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VALLADOLID

Pinceladas que dan vida a bebés de vinilo

Una profesora vallisoletana renace muñecos hiperrealistas a través de la pintura / Es un proceso laborioso en el que cada capa requiere estar un tiempo en un horno especial para que se fije / El cabello se injerta en el cráneo con agujas.

E. L.
28/02/2017

 

Son muñecos, pero parecen de carne y hueso, fruto de las horas de trabajo artesanal. Los reborn (en castellano, renacer o renacido) son bebés hiperrealistas que están hechos de vinilo. Su origen se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando las familias tuvieron que renacer los juguetes para que parecieran nuevos ante la escasez de medios. En la actualidad, además de como entretenimiento y piezas de coleccionista, se utilizan en terapias con pacientes con alzhéimer y para personas con discapacidad física que van a ser madres. Y es que imitan hasta las venas, los granitos y los gestos de los recién nacidos.

Yolanda Gallego es una matrona muy especial. Durante el día imparte clases de Educación Plástica en el colegio Jorge Guillén de Valladolid y en su tiempo libre se dedica a este arte en el que ya lleva ocho años. Empezó por casualidad y porque lleva las manualidades en su partida de nacimiento: «Navegando por internet, descubrí estos muñecos. Me compré uno y decidí aprender a hacerlos», cuenta. Entonces, adquirió unos tutoriales en inglés y, poco a poco, con mucha paciencia se embarcó en esta aventura.

«Si ves los modelos de entonces al lado de los que hago ahora no hay punto de comparación», y detalla, «antes no sabía nada. Metía la pieza en el horno y salía quemada». Con el paso de los meses perfeccionó la técnica que consiste, según explica, en aplicar entre 30 y 60 capas de pintura que tienen que introducirse cada una de ellas en un horno especial para que se fije y secarse para aplicar la siguiente, así como injertar en el cráneo el cabello con agujas. La fase final será el ensamblaje de las partes, con un cuerpo de tela relleno de microesferas de cristal que, en ocasiones, se mezclan con fibra de algodón, para dar movilidad y peso al muñeco.

La importancia de cuidar los detalles es la máxima de esta artista, cuyos diseños van destinados sobre todo a amigos. Además, manifiesta que «no salen dos bebés iguales». «Es imposible, aunque compres el mismo kit». Gallego no es escultora, sino renace muñecos, por lo que adquiere a terceros esos lotes que están formados por cabeza y extremidades de vinilo, pero que no tienen ni color ni textura ni brillos. A partir del plástico, da vida a través del pincel con el que traza venas, capilares, rojeces, granos...

Para la vallisoletana, lo más difícil es el pelo de la cabeza porque tiene que insertarlo uno a uno. Utiliza lana de mohair, material de tacto similar a los finos cabellos del bebé. «Lleva muchas horas de trabajo, eso sí, relaja mucho. Animo a la gente que tenga estrés que lo haga porque requiere tanto nivel de concentración que se te olvida todo», indica. Los ojos son otro punto conflictivo. En este sentido, manifiesta que los bebés que los tienen cerrados son mucho más realistas que los que los tienen abiertos y eso que cada vez la tecnología avanza y en la actualidad existen unas esferas de cristal alemán que simulan hasta las venas del blanco de los ojos, comenta muy emocionada.

En todo este tiempo ha dado a luz a cerca de medio centenar de niños y el precio parte de los 300 euros hasta los 3.000. El proceso es artesanal y se tarda un mes. Es verdad que Gallego no se dedica en exclusiva a hacer bebés hiperrealistas, pero sus obras han llegado a varios rincones del planeta, entre los que se encuentran Portugal, Perú o Francia. Reconoce que es un producto «caro» que no debe considerarse un juguete, sino «una pieza de colección». Los meses de más trabajo son los cercanos a las Navidades y a las comuniones.

Esta creadora cuando comienza un encargo pregunta la edad. En su opinión, es un artículo que debería ir destinado a niñas mayores de ocho años, y si son más pequeñas el cabello suele ir pintado para evitar que se estropee. Hay de varias clases, desde bebés prematuros hasta niños de seis años.

La carrera de esta vallisoletana como reborner se forjó gracias al «boca a boca». Ahora es un pasatiempo al que dedica muchas horas, las que le dejan sus alumnos y sus cuatro hijos. Su historia es especial, ya que, además ser docente, durante un tiempo fue atleta y compitió en campeonatos de reconocido prestigio. Es verdad que no es la única que da vida a estos particulares muñecos, pero sí que fue la primera que lo hizo en Valladolid. Ahora sigue estudiando para adaptarse a las nuevas tendencias. De hecho, invierte «bastante dinero» en cursos de formación.

Avanza que en verano acudirá a uno que imparten dos «auténticos fenómenos» en esta práctica: Evon Nather y Beatriz Clemente. Con ellas aprenderá a dotar de vida a la silicona.
Más allá de la técnica, de los coleccionistas y del auge de los muñecos en los medios de comunicación, Gallego es feliz cuando entrega una de sus creaciones. «Hay gente que le das vida.

Ahorra durante mucho tiempo para darse ese capricho», destaca. En este punto, relata una historia «complicada»: «Una persona me pidió un bebé que fuera parecido a un niño que se le murió. Encontré un kit que se le asemejaba mucho». Pero también hay historias donde las pequeñas «cuidan a los muñecos como si fueran sus hermanos, les peinan y les sacan a pasear».

Los bebés hiperrealistas despiertan ternura o repelús. Lo que está claro es que su creación es todo un arte que se sustenta en la paciencia, el saber hacer y la creatividad. Con sus detractores y defensores, los reborn han traspasado fronteras y se han colado en el ámbito terapéutico, donde, según científicos estadounidenses, son útiles en casos de autismo y depresión porque provocan «tranquilidad, paz y felicidad».

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