradas pruebas en su reciente visita a Burgos, que de paso le sirvió para librarse de la pelea de gallinas que al mismo tiempo se libraba en Madrid. Con lo ‘agustico’ que estaba él en el Hospital de la Concepción, qué necesidad... Tanto que, deliberadamente o no, en medio de una intervención exprimida ya en todas las secciones de humor de radios y televisiones del país, el honorable condensó en una frase la esencia de la política local, regional y nacional -que de lo de más allá no me atrevo a hablar- y ni se le despeinó la barba.


En la frase a la que me refiero, que ha pasado desapercibida fuera de los límites burgaleses, hablaba de infraestructuras, como no puede ser de otra manera en estos lares aunque no logremos pasar de la fase oral en la materia. Aseguraba en ella su propósito de instar al Ministerio de Fomento a que «mire con buenos ojos» la reapertura del Tren Directo. Así va la cosa, chavales, que no os enteráis, espetaba mientras su subconsciente a los allí reunidos. Y sí, así va.


Porque ni la lógica, ni el compromiso, ni siquiera la rentabilidad -esgrimida como razón cuando conviene- están detrás del grueso de las decisiones políticas. Ejemplos los hay a puñados. Todo se reduce a que quien manda en ese preciso momento o lugar -o su jefe oficial u oficioso- vea o no con «buenos ojos» el asunto en cuestión. Parece complicado pero es tristemente sencillo, me temo, mucho más de lo que obliga una correcta gestión de la cosa pública.


Tal panorama es incluso ajeno a la aritmética electoral -llámenme descreída, no se equivocarán- pues el cambio, de haberlo, suele reducirse a los ojos que miran y no a las vendas que tapan los de los que permitimos que todo se reduzca a un vistazo bien echado.


Inversiones innecesarias, despilfarros, soluciones negadas, respuestas postergadas, grietas que crecen, eternos olvidos, proyectos faraónicos acabados a tiempo para la foto, promesas que solo son eso y apenas cada cuatro años... Sin pensar demasiado encontrarán ejemplos para cada referencia enumerada, más lejos o más cerca, incluso aquí al lado. Y Mariano lo sabe. Todos lo saben. Y seguimos igual.