El Correo de Burgos | Miércoles, 19 de septiembre de 2018

Música

Sonorama bulle al ritmo del sol...

La M.O.D.A. irrumpe por sorpresa y pone patas arriba El Trigo con un guiño al concierto que dio en esta plaza hace seis años. Los escenarios Charco y Santa Catalina se posicionan como lugar de peregrinación

A.S.R. 11/08/2018

Con los Héroes del sábado aún corriendo entre la marabunta desplegada desde El Trigo hasta el infinito de la calle Isilla, los confetis de colores bailando en el cielo y las botas de vino secas del líquido elemento, los miembros de La Maravillosa Orquesta del Alcohol, La M.O.D.A. se abrazaban extasiados, sudorosos, felices, satisfechos. Ellos, distintos, pero los mismos que tocaron en el mismo escenario hace seis años, pusieron patas arriba la mítica ágora. El murmullo tornó en grito cuando el director del Sonorama, Javier Ajenjo, se quitaba la camiseta para quedarse en una interior blanca de tirantes, que, ojo, no se pone ni en invierno. La cosa estaba cantada.

«A veces los círculos se cierran y los sueños se cumplen», dijo orgulloso por poder vivir el éxito de un grupo de la tierra.

Sonó Hijos de Johny Cash y El Trigo se vino abajo. Todo Dios la cantaba. A todo pulmón. Al sol, que caía a plomo, le dijeron tururú. El septeto burgalés, que tocaría por la noche en el escenario principal, es el fenómeno festivalero del verano.

La estampa se repitió durante la hora que se mantuvieron en el territorio del comandante Requejo. Miles Davis, ¿Quién nos va a salvar?, Suelo gris, 1932, PRMVR, Nómadas, La vieja banda...

«Es un buen día para acordarnos de cuando empezamos...», se dirigió David Ruiz al público y trajo a colación aquel concierto en el mismo escenario cuando aún iban en pañales, apuntó que nadie los ha regalado nada e insistió, por si había allí alguien que aún no los conoce, que eran La Maravillosa Orquesta del Alcohol, «desde Burgos».

Pero antes de que La M.O.D.A. revolucionara la abarrotada plaza, el Trigo ya andaba tostado. Habían caldeado el ambiente, pero bien, Tu otra bonita, Tomasito y Club del Río.

Tu otra bonita, que se arrancó con La leyenda del tiempo de Camarón, reivindicó la rumba en los festivales y avisó de que con Se quemó querían prender esa plaza. Para entonces, el Trigo ya se había extendido calle Isilla adelante y costaba atisbar el final. Si no es por la pantalla gigante colocada en la sede de los sindicatos, los fieles del lugar se quedan a dos velas.

Aunque el emblemático escenario continúa siendo el rey, la fiesta sonorámica se pierde por otras calles y barrios de la capital ribereña -ni siquiera hace falta que suene música- con espacios más que coronados.

Lo están las también céntricas plazas de la Sal, a la sombra de la imponente iglesia de Santa María, que sabe mucho de vermús y poco de siestas, y del Rollo. Y posiciones toman los levantados en la periferia.
Vistas al otro lado del Atlántico posee el Escenario Charco, ubicado en el parque de la Isla, a orillas del Duero. Este espacio, instalado por tercer año consecutivo, se convierte de nuevo en el paraíso para los que quieren unas horas de asueto, sin salir del cogollo festivalero, o para padres jóvenes -cada año se ven más carritos-. A la sombra de sus árboles, con la música en directo de artistas llegados del continente latinoamericano, nombres a descubrir como Camilo VII o Miss Bolivia, que tocaron ayer, o ya de relumbrón como la argentina Nathy Peluso, que estará hoy, casetas con bebidas frescas y otros menús para la pitanza... Se erige como una suerte de paraíso en la villa ribereña. Sobre todo si pica el sol, como lo hacía ayer.

A la sombra escoraba el público que llegó hasta Santa Catalina, que, para eliminar las posibles molestias a los vecinos, que se produjeron el año pasado, ha trasladado su ubicación al patio del centro cívico. El sol caía a plomo y se codiciaba cualquier lugar que lo mantuviera a raya por nimio que fuera.

Se convierte este escenario, por el que ayer pasaron HZ Inflames, Nat Simons, el proyecto de Rubén Pozo y Lichis, Jorge Marazu, Pet Fennec o Fizzy Soup, en ejemplo de simbiosis entre los festivaleros y los lugareños. Andaba la señora Juanita, vecina de la zona, curioseando entre las verjas qué música se escuchaba por ahí, se admiraba de los tanques de cerveza que beben los jóvenes y preguntaba hasta qué hora estarían por allí por ver si le daba tiempo a acercarse más tarde.

Propios y extraños convivirán el fin de semana en las calles y plazas arandinas. Hoy, Sonorama volverá a bullir al ritmo del sol. Como si no hubiera mañana.