El Correo de Burgos | Sábado, 22 de septiembre de 2018

EL EQUILIBRIO DEL TREN

From Burgos to Faro

24/07/2018

COMO de una de las más pretéritas costumbres gallegas, la de ir una vez en la vida a «abalar a pedra» a Muxía, por sus grandes propiedades atribuidas, igualmente cualquier motero debería ir, al menos una vez en la vida, a Faro, en el Algarve portugués. Dada la distancia, sólo algunos privilegiados gozan la suerte de asistir a la mayor concentración motera del mundo, con todos los permisos de Sturgis o Daytona. Este pasado fin de semana hemos acampado allí más de 15000 personas, incluyendo más de 10000 motos, que tiene su tela. Para los estadísticos decir que han venido casi tantas moteras como moteros. Tod@s, sin dejar su estética habitual y ornamental han dejado de tener aquel marchamo «injustificado» de gordos y barrigudos, han mantenido, eso sí, un estatus de compañerismo poco visto en otros colectivos.

Allí, todo se transforma y pasa a ser una mezcla de convivencia, perdón, no es el verbo correcto, cohabitación persona moto. La moto no sobrevive en medio de personas, es más bien cómo una persona sobrevive en medio de motos.

Las actividades, horarios, planes…, están dirigidos a una perfecta connivencia entre ambas realidades: persona-moto. Todo está tasado. Desde recepción, dónde el lacito rojo dará derecho a ir por cualquier parte, escoger el lugar de acampada, escuchar grandes conciertos «heavy» o comprar en tiendas que venden cualquier cosa relacionada con motos o de venta de comida y cerveza que también se consume en abundancia por allí, evitando en lo posible las privaciones consecuencia de la vida al aire libre, los cuarenta grados a la sombra, el polvo o el dormir en el crudo suelo, sin más auxilio que una mínima esterilla.

Ahora bien: no cabe un alfiler. Parece el Espolón burgalés en período de fiestas. Te saludan unos y otros: «buenas tardes», «buenos días», pero con el saludo motero: dos dedos en forma de V o directamente levantar el dedo gordo de la mano derecha, reflejando tácitamente qué todo va bien. 

Un programa simple. A todas horas heavy, ruido de motores de motos y el característico olor a gasolina que afortunadamente tapa otros olores que se acumulan por la mera concentración de personas. Todo perdonado. 

Hablando de Burgos. Esto tiene cierta similitud con las recientes fiestas burgalesas en las que se habló mucho sobre cómo habían quedado las campas después del acabar los eventos.

Quizá había que mirar un tanto hacia esta fiesta portuguesa y ver la forma cómo soluciona, aunque no en su totalidad, esta contrariedad. Los farenses amables y encantados con el negocio, admiten, pero arreglan en lo posible esta decepcionante situación evitando que un vaso de plástico o un papel duren en el suelo más de lo necesario. Bueno, de lo suyo gastan. La vuelta bien gracias.